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Dar las gracias

24.11.11 | 19:48. Archivado en Historia
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Una convicción firme y una voluntad férrea llevaron a Sarah Josepha Hale al éxito de su empeño: que las máximas autoridades de los Estados Unidos de América declarasen definitivamente el día de Acción de Gracias como fiesta nacional. Así pues, tras 36 años de contumaz lucha, la inquebrantable mujer –y celebrada escritora− consiguió que, en 1863, el presidente Lincoln proclamara festividad nacional de Acción de Gracias el último jueves de cada noviembre. Décadas después, en 1941, sería el presidente Roosevelt y el Congreso quienes fijaron oficialmente esta festividad en el cuarto jueves de noviembre.

En todo caso, lo que importa verdaderamente en esta cita es el hecho de cómo Estados Unidos, una nación joven, con poco más de dos siglos de existencia, ha afianzado sus señas de identidad sobre dos fechas simbólicas. La primera, el 4 de julio de 1776, fecha en la que los delegados de las 13 colonias británicas reunidos en Filadelfia (Pensilvania) aprobaron la Declaración de Independencia. La segunda fecha tiene que ver con un hecho anterior y, si se quiere, menos grandioso, pero cargado de emotividad: la ceremonia de acción de gracias que el medio centenar de supervivientes del “Mayflower”, arribado a las costas de Massachussets en noviembre de 1620, celebró al año siguiente después de la recolección y en compañía de buen número de indígenas wampanoag que les habían ayudado durante el penoso invierno.

Sin duda, el Thanksgiving, literalmente “dar las gracias”, es algo más que una ceremonia simbólica, en la cual la mayor parte de las familias estadounidenses se reúnen en torno a una mesa repleta de manjares, donde se reza una oración y se degusta un pavo asado. Se trata de un acto de fe, de una reafirmación del ser ciudadano, una reafirmación de pertenencia a una tierra, a un pasado y a un origen como nación. Es lo mismo en la costa Este que en la costa Oeste, en el Norte que en el Sur, en las llanuras inacabables del Medio-Este que en los desiertos del Sur-Oeste, en la cordillera de los Apalaches que en las Rocosas. Aquel centenar de peregrinos que fundaran la colonia de Plymouth y que unos meses después apenas sobrevivían la mitad, supieron trascender con su plegaria a Dios el futuro de sus descendientes.

Trescientos cincuenta millones de norteamericanos participan hoy del Día de Acción de Gracias. No todos, desde luego, lo hacen de la misma manera ni con el mismo fervor. No olvidemos que Estados Unidos es hoy más nación de aluvión que nunca; y siguen arribando colonos por todas las fronteras, especialmente por la del sur. Los asiáticos, africanos y europeos del Este son los menos asimilados en las viejas tradiciones de los ancestrales peregrinos católicos y calvinistas. Pero todo el mundo respeta el fuero. Un ejemplo para esta vieja España, paradigma de mojigatos y descreídos, de meapilas y pendencieros. Aquí, pensar en una fecha simbólica en la que pudiéramos sentirnos reflejados la mayoría de los españoles no es que sea una utopía, es que es un despropósito.


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