Me cuesta entender cómo se puede conmemorar el aniversario de una infamia; de cualquier infamia. Por eso me cuesta mucho más entender la conmemoración del trigésimo aniversario de un intento de golpe de Estado. Tendría que haber habido víctimas mortales, aunque solo hubiera sido una, o daños materiales cuantiosos, tanto públicos como privados, para justificar la conmemoración de aquel agravio. Pero no, no ocurrió, por fortuna, nada de eso. Todo quedó en un susto, en un terrible y angustioso susto, propiciado por un grupo de militares y guardias civiles que pretendieron, mediante el uso de la fuerza, alterar la vida política española y conducirla a su propio gusto. Por todo esto, me parece indigno —diría que casi raya en lo obsceno— que los actuales dirigentes políticos se avengan a celebrar un buen número de actos institucionales, incluidos banquetes y otros ágapes.
Unas semanas atrás, un pequeño grupo de amigos debatíamos sobre la naturaleza de la crisis económica que llevamos padeciendo desde hace algo más de tres años. Como quiera que ninguno de los presentes fuera docto en ciencia económica, ni siquiera empresario de mérito, más bien al contrario, todos los presentes coincidíamos el nuestra calidad de simples empleados, se me ocurrió echar mano de un cuento que había leído no hacía mucho para iluminar el entendimiento de mis contertulios. Se trata de una historia que me conmovió cuando la leí, pues de una forma sencilla y directa describía un avatar cotidiano que se corresponde, con toda precisión, con la esencia intrínseca de la crisis económica que nos embarga (a unos más que a otros).
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel