Vivimos en un puro despropósito. La contradicción y el anacoluto impregnan todo el discurso político de nuestros gobernantes, sin olvidar el sofisma como cimiento esencial de toda la arquitectura ideológica de esta seudoizquierda instalada en el poder. Ahora resulta que a la actuación del Ejecutivo español en la crisis de los controladores aéreos se la califica de «ejemplar firmeza» frente a esa banda de chantajistas y extorsionadores. Menudo descaro y desvergüenza. Lo han conseguido, y se han salido con la suya. El ministro José Blanco se ha cubierto de gloria con esta pírrica victoria; ni un sátrapa persa de aquellos que gobernaban en tiempos de Darío el Grande se hubiera atrevido a tanto con un cuerpo de funcionarios estatales tan especializado y estratégico. El ministro iletrado primero ha demonizado a los controladores mediante una hábil y exhaustiva campaña de propaganda mediática: para ello no ha dudado en utilizar cuantas mentiras y medias verdades han estado a su alcance. En segundo lugar, Blanco se ha servido de todos los recursos del Estado para doblegar y humillar a un colectivo de dos mil cuatrocientos trabajadores mediante decretos leyes y otras medidas coercitivas. Y, por último, cuando el ministro de la cosa —a través de su amanuense presidente de AENA— consigue acorralar a los controladores y que éstos caigan en la trampa que les han tendido, abandonando sus puestos de trabajo, el Gobierno se hace solidario en este conflicto laboral y no duda en utilizar, de forma efectista y demagógica, toda la artillería pesada a su alcance para sentar sus reales y tratar de demostrar ante la opinión pública, nacional y foránea, que «quien echa un pulso al Estado lo pierde» (Pérez Rubalcaba dixit).
Yo me pregunto: ¿Qué hubiera ocurrido si esta manera de gestionar el mencionado conflicto laboral lo hubiera hecho el Partido Popular? Sinceramente creo que el escándalo que le hubiera montado la izquierda en general, y el PSOE en particular, habría sido mayúsculo. Pero ya se sabe, cuando es la izquierda la que utiliza la fuerza o bien apoya actos de fuerza y sublevación (véase la huelga salvaje del Metro de Madrid del pasado verano, alentada por los sindicatos de conductores), lo que hace es defender el orden legal y democrático. En cambio, cuando es la derecha la que recurre a medidas coercitivas, aunque éstas se ajusten a Derecho, entonces es el autoritarismo y el fascismo lo que sale a pasear. Pues ¡ya está bien! de demagogia y de falacias. Al fin y al cabo se trata de un conflicto laboral. Se supone que un gobierno socialista (Obrero Español) debería tener una especial sensibilidad para solucionar cualquier posible desavenencia de esta índole. Si no es así, una de dos, o los controladores son unos facinerosos redomados, cosa poco verosímil de creer puesto que durante los seis años anteriores de administración socialista no hubo la menor incidencia, o bien el Gobierno ha favorecido la escalada del conflicto para distraer la atención de la opinión pública de otros asuntos más graves y enjundiosos y, de paso, tratar el Gobierno de recuperar algún ápice de respeto y credibilidad.
En cualquier caso, este conflicto no está ni mucho menos solucionado. La militarización del control aéreo no es más que la escapada hacia adelante del Ejecutivo. Antes o después deberán sentarse a negociar con los controladores unas condiciones de trabajo satisfactorias para ambas partes; con expedientados y sancionados (si existen responsabilidades penales o administrativas que se asuman sus consecuencias) es más difícil entenderse, máxime cuando la dirección de AENA y Fomento han sido inflexibles y taimados desde el primer momento. Todavía tendremos ocasión de comprobar lo que da de sí este contencioso y si termina o no volviéndose contra el propio Gobierno de Rodríguez Zapatero.
Eso de que los controladores son malos malísimos y la Administración buena buenísima no se lo cree nadie. Es tan descarada la insidia que ofende el simple hecho de difundirla. Lo cual no quiere decir que no entendamos el monumental cabreo de miles de pasajeros que se han sentido agraviados y perjudicados sus derechos como usuarios del transporte aéreo. Este es el segundo «round» que gana el inescrutable Pepiño Blanco con la ayuda del inefable muñidor Alfredo Pérez Rubalcaba. En cambio, no estoy tan seguro de que la imagen de España haya salido tan bien parada como pretende Rodríguez Zapatero y sus dos fieles escuderos. El tiempo nos dirá la última palabra.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel