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El Universo y el Hombre

31.10.10 | 20:54. Archivado en Pensamientos
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En el universo sin fin, el cosmos infinito y en expansión, hay una pequeña célula, cuya historia, como la de todos los demás cuerpos celestes, se inició hace 15 mil millones de años con la explosión que hoy día conocemos como el Big Bang. Ella constituye el origen, el punto de partida, el puntapié inicial de toda la energía y toda la materia del universo. Y, antes de eso, ¿Qué? Algunos dicen Dios...

Pero lo objetivo es que nosotros somos producto de esa explosión. Estamos hechos del mismo material que las galaxias, los soles y las estrellas. Claramente nos demoramos en aparecer. Hablar de 15 mil millones de años supera la capacidad humana de comprensión y de asombro. Estamos acostumbrados a medir el tiempo que, de alguna manera, es invento humano, en horas, minutos y segundos, en años y siglos, y no podemos imaginar el momento en que pasamos a formar parte del proceso iniciado por la explosión cósmica, por el Big Bang.

Para tratar de entender nuestra situación, nuestro rol, en este universo del que somos una ínfima parte, imaginemos que los 15 mil millones de años pudieran comprimirse a un año calendario, el tiempo en que el planeta Tierra completa una vuelta alrededor del Sol. Si las matemáticas no fallan, cada mil millones de años, corresponderían a 24 días de nuestra experiencia y cada segundo a 475 vertiginosas vueltas alrededor del sol.

Imaginemos entonces que el Big Bang ocurrió a las cero horas del 1° de Enero del año 1 y asimilemos nuestra historia entre ese día y las 24 horas del día 31 de Diciembre. Obviemos por ahora la aparición de una masa ígnea de gases y vapores que, entre millones de estrellas en formación, formaba ya parte de una galaxia: nuestra TIERRA.

La historia, para nosotros, comienza el día en que aparece la primera manifestación de vida, surgida desde la materia inerte que llevaba, misteriosamente en sí, la potencialidad de vida. Ese día, en nuestro calendario corresponde al día 268 (25 de Septiembre). La primera célula con capacidad reproductiva aparece 25 días más tarde (20 de Octubre) y, hacia el día 324 las primeras células marinas comienzan a sintetizar oxígeno, dando comienzo a la formación de la atmósfera y a la vida fuera del agua (25 de Noviembre).

La capa de ozono comienza a formarse en el día 333, permitiendo la acumulación de oxígeno y la posibilidad de formas superiores de vida al filtrar la radiación ultravioleta procedente del sol (4 de Diciembre).

Estamos ya en el último mes del año y la historia se precipita. Los millones de años que hemos visto desfilar en Jurasic Park, con brontosaurios, dinosaurios, dinosaurios, iguanodontes, triceratops, diplodocus, llegaron el 24 de Diciembre para desaparecer tres días después.

El último día del año, 31 de Diciembre, hacia las 22 horas, existe ya la flora y fauna completa que conocemos, mucha de la cual hemos ignorado, explotado o extinguido.

Los primeros pre-homínidos, australopithecus, pitecanthropus, sinanthropus pekinensis ─cuatro millones de años de evolución─ aparecen y desaparecen en la media hora siguiente.
El “homo sapiens” entra con paso firme en la historia hace 40 millones de años, los últimos 10 segundos de nuestro calendario...

Hace sólo 10 segundos, desde la aparición de la vida, que tenemos un papel protagonista en la historia de la humanidad, de la civilización y de la cultura; pero hace sólo un segundo, quizás menos todavía, que hemos provocado las mayores alteraciones en el equilibrio natural del planeta: deforestación, desertización, embancamiento de ríos, desaparición de especies animales y vegetales, contaminación del aire, la tierra y el agua, disminución de la capa de ozono. La desaparición no respeta siquiera a la especie humana.

¿A santo de qué tanta soberbia? ¿Nos damos cuenta de nuestra pequeñez e inexperiencia en este mundo? ¿Somos capaces de pensar que la razón, de la mano de la ciencia, se basta y sobra para desentrañar los secretos del cosmos y de nuestra naturaleza? Si así fuera, ¿qué sentido tiene maltratar a nuestro planeta y a nosotros mismos? ¿Si nos parásemos a pensar por unos instantes lo que realmente estamos haciendo con nuestras vidas, seguiríamos actuando igual? No cabe la menor duda de que en la mano de cada uno de nosotros está la posibilidad de mejorar la existencia, la nuestra y la de nuestros hijos venideros. Más nos vale un poco de humildad y aprender a distinguir las voces de los ecos, es decir, a los espíritus buenos y nobles de los hipócritas redentores y salvapatrias, pues de la dejación de nuestras exclusivas responsabilidades se beneficiarán los desaprensivos y los ambiciosos sin escrúpulos.


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    • Miguel Torres Galera Miguel Torres Galera

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