Apenas hace unas horas que ha irrumpido el otoño. Los días estivales, con sus sofoquinas y alegres sueños, forman ya parte del pasado. Ahora estamos a lo que estamos: al comienzo del nuevo curso. Cada cual tiene su propio proyecto por delante, aunque solo sea sobrevivir, que no es poco. Yo desde luego continuo en lo mío, ya se sabe, en plena búsqueda del camino; la meta está demasiado difusa como para aventurar pronósticos. Qué le vamos a hacer. La crisis y yo convivimos con mucha resignación.
En cambio, los que parece que lo tienen claro son los de la cosa pública. Más que nunca permanecen inasequibles al desaliento. Un cercano horizonte de consultas electorales les tiene excitados y entretenidos como niños el día de Reyes Magos. Algunos, incluso antes de lanzarse a la recolecta de votos populares, se encuentran en estos momentos enredados en confrontaciones con compañeros de carné para ganar el privilegio de encabezar alguna candidatura. Desde luego los comicios catalanes de noviembre van a calentar el ambiente político ─si no lo está ya suficientemente─ hasta temperaturas críticas. Será un adelanto de las autonómicas y municipales de la próxima primavera. La crisis y los políticos lo llevan con mucha deportividad y un gran cinismo.
Por su parte, los líderes sindicales protagonizan estos días la ceremonia de la confusión y la demagogia, a la vez que organizan su «huelga general» del próximo día 29 contra el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. Ironías de la vida: el primer ministro que más se ha plegado a los deseos y caprichos de nuestro rancio y adocenado sindicalismo, recibe como premio a sus desvelos ─en el primer momento en el que vienen mal dadas─, un varapalo de muy señor mío. En castellano a eso se llama ingratitud, pero ya se sabe que aquí cada cual va a lo suyo. Los sindicatos de la sopa boba niegan la necesidad de cualquier reforma laboral; para ellos la crisis es cosa de banqueros y de tiburones financieros (razón no les falta). Ahora reniegan de Zapatero por ceder a las presiones externas. Como dice el refrán, «entre todos lo mataron y él solito se murió». Pues, eso. Que en la onomástica de los tres arcángeles, los que aún creemos en algo deberemos encomendarnos a San Miguel, San Gabriel y San Rafael para que intercedan por todos nosotros, iluminen nuestros actos y erradiquen a los botarates que han hecho del erario público su oscuro objeto del deseo.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel