A menudo me pregunto si merece la pena emplear el tiempo en comentar, opinar y criticar los asuntos candentes y graves que se producen cada día en la vida pública española. Desde hace bastante tiempo estoy fuertemente persuadido de que el modelo político que nos rige ─monarquía democrática y parlamentaria─ sufre profundas y perversas desviaciones, hasta el punto de pensar que nuestra democracia es meramente nominal, si acaso con algunos elementos que dotan a nuestro sistema de una apariencia democrática deliberativa. Pero nada más (y nada menos) que eso: apariencia engañosa.
Nuestro sistema político ha degenerado en una «partitocracia». La natural inclinación que algunos individuos poseen por los asuntos públicos, en nuestra sociedad materialista y descreída se ha transmutado en una desenfrenada y obscena ambición de poder. Poder para detentarlo sin normas éticas ni morales; para ejercerlo a conveniencia sin vocación de compartirlo ni de alternarlo. Poder alimentado por ideologías excluyentes rebosantes de radicalidad, donde no se busca la aprobación de los electores que han otorgado la confianza, sino que todo se fía a la eficacia de una propaganda bien trabajada durante la legislatura ─en la que los simpatizantes queden subyugados a una relación clientelar─, y en la que se gane la voluntad ciudadana mediante una acción de gobierno pródiga en gestos paternalistas y en subvenciones discrecionales.
Nuestros políticos se ufanan de estar al servicio del bien general sólo como mero recurso retórico. Pero no nos engañemos, como bien señala el catedrático de Filosofía del Derecho, Ignacio Sánchez Cámara, «cuando la convivencia de una sociedad se rompe en dos grupos antagónicos, cuando la concordia deja de existir, la legitimidad es imposible. Tan imposible como cuando el poder legítimo es usurpado». Por eso es menester llamar a las cosas por su nombre: sin concordia se desvanece la legitimidad. Y la concordia desaparece cuando las fuerzas antagónicas ─tanto las que ocupan el poder como las que están en la oposición─ dejan de compartir los mismos valores y creencias en los asuntos esenciales del modelo de convivencia. De ahí que el que ocupa el poder, al negarle la legitimidad democrática a la oposición, en realidad se descalifica a sí mismo, toda vez que subvierte el sistema y lo abona para el enfrentamiento, la revolución y el totalitarismo (véanse los actuales procesos totalitarios abiertos en Iberoamérica).
En España la injerencia de los partidos de izquierda en ámbitos que no les son propios es notoria. El más ilustrativo es el allanamiento del poder judicial, cuya independencia y neutralidad es garante del Estado de Derecho. En otros casos (Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas, etc.) el poder político sencillamente ignora o subestima sus funciones porque sus decisiones no son vinculantes. No digamos el intervencionismo del que hacen gala los partidos nacionalistas y de izquierdas en las autonomías donde gobiernan.
Por otra parte, ¿qué decir del espíritu y la letra de nuestra Carta Magna?, ambas mancilladas y denigradas por la impudicia de unos, el aplauso de otros y el silencio del resto. Desde luego el desarrollo autonómico ha sido el gran pretexto de los independentistas, autonomistas, regionalistas y federalistas para tergiversar y desnaturalizar nuestra ley de leyes. Lo peor de todo es que nadie desea con convicción remediar tanto desafuero. PSOE y PP han sido incapaces hasta ahora de ponerse de acuerdo para reformar la Constitución. No obstante, su reforma es imperativa, junto a la reforma de la Ley Electoral (preconstitucional), para cerrar el proceso autonómico y revisar y blindar las competencias exclusivas del Estado, así como reducir el excesivo peso de los partidos regionales en el Parlamento nacional. Y lo que resulta más irónico es que, después de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso al Estatut, son los nacionalistas catalanes los que ahora manifiestan urgencia en reformar la Constitución. ¡Vivir para ver! Seguro que terminan saliéndose con la suya.
Ni que decir tiene que el enconamiento político también se ha instalado en los medios de comunicación social. La independencia de la prensa tiene un carácter meramente virtual. La precariedad empresarial de este sector condiciona en extremo tanto su labor informativa como de crítica a los poderes públicos. Las subvenciones y ayudas (al consumo de papel-prensa, a la modernización tecnológica, etc.) han colocado al antiguo «cuarto poder» en una tesitura imposible: por un lado, casi todas las cabeceras se han ideologizado en exceso, alineándose junto a alguno de los dos grandes partidos nacionales, o bien del lado de los principales partidos nacionalistas; y, por otro, los periódicos responden casi todos a intereses de grupos multimedia que, a su vez, tienen intereses económicos y, por tanto, políticos de mayor alcance.
Ante esta situación compleja, donde emisoras de radio y canales de televisión comparten intereses empresariales con la prensa, el mundo de la comunicación se ha convertido en un espectáculo risorio y, con frecuencia, lamentable. Los medios, en general, juegan un doble juego muy neurotizante: de una parte pretenden una profesionalidad periodística rayana en la imparcialidad, y, de otra, favorecen el debate y la controversia partidista hasta límites alarmantes. El panorama periodístico español es una reproducción grosera de la confrontación política del Parlamento nacional. No estoy muy seguro de si la estridencia de los debates políticos en radio y televisión entre periodistas favorece la creación de una opinión pública sólida o, por el contrario, lo que favorece es el rechazo popular por los asuntos públicos, cuando no incita a la indiferencia. Veremos qué ocurre en las próximas campañas electorales que comienzan a partir del próximo otoño.
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La afiliación sectaria de nuestros políticos, les ha borrado cualquier atisbo de objetividad que pudieran llegar a tener.
Me gustaría poder votar a personas (no siglas) y tener muchas opciones donde elegir, que no todo fuera blanco o negro.
Os recomiendo este Blog:
http://www.elblogdelaopinionprestada.com/
Viernes, 25 de mayo
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Vicente Torres
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