Cada vez es más frecuente verse uno en el aprieto de tener que reprimir la indignación que le producen comportamientos y decisiones de personas preeminentes que ocupan responsabilidades en la vida pública, ya sea en tareas de gobierno, en la actividad legislativa, en la judicial o en cualquier otro orden del acontecer cotidiano nacional. Desde luego, en la política los deslices y desbarres son a menudo antológicos.
En este mismo blog comentaba hace unos días el desafortunado exceso verbal ─además de soez, rayano en lo delictivo─ que cometió el periodista Eduardo García Serrano al criticar a Marina Geli, consejera de Salud de la Generalidad de Cataluña, por promover una web sobre «salud sexual y afectividad de los jóvenes» desde la que ─según el parecer de García Serrano─ se corre el riesgo de causar a los jóvenes un daño moral irreparable. Como quiera que el mencionado periodista participa en el programa «El gato al agua» (Intereconomía TV) únicamente los jueves, no fue hasta la semana siguiente cuando pidió perdón a la ofendida y entonó un sincero y arrepentido mea culpa, en los términos relatados el pasado 11 de junio en Ágora Digital. Pues bien, al margen de la actitud de la consejera Geli, que públicamente ha perdonado en lo personal a García Serrano ─aunque se reafirma en su intención de demandarle judicialmente─, sorprende la manipulación que desde algunos medios de comunicación están haciendo de este caso y, en especial, la utilización interesada de algunos políticos radicales. Véase si no la desfachatez de Joan Tardá, diputado de ERC, que ha exigido en la Comisión de Igualdad del Congreso que se visionara la intervención de Eduardo García Serrano cuando insultó y descalificó a Marina Geli. Eso sí, se ha negado, junto con otros diputados, a que se visionara igualmente el sentido y extenso discurso de contrición que profirió García Serrano. La portavoz del PP ha abandonado la Comisión ante la actitud cerril, sesgada y rencorosa de Tardá y los que le han secundado.
Ante esta tesitura, pregunto: ¿Cómo se puede tener tanta desfachatez y desvergüenza al descalificar la paja en ojo ajeno, precisamente aquellos que hacen ostentación diaria de poseer vigas en la vista que les llevan a andar a gatas? Gentes que no les tiembla la voz en denunciar a sus oponentes o a quienes les resultan incómodos para sus fines; que no dudan en utilizar insultos y expresiones de grueso calibre (calificar de fascista es tan habitual como falaz), unas veces mediante el recurso a la ironía sardónica y otras apelando a subterfugios degradantes e ignominiosos. Desde luego, es propio de las mentalidades autoritarias (y del pensamiento totalitario) urdir patrañas, inventar mentiras, propalar infundios y socavar el honor y el buen nombre del prójimo disidente o poco dúctil, hasta doblegarle, neutralizarle o aniquilarle.
La izquierda, en general, está imbuida de una ciega superioridad moral que en nada corresponde a la realidad. Su pasado histórico ─y su presente en algunos lugares del planeta─ está empedrado, junto a las buenas intenciones, de toda clase de vilezas y crímenes, Precisamente, la subestimación del individuo en detrimento de la colectividad convierte el pensamiento de izquierda en aleatorio y caprichoso. El destino de cada individuo depende en gran medida del rumbo del debate dialéctico que protagonizan los dirigentes de la nomenclatura. Así se ha demostrado, una y otra vez, en todas las experiencias totalitarias de la Historia.
Aquí, cuando son ellos los que queman un retrato del Rey o una bandera de España, o se cagan en la «puta España» en un plató de televisión, o dicen cualquier barbaridad contra quien sea o contra cualquier símbolo o institución, en seguida se apela a la libertad de expresión. Por el contrario, cuando un medio de comunicación o un ciudadano cualquiera se declara español, conservador y de derechas, una diana le perseguirá hasta el fin de sus días. No sólo ETA estigmatiza a sus enemigos.
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El insulto ( ya sea mediante hechos, palabras, gestos jocosos o de cualquier índole ) me parece execrable, ominoso e inexcusable. Me da igual que éste provenga de un político, tertuliano, ciudadano... Las ideas, opiniones, injusticias... se defienden con palabras, sin caer en lo soez ni en la chabacanería, no es de recibo el menoscabar y denostar a aquel que creemos se ha equivocado profiriendo una serie de improperios contra el comportamiento de una determinada persona. También me parece ofensivo ultrajar un símbolo, una bandera... La buena educación, los modales, la compostura, debe imperar por encima de todas las cosas. Defendamos lo que consideremos justo pero respetando a aquel que no comulga con nuestras ideas y no confundamos libertad de expresión y de opinión con falta de respeto. Ni me parece loable lo del señor García Serrano ( por mucho que entonase el mea culpa ) ni el que se ultraje a una bandera, a una institución...Ambas cosas me parecen mezquinas, ruines y serviles.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
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Carlos Ruiz Miguel