En la noche de ayer asistí a un hecho insólito en un medio de comunicación: como el periodista Eduardo García Serrano pedía perdón y ofrecía toda clase de disculpas a Marina Geli, consejera de Salud del Gobierno de la Generalidad de Cataluña, a la que ofendió gravemente la semana pasada llenándola de insultos y descalificaciones bochornosas. Estos hechos se produjeron hace siete días, durante la emisión en directo del programa «El gato al agua», que dirige y presenta el periodista Antonio Jiménez en Intereconomía Televisión. Desde luego García Serrano no escatimó palabras de contrición ni le dolieron prendas en reconocer lo injustificado de su conducta, aún cuando el fondo del asunto mereciera la más rotunda reprobación sin que disminuyera un ápice la responsabilidad de la agraviada.
Como el propio Eduardo García Serrano afirmó, el insulto y la descalificación soez solo descalifican al que los vierte, y nada conmueve y ejemplifica más que una crítica inteligente, ordenada y respetuosa. Pero qué le vamos a hacer, somos humanos y aunque habitualmente nos comportemos con corrección ocurre en ocasiones que perdemos el control y desbarramos como energúmenos. Bueno es reconocer nuestras faltas y pedir perdón por ello, lo hace mucha gente y ese es el principio para la rectificación y el desagravio. Lo que en cambio ya no es tan habitual, es más, yo diría que es extraordinario, es que el arrepentido sea un periodista (o un político), y que manifieste su contrición con tanta largueza y sinceridad como lo hizo ayer jueves Eduardo García Serrano, en el mismo programa en el que una semana antes ofendió a un semejante.
Escudarse en la libertad de expresión para justificar cualquier exceso verbal o escrito es un torpe recurso, propio de gente mendaz o atrabiliaria. Si no que se lo digan al alcalde de Segovia, el socialista Pedro Arahuetes, cuyo Gobierno municipal se ampara en la libertad de expresión de los jóvenes músicos para financiar, con dinero público, un disco del grupo “Ardor de Estómago” en una de cuyas canciones se califica al Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos I, de «amigo de mafiosos», «bastardo» e «hijo de puta». Conviene señalar que el insulto y la difamación del Jefe del Estado están tipificados en nuestro ordenamiento jurídico. Veamos con qué diligencia actúa el Ministerio Público en un delito tan flagrante. Es evidente que entre uno y otro caso de los aquí expuestos la grandeza de espíritu del primero es lo que diferencia a ambos.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel