Los medios de comunicación sufren con rigor las consecuencias de la crisis económica. El paro causa estragos entre sus profesionales. Las regulaciones de empleo devastan los sueños de miles de familias. Y los salarios precarios reducen a los trabajadores jóvenes a mano de obra de aluvión. Por el contrario, y como si de un alarde de ironía del destino se tratara, gran parte de ese mismo destino descansa sobre un ramillete de conspicuos supermillonarios. Yo, desde luego, no creo que se trate de pura casualidad, puesto que desde los tiempos de la transición han sido constantes las crisis económicas que han afectado a los medios de comunicación. Durante estos años pasados hemos asistido al cierre de cabeceras y empresas, se han despedido centenares de trabajadores de la más variada cualificación, pero lo que nunca habíamos visto es hacerse multimillonarios a directores de periódicos en el ejercicio del cargo.
Es indudable que cualquier emprendedor que arriesgue su dinero y patrimonio en una empresa, tiene en la obtención de beneficios uno de sus objetivos esenciales, aunque no necesariamente ha de ser éste el único; también la aventura misma del proyecto empresarial supone para muchos inversores un estimulante acicate personal: toda actividad económica tiene trascendentes consecuencias sociales. Por esta misma razón reconozco la relevancia de aquellos empresarios que en su día apostaron por la actividad periodística. Además, hubieron de confiar ─junto a gestores financieros y comerciales─ en el buen hacer de acreditados profesionales del periodismo, para poner en marcha el proyecto empresarial.
La paradoja de esta historia es que algunos de esos prestigiosos periodistas, que un día recibieron la confianza de acaudalados empresarios, dirigieron su esfuerzo profesional no sólo a elaborar un buen producto sino, y es lo más importante, a medrar personalmente en los altos cenáculos del poder económico y político. Ahí están algunos casos que pasan por ser encomiables ejemplos de virtud para los periodistas del presente y para los de futuras generaciones. Pero yo les aseguro que no son tales, si acaso inteligentes y sagaces advenedizos que se desprendieron con pueril cinismo de gran parte de su bagaje ético, toda vez que se imbuyeron de una coraza de arrogancia y prepotencia más propia de taimados tiranozuelos que de protervos defensores de valores humanistas y democráticos. Les he conocido holgándose de gusto y satisfacción ante los parabienes y recomendaciones de sus mayores, allá en el último lustro del franquismo rampante. Les he visto inmutables en los días de la agonía final del dictador y primeros tiempos de la sucesión, como si con ellos no fuera nada. Les he observado más tarde cómo calculaban su siguiente movimiento por si los cambios se torcían. Y les he despreciado luego cuando he comprobado hasta qué punto su cinismo les ha llevado a erigirse en paladines de la libertad, la justicia y la ecuanimidad. Pero son ellos los únicos que se han forrado de manera inmisericorde. Eso sí, las empresas para las que trabajan no hacen más que despedir y prejubilar personal. Ellos son los profesionales imprescindibles.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel