AENA, la empresa estatal que gestiona los aeropuertos españoles, se ha gastado ─con el visto bueno del Ministerio de Fomento, de quien depende orgánicamente─ más de medio millón de euros en los fastos de inauguración de la nueva terminal del aeropuerto de Málaga. A este evento acudió el rey Juan Carlos en calidad de Jefe del Estado, y todo fue poco para que José Blanco, ministro de las infraestructuras públicas, pudiera lucir palmito y tratar de capitalizar al máximo el esfuerzo inversor del gobierno de Rodríguez Zapatero en esta provincia andaluza.
Nadie cuestiona la importancia de la obra recién estrenada, ni lo que ella supone para el auge de la Costa del Sol. Pero esta prodigalidad con la que los gestores y administradores de los recursos públicos se manifiestan (no sé si se han enterado de que estamos en medio de una severa crisis económica), confirma de manera fehaciente el disparate mental e ideológico en el que vive instalado el zapaterismo institucional, con su líder al frente. Por eso, cuando desde la mayoría de sectores de la sociedad, en especial los relacionados con la actividad socio-económica, se advierte la insistencia con la que se apela a la necesidad de combatir la crisis con una política de reducción del gasto público, acompañada de una bajada de impuestos y de oportunas reformas estructurales (fiscalidad, control financiero, energía, I+D+i, educación, empleo, etc.), a uno se le abren las carnes al comprobar, reiteradamente, la insensibilidad del gobierno.
Y como en estas estamos, no me cabe la menor duda de que nos queda por delante lo peor: hasta el final de la legislatura la tensión política y sus perversos efectos en la opinión pública van a ser letales. A mí la única esperanza que me queda es que Bruselas, es decir, la Comisión Europea, amoneste seriamente a las autoridades españolas ─bajo amenaza de severa sanción, incluida la expulsión de España de la eurozona─, y obligue a ZP a rectificar su política e introducir la cordura en la acción de gobierno. Porque de otra parte no va a venir la sensatez: ni de la acción autocrítica de las filas del PSOE, ni del nacionalismo rampante (véase la tajada de 1.600 millones de euros que ha sacado Coalición Canaria por votar a favor la subida del IVA propiciada por ZP).
La política española se ha convertido en un juego ramplón de lucha por el poder. Cualquier vestigio de espíritu de servicio a la colectividad es mera entelequia; únicamente priman los intereses personales, de grupo o clan, o casta, o tribu… Y lo peor es que, entre tanto, la ciudadanía, en especial la más menesterosa, la que tendría que estar echando espuma por la boca, se conforma con bien poco: regalándola los oídos y llamándola «pueblo», concediéndola ayudas y subvenciones varias, exenciones de todo tipo, y entreteniéndola con una televisión zafia y alienante. Los partidos políticos han reducido al auténtico titular de la soberanía popular en un inquilino acomodaticio al que sólo se le pide que acuda a votar cada cuatro años; para qué quiere preocuparse por más. Mientras tanto, que no decaiga el ánimo ni y el optimismo. La fiesta de la nueva terminal del aeropuerto de Málaga ha alegrado el bolsillo de unos cuantos. Total, «estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie» (Carmen Calvo Poyato, ex ministra de cultura socialista, dixit).
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel