He llegado a un punto en que me resulta insufrible hasta ejercer la crítica ─la constructiva y la otra, la cargada de ironía─ a la tarea presidencial de José Luis Rodríguez Zapatero. Es una tarea tan estéril como agotadora insistir y redundar en los argumentos que se prodigan a miles en tantos medios de comunicación, libros y conferencias, no sólo en España sino también allende nuestras fronteras. ZP no tiene solución, es un caso perdido; dicho en lenguaje popular: «Está dejado de la mano de Dios». Y es que cada día son más los que, decepcionados, abandonan ─unos en silencio y otros dando un portazo─ esta nave descontrolada, sin hoja de ruta y al que le crujen todas las cuadernas de su cascarón. Una sola idea obsesiona a este capitán de barco: mantenerse en el poder al precio que sea.
Dicho lo anterior, lo que hoy me mueve a escribir estas líneas es poner de relieve la inconsistencia intelectual y la perversidad ética de un presidente del Gobierno que ha sobrepasado los límites aceptables de indignidad y deslealtad que puede permitirse una nación soberana, democrática y desarrollada. Es obvio que algún mal debe padecer nuestro sistema político cuando permite encumbrar a alguien tan nocivo para la tarea directriz de la patria. Un presidente que cuando está con los mineros de Rodiezmo se reviste de recalcitrante proletario, que cuando acude a Davos se muestra como un avezado neocom, que en África declara una vocación africanista sin concesiones, que cita ante la élite conservadora norteamericana un pasaje del Deuteronomio que va justo detrás de otros contra el aborto o contra las prácticas homosexuales (que él tanto ha conculcado), es cuando menos inmoral, cínico y desvergonzado. No cabe la menor duda de que Zapatero no cree en casi nada de lo que hace y dice, por eso no le importa corregirse a sí mismo constantemente. Sólo busca el golpe de efecto, caer bien, mostrarse razonable y plausible aunque su discurso sea huero, tópico e inconsistente. Está firmemente convencido de la superioridad moral del discurso político de la izquierda, pero su altura intelectual es tan exigua que no sólo es incapaz de aportar una idea original sino que necesita rodearse de docenas de asesores para que le suministren los argumentos con los que acudir a la palestra a confrontar con el enemigo conservador, al que desprecia (a este sí de manera antropológica).
Ha llegado el punto en que la acción de gobierno de ZP está resultado tan disolvente para el conjunto de la nación española, que no cabe otra respuesta que un sincero examen de conciencia colectivo, mediante el cual ─y al margen de rivalidades ideológicas─ se imponga el sentido de la responsabilidad hacia el bien de la colectividad. Zapatero debe percibir cuanto antes que los ciudadanos en su conjunto desaprueban su gestión y le han retirado la confianza. Que convoque elecciones anticipadas o que se someta a una moción de censura o a una cuestión de confianza no depende de nosotros sino del oportunismo de los propios políticos. Pero al menos que la percepción nítida del rechazo social le sirva para impulsar una rectificación que, al menos, no convierta el desastre al que nos ha conducido en irremediable.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel