Hoy es un día tan bueno como otro cualquiera para rendir tributo a la memoria de un ser humano ejemplar. Lo hago porque he pensado en él ─mejor dicho, en este caso, en ella─ mientras repasaba la prensa de este miércoles, festividad de San Blas, en la que tanto se habla y especula sobre la presencia de Rodríguez Zapatero en el Desayuno Nacional de Oración, que tendrá lugar el jueves en Washington, y al que acude como invitado de honor.
En contraposición a estos personajes desaliñados y sin fuste, carentes de todo valor ejemplarizante que no sea la necesidad imperiosa de su desaparición de la escena pública, me ha venido a la mente el recuerdo resplandeciente de una gran señora, una hermosa señora, una bendita y bondadosa señora que nos dejó huérfanos ya va para dos años. Se llamaba Irena Sendler, también conocida como «El Ángel del Gueto de Varsovia». Contaba con 98 primaveras cuando nos dijo adiós. Era simple y llanamente un ser maravilloso que ha dejado una huella indeleble en la memoria de la humanidad, especialmente en el ADN histórico de varios miles de familias judías que hoy no serían nada, si acaso polvo de olvido, de no ser por la enormidad de la altruista gesta de esta polaca ─de origen alemán─ que arriesgó su vida por una causa que la trascendía como ser humano: la salvación de sus semejantes.
Esta historia tiene su origen en aquellos días de la Segunda Guerra Mundial en los que las tropas de la Wehrmacht del Tercer Reich dominaban gran parte de Polonia y las Waffen-SS y Gestapo ya habían delimitado el que sería célebre gueto judío de Varsovia. Fue entonces cuando Irena Sendler, enfermera en el Departamento de Bienestar Social de la ciudad, se las ingenió para conseguir un permiso que la permitiera trabajar en el gueto. Y como quiera que las autoridades nazis sintieran un enorme temor a posibles brotes de tifus, permitieron a Irena y otra compañera que se encargaran de las tareas sanitarias en aquel lugar.
De esta forma, Irena y sus colaboradores ─que conocía o intuía los verdaderos y criminales planes de los nazis para con los judíos─, urdió una estratagema para sacar a los niños judíos del barrio maldito, primero en ambulancias como víctimas del tifus, pero enseguida hubo de ampliar los recursos a todo tipo de triquiñuelas que sirvieran de escondite: cubos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, sacos de patatas, ataúdes... Y para reforzar el engaño, la joven Irena se hacía acompañar de un perro que, convenientemente entrenado, reaccionaba, como un resorte, ladrando en cuanto veía acercarse a un soldado nazi. Este truco fue de gran eficacia durante el año y medio que Irena anduvo entrando y saliendo del gueto judío, ya que los soldados trataban de evitar al irascible can mientras sus ladridos encubrían los ruidos de los niños.
Durante el tiempo que Irena Sendler estuvo entregada a esta arriesgada misión consiguió liberar a unos 2.500 niños. Pero como no hay bien que cien años dure, la insigne libertadora terminó siendo descubierta por los nazis y detenida el 20 de noviembre de 1943, toda vez que fue sometida a un duro castigo en el que sufrió vejaciones y violencias de tal brutalidad que llegaron, incluso, a romperle ambas piernas y ambos brazos.
Por fortuna ─quizá como consuelo de la Providencia a tanto dolor y sufrimiento─ Irena consiguió salvar la vida. Gracias al registro de los nombres de los niños rescatados, guardado en un tarro de cristal enterrado bajo un árbol en su jardín, al acabar la guerra pudo la abnegada mujer dedicar sus esfuerzos a intentar localizar a los padres que pudieran haber sobrevivido y reunir a las familias. Desgraciadamente, con poco éxito, pues la mayoría de estos adultos habían perecido en las cámaras de gas y en los campos de exterminio nazis. No obstante, la totalidad de aquellos niños a los que un día pudo rescatar de un final semejante, terminaron encontrando casas de acogida o fueron adoptados.
Este es el breve y conciso resumen de la portentosa obra, rebosante de abnegación y humanidad, de una mujer excepcional. Un espejo en el que contemplar con todo lujo de detalles lo que significa «amor a la vida» en su acepción más encomiable: amor al prójimo, entrega a los demás y renuncia a sí mismo. Con el paso de los años la propia Irena explicó la motivación que le llevó a actuar como lo hizo en la Varsovia de aquellos días de oprobio: «La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.»
Resulta paradójico que el año antes de morir, Irena Sendler fuera propuesta para el Premio Nobel de la Paz por las máximas autoridades de Polonia y por numerosas personalidades e instituciones judías. No hubo suerte, y la elección del jurado de la academia sueca recayó en Al Gore, el sagaz y visionario ex vicepresidente norteamericano, por su decidida intervención ─mediante una memorable colección de diapositivas y de originales eslóganes─ a favor de la concienciación mundial sobre los perversos efectos del Calentamiento Global. Una prueba irrefutable de la justicia humana y del espíritu de servicio a los demás. Confiemos en que este año acierten en la elección del Nobel de la Paz en la persona de Vicente Ferrer.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel