Es evidente que existe una clamorosa disociación entre la ciudadanía común y la clase política que nos gobierna. Han sido necesarios apenas treinta años de convivencia en democracia y libertad para que la históricamente atribulada nación española vuelva a sentir sobre sí los fantasmas del rencor, la incomprensión, la intransigencia y el odio cainita. ¿Tanto despotricar de la dictadura franquista para en menos de tres décadas subvertir, mediante demagógicas y arteras triquiñuelas dialécticas, la norma constitucional que regula nuestro modelo de convivencia. Es verdad que por culpa de aquellas fatuas concesiones realizadas en su día so pretexto de un laborioso y exigente consenso político, ha sido en buena medida posible el uso y abuso que se ha hecho de la norma constitucional. Aquel «Título VIII» y el consabido invento del término «nacionalidad» (sofisma conceptual donde los haya), ha sido utilizado y manipulado por todas las fuerzas políticas para beneficio propio: las fuerzas centrífugas para reivindicar su soberanía y acrecentar su poder, la izquierda para apuntalar su federalismo y la derecha como moneda de cambio cuando han necesitado de favores y apoyos periféricos.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel