Es evidente que existe una clamorosa disociación entre la ciudadanía común y la clase política que nos gobierna. Han sido necesarios apenas treinta años de convivencia en democracia y libertad para que la históricamente atribulada nación española vuelva a sentir sobre sí los fantasmas del rencor, la incomprensión, la intransigencia y el odio cainita. ¿Tanto despotricar de la dictadura franquista para en menos de tres décadas subvertir, mediante demagógicas y arteras triquiñuelas dialécticas, la norma constitucional que regula nuestro modelo de convivencia. Es verdad que por culpa de aquellas fatuas concesiones realizadas en su día so pretexto de un laborioso y exigente consenso político, ha sido en buena medida posible el uso y abuso que se ha hecho de la norma constitucional. Aquel «Título VIII» y el consabido invento del término «nacionalidad» (sofisma conceptual donde los haya), ha sido utilizado y manipulado por todas las fuerzas políticas para beneficio propio: las fuerzas centrífugas para reivindicar su soberanía y acrecentar su poder, la izquierda para apuntalar su federalismo y la derecha como moneda de cambio cuando han necesitado de favores y apoyos periféricos.
La piratería es una actividad delictiva muy antigua. En las aguas del mar Mediterráneo es conocida desde bastantes siglos antes de Jesucristo. De modo que figúrense ustedes la enormidad de tentativas que han sido probadas por los poderes de todos los tiempos para combatir, castigar y acabar de una vez con esta terrible lacra histórica. No hay que olvidar que hasta el siglo XVIII eran frecuentes en las costas del levante español, incluidas las islas Baleares, las acciones de saqueo y rapiña de los piratas magrebíes, que no solo atacaban y abordaban a barcos mercantes sino que echaban pie a tierra y asolaban pueblos y ciudades de la costa, saqueando todo cuanto encontraban a su paso, a la vez que raptaban y secuestraban a quienes les venía en gana, especialmente mujeres jóvenes y niños de ambos sexos.
Resulta cuando menos curioso que apenas veinticuatro horas antes de que Europa se aprestara a conmemorar con toda solemnidad el vigésimo aniversario del derribo del Muro de Berlín, aquí, en Madrid, un nutrido grupo de nostálgicos marxistas-leninistas elegían al secretario general del Partido Comunista de España. José Luis Centella se llama el nuevo líder, alumbrado como tal en el XVIII Congreso del PCE por expreso deseo del 85,2 por ciento de los delegados presentes. Luego, entre aplausos y vítores, Centella lo primero que hizo fue defender con ardor la vigencia del comunismo, toda vez que exhortó a sus correligionarios para hacer frente al capitalismo e instó a la movilización en la calle en favor de “un socialismo sin complejos”, dispuesto a ganar la batalla ideológica a la derecha.
Dicen que las furibundas declaraciones, en el diario El País, que dirigió Manuel Cobo contra Esperanza Aguirre tienen como trasfondo la lucha por el poder en Caja Madrid. A mí me parece (y perdón por la rotundidad de mi afirmación) una solemne tontería. El desahogo del vicealcalde de Madrid en el órgano oficioso de la socialdemocracia española responde a un antiguo y duro encono personal entre dos figurones, dos gallos de pelea, de la derecha nacional.
Martes, 3 de noviembre, a primera hora de la mañana tres noticias ─leídas una tras otra─, me hielan el ánimo. Tres noticias que en realidad son tres cifras, nuevas y originales, que contextualizadas tienen un alto valor simbólico. Son cifras con empaque, nada timoratas, sino más bien enjundiosas. Cifras con mensaje propio, que a la vez que nos informan también nos ilustran, enriquecen nuestro conocimiento y nos hacen pensar.
Más que triste es sombrío y descorazonador el espectáculo que se está dando desde los diferentes partidos políticos: desde luego, el de la corrupción es común a la mayoría de las organizaciones electorales. Esto tiene mucho que ver con el bagaje ético de nuestra sociedad, aunque sin duda es significativo la ejemplaridad que manifiestan los representantes ciudadanos y administradores de la cosa pública. Pero toda la perfidia no acaba aquí, sino que se derrama y extiende por todos los espacios y rincones de la vida institucional: se miente, se engaña, se difama, se prevarica, se presiona y chantajea, se manipulan los hechos, las intenciones y hasta las angustias de propios y extraños para obtener ventajas y beneficios propios. La vida pública se ha convertido en un gran bazar donde se ha puesto precio a todo, hasta al aire que respiramos. La justicia, las administraciones públicas, los cuerpos de seguridad del Estado, la sanidad, la enseñanza, el deporte, cualquier cosa en la que reparemos (hasta las organizaciones no gubernamentales) son pasto del canibalismo político, de los depredadores de lo ajeno y de los codiciosos irredentos. Poner freno a tanto desafuero se ha convertido en una quimera, en una empresa imposible por inverosímil, ya que la colectividad ha perdido la fe, no solo en Dios sino en el género humano. La miseria moral del hombre de nuestro tiempo llega a tal punto que prefiere delegar su voto en un sinvergüenza, un corrupto o un indeseable (porque sabe que será recompensado con las dádivas de quien no tiene su conciencia tranquila), antes que porfiar sus intereses a un hombre justo. ¡Ay, cuánta estulticia anida en las mentes de la gente simple! Y cuánta simpleza inunda los corazones de los infelices. Es preciso dar la espalda a los que nos prometen el paraíso o el estado de bienestar: nos quieren aherrojar con sus cadenas. La libertad exige un equipaje austero, si no su carga hace inviable el viaje por la vida. Despreciemos a los salvapatrias e ignoremos a los redentoristas que invocan nuestro derecho a pan, justicia y libertad. Todos ellos lo que pretenden es asegurarse la vejez y no volver a fichar durante el resto de sus días.
Son muchos los que, por ignorancia o bien por simplismo intelectual, reducen el paradigma de la actividad política a la dicotomía entre dos realidades funestas: o aceptamos el sistema democrático actual (con sus vicios y perversiones) o nos veremos arrojados a los brazos de unos dictadores que nos pongan en fila y marquen el paso de nuestras vidas. Craso error que no demuestra más que una prodigiosa cortedad de miras. Y es que entre una dictadura y una mala democracia existe un término medio muy beneficioso y equidistante de los mencionados extremos: una buena y auténtica democracia.
Lunes, 13 de febrero
Miguel Torres Galera
Toni García Arias
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Miguel Torres Galera
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Javier Vicente Gil
Francisco Rubiales
Enrique Zubiaga
Raúl González Zorrilla
Graciano Palomo