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Recuerdos de lo que somos

Permalink 21.04.09 @ 19:01:14. Archivado en Pensamientos

Eran gentes sencillas, laboriosas, devotos cristianos, orgullosos de su tierra y fervientes súbditos de la Corona. Sintieron en sus propias carnes el brutal zarpazo que los invasores franceses infligieron a la patria. No se resignaron ni se dejaron abatir, más bien lo contrario, se enardecieron, conspiraron, se rebelaron, lucharon y murieron. Luego, cuando el intruso fue expulsado, reclamaron y aclamaron a su legítimo rey. A cambio, el príncipe excarcelado, “El Deseado”, les volvió la espalda a casi todos. A ellos también. No les importó, y continuaron honrándole y venerándole.

El joven rey, en el exilio voluntario, dijo a todos y a todo que sí. Pero nada más pisar el suelo patrio comenzó a barruntar traiciones. Nada más llegar al destino equivocado, la ciudad de Valencia, se dejó convencer, porque era lo que más le convenía: aquí no había pasado nada. Decenas de miles de españoles que se echaron al monte para luchar contra el gabacho, ya no contaban; millones de españoles que ofrecieron una resistencia activa a la perfidia del emperador corso debían, sin más, continuar a sus obligaciones; las haciendas diezmadas, arrasadas o simplemente esquilmadas, quedaron a modo de inventario. Y el esfuerzo por dotar a la nación de un nuevo marco jurídico, más acorde con los nuevos tiempos, que despejara de una vez la distancia entre el absolutismo más rancio y el humanismo ilustrado, y que concluyó en la Constitución de 1812, se diluyó como un mal sueño.

Transcurrieron casi tres décadas de reinado absolutista hasta que el pérfido soberano abandonó este mundo. Tampoco su marcha trajo la paz y el sosiego al Reino de España, quizá porque no se fue del todo. Viejas leyes de sucesión real sirvieron de argumento para la querella fratricida. La muy cristiana y serenísima persona del infante Carlos María Isidro de Borbón y Parma, hermano del rey felón, reclamó la vigencia de la ley Sálica y su derecho al trono. Esta gran oportunidad para mantener vivo el Antiguo Régimen fue aprovechado por los elementos más recalcitrantes de la sociedad, que vieron en el piadoso y monolítico infante el instrumento para perpetuar el viejo orden. Y así se dividió la nación española en dos frentes irreconciliables, que se combatieron a sangre y fuego, que se negaron la una a la otra y la otra a la una como si el derecho a la existencia no les asistiera, y que ni el campo de batalla ni la persecución ni el tribunal del tiempo han sido capaces de dirimir, y menos aún ha sido posible la germinación del fruto del perdón, quizá porque el perdón o la compasión solo es capaz de crecer en corazones estériles al rencor y al odio. Los españoles hemos remarcado nuestra genética en emocional, resolutiva y pasional, muy predispuesta a la heroicidad y a la villanía, de pocos matices, expansiva y a la vez proclive al desdén, el desprecio, el desinterés.

No lo hicieron así algunos sectores de la sociedad vascongada y catalana cuando las postreras guerras carlistas terminaron con sus ilusiones rotas. La sociedad estamental había quedado definitivamente arrumbada en las cunetas de la historia. El racionalismo igualitario, mal que bien, se había impuesto: todos los seres humanos son iguales al nacer y, por tanto, tienen los mismos derechos ante la ley. Ante esta nueva realidad algunos optaron por elucidar un futuro nacional a su medida, para lo que no dudaron en reinventarse. El resultado de esta eufónica ensoñación fue un mito, una leyenda histórica virtual, obtenida artificiosamente al manipular —a través de un bucle temporal— los recuerdos, los hechos consignados por ciertos, las frustraciones, los agravios, los deseos incumplidos y las visiones. Todo ello aderezado por un fuerte y melancólico sentimiento de pertenencia a la tierra próxima, íntima, minúscula, la patria del nacimiento, porque aquella otra más grande, a la que tanto amaron y tanto sirvieron durante generaciones, se les había vuelto extraña en manos de gente extraña que proclamaba la libertad, la igualdad, los derechos individuales —no de alcurnia, ni forales, ni privilegios ancestrales—, la ley común justa y ciega.

Luego vinieron otros mitos, tan perversos o más que estos de la pequeña patria, vinieron las grandes mentiras del nuevo siglo, con sus ideologías emancipadoras y totalitarias, hambrientas de carne humana y sedientas de sangre. Ideologías que pugnaban por redimir a los hombres de la injusticia, de la opresión, de la barbarie, pero que en realidad no tardaron en revelar su verdadera naturaleza, luchando entre sí por demostrar cuál era más brutal y despiadada, más abyecta y repulsiva, más miserable y mezquina. Los españoles hemos sufrido en nuestras entrañas el lacerante zarpazo de estos totalitarismos abominables y crueles. Sin embargo, parece que no ha sido suficiente. Y aún en nuestros días, cuando ya todo es ido y pasado y no olvidado, pero sí sentido, regresa a nosotros una vez y otra y otra la insania del resentimiento, del rencor y, por qué negarlo, del odio. Todo permanece vivo y acechante cuando ya creíamos muerto y enterrado. Nadie reclama ni exige un sincero esfuerzo de caridad o de piedad por la sangre derramada por tantos, de unos y de otros, de hermanos, de padres, de hijos..., todos ellos criaturas de la misma estirpe, nacidos de la misma madre y enterrados en la misma tierra; y nadie llora por todos los que se fueron y ya no están aquí, pues fueron nación los que acabaron sus días, y sus noches, en el exilio remoto, apurando su desventurada existencia en la ignominia de una lejana soledad.


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