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Conciencia contra violencia

Permalink 18.03.09 @ 17:10:55. Archivado en Pensamientos

«Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre». Esta frase —escrita por Sebastian Castellio hace casi quinientos años, y recogida de su libro Contra Libelum Calvini— resume la esencia de su crítica hacia el crimen que perpetró Juan Calvino al condenar a Miguel Servet a morir en la hoguera. Aquella gran controversia entre eminentes teólogos protestantes, entre titanes intelectuales, en realidad fue un combate dialéctico desigual, que primero acabó con el humanista español asado a fuego lento y, más tarde (de no mediar antes la muerte) hubiera acabado con la vida del insigne Castellio en un trance semejante.

Y es que, como bien señalaba Castellio, defender una doctrina, sea esta de la naturaleza que sea (política, religiosa, científica o moral), no legitima a ningún ser humano a quitarle la vida a otro por el simple hecho de disentir o no darle la razón. Es obvio que, siempre, la tentación de matar, de asesinar o de aniquilar al oponente, parte no del que tiene la razón sino del que tiene la fuerza. Así ha sido a lo largo de la historia de la humanidad y así sigue siendo. Los espíritus vesánicos y doctrinarios se han prodigado, en una repetición incansable, causando grandes sufrimientos y calamidades a sus semejantes. Y lo peor de todo es que siempre han contado con la anuencia, cuando no con el respaldo, de una numerosa prole de corifeos y aduladores, muchos de ellos espíritus nobles pero ingenuos, que han antepuesto su confort y su beneficio inmediato a los rigores de una actitud crítica y desafiante.

Ahora asistimos los españoles, una vez más, a un debate público que nos afecta de manera singular y extraordinaria a cada uno de nosotros: la reforma, para su ampliación, de la Ley de despenalización del aborto. Parece que todo el mundo está de acuerdo en que el fondo de este debate es de índole moral. Para los que apoyan y defienden esta iniciativa legislativa —auspiciada por el gobierno socialista presidido por José Luis Rodríguez Zapatero— el fondo de la cuestión atañe exclusivamente a la conciencia del individuo, y, por tanto, ampliar el ámbito de las circunstancias personales para abortar constituye una mejora en la seguridad jurídica de dichas prácticas abortivas. Otros, en cambio —la jerarquía de la Iglesia católica, buena parte de la comunidad científica, de la intelectual y al menos la mitad de la sociedad—, consideran que la vida humana es una e indivisible desde el momento mismo de la fecundación; por tanto, erradicar la vida del feto constituye un acto de violencia suprema, un crimen.

Esta es la clave de la discusión. Los partidarios de la reforma de la Ley consideran que el debate no es «aborto sí, aborto no», pues dicho debate ya se ventiló, favorable al sí, en 1983. Ahora lo que se ventila, según éstos, es la necesidad de mejorar la seguridad jurídica de las mujeres que decidan abortar y de los médicos que las asistan. Por su parte, para los contrarios al aborto la Ley actual es más que suficiente y lo que hay que conseguir es que se aplique adecuadamente. No obstante, esta ocasión, para los defensores a ultranza de la vida humana, es una nueva oportunidad para defender su convicción de que la vida del nasciturus debe ser salvaguardada por encima de cualquier contingencia de la madre. Se trata de una obligación moral que afecta a toda la sociedad por dos razones fundamentales: la primera, porque la vida humana es un bien inviolable y, segunda, porque el no nacido está incapacitado para defenderse. Se trata, como puede comprobarse, de dos realidades irrefutables y omnipresentes, que trascienden los supuestos derechos de la mujer y de su propia conciencia.

El hecho de que la vida humana se geste en el útero de la mujer no otorga a la madre ninguna potestad sobre la vida del hijo, de la misma manera que la madre no puede decidir sobre la vida del hijo nacido, aunque sí tiene potestad sobre sus cuidados y su educación.

En resumidas cuentas, si se acepta la conclusión científica (irrefutablemente demostrada) de que el feto constituye una vida humana única e indivisible desde la formación de la célula-cigoto (con su carga genética propia), recurrir a la conciencia de la madre como argumento para justificar el recurso al aborto, no es más que un artificio retórico fundamentado sobre un inmoral sofisma. La primaria actividad sexual tiene su razón de ser en la reproducción de la especie. Y aunque el ser humano, además, haya encontrado en dicha sexualidad una fuente inagotable de placer, la racionalidad que pueda imprimir a este goce no puede derivar en violencia a terceros cuando la consecuencia viva del descuido se ha convertido en irremediable. Esta es la parte del discurso proabortista que casi siempre se elude. En cambio se recurre con excesiva frivolidad (yo diría irresponsabilidad) a los medios abortivos para «solucionar» las consecuencias de la sexualidad cuando estas no son bienvenidas. Y se diga como se diga, «matar a un hombre no será nunca defender una doctrina (ni un derecho), será siempre matar a un hombre».

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