Impulso contemplativo
28.02.09 @ 01:34:44. Archivado en Pensamientos
Ayer me quedé extasiado contemplando una reciente fotografía —captada por el Wide Field Imager (La Silla, Chile)— de la nebulosa planetaria Helix. Dicha nebulosa es conocida por los astrónomos como el Ojo de Dios, debido a su asombrosa semejanza con el icono divino, y cuyo tamaño está calculado en dos años luz (unos 20 billones de kilómetros) de ancho. Lo más asombroso de esta nueva imagen de la Helix no es su calidad fotográfica, sino que su belleza es de tal magnitud que —al menos en mi caso— su contemplación me produjo un estado de relajación y calma total, semejante a ese estado de la conciencia que Freud denominó como de «sensación oceánica» para designar las experiencias místicas o religiosas.
La foto de Helix —divulgada por el Observatorio Espacial Austral— y cuya nebulosa se encuentra en la constelación de Acuario a 700 años luz de la Tierra, presenta de forma detallada una cosmovisión fehaciente del proceso de desintegración de una estrella, con el inmenso resplandor que acompaña este proceso hasta convertirse en una estrella nova. Se trata de una imagen subyugante, seductora y mágica, capaz de sumergir la mente humana en el proceloso abismo de la ensoñación quimérica. Una imagen que invita a la expansión de la conciencia, que estimula la liberación de toda presión interior hasta disolver, aunque sea por unos instantes, la conciencia en el Nirvana.
Sin embargo, apenas transcurrieron unos segundos de experimentar esta especie de «sensación oceánica», caí en la cuenta de la paradoja en la que nos encontramos inmersos muchos seres humanos: la convivencia de dos contrarios irrefrenables dentro de una misma personalidad. Por una parte el «impulso contemplativo» hacia los grandes enigmas del Universo, hacia la idea de transcendencia, hacia las manifestaciones artísticas o hacia la experiencia amorosa, y, por otro, la «indignación crónica» que sufrimos y nos sacude cada vez que asistimos en nuestro medio natural a la exaltación de la indignidad, la barbarie, la injusticia o la estupidez; la «indignación crónica» es radicalmente activa.
Estos dos rasgos o cualidades, el «impulso contemplativo» y la «indignación crónica», son aparentemente incompatibles por su naturaleza. No obstante están ahí, dentro de nosotros y se manifiestan con desigual frecuencia, en detrimento del primero. Nuestra época ha creado un campo de fuerzas bastante similar a las condiciones que regían en el laboratorio de Pávlov. El pobre perro, cuando se ve expuesto a estímulos contradictorios, reacciona de una manera que se denomina «neurosis experimental». Se trata de un conflicto entre la acción y la contemplación, equiparable al conflicto entre el arte y la propaganda.
Fue Saint-Just quien dijo que «No se puede gobernar sin culpa». Bajo ciertas condiciones, no se puede obrar, ni escribir, ni siquiera vivir sin culpa. Si se enseña a un perro a perseguir las bicicletas, pero no los automóviles, y luego ve acercarse a un motorista, la reacción del perro será una neurosis experimental. De la misma manera —escribía Arthur Koestler en Flecha en el azul—, «si se enseña a una nación a creer que la tolerancia es buena y la persecución mala, y se le pregunta luego si hay que perseguir a los que quieren abolir la tolerancia, reaccionará de una manera bastante similar. En las épocas de paz, estas paradojas son simples entretenimientos lógicos; en las épocas de crisis pueden llegar a ser fatales para el individuo o para toda la civilización».
Por fortuna, esta de hoy es una buena ocasión para dejarse llevar por el «impulso contemplativo» ante el Ojo de Dios. Una oportunidad excelente para dar descanso a nuestra «indignación crónica», exhausta ante tanta ignominia y zafiedad, tanto en el solar patrio como allende nuestras fronteras.
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Miguel Torres Galera
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