La sociedad española vive instalada en uno de los escenarios más inquietantes de los posibles. Al frente de la nación se encuentra un gobierno liderado por un político que miente de manera desaforada y sistemática a los ciudadanos, y trata de manipular la realidad en aras de obtener ventajas personales y partidistas. Un presidente de gobierno al que no le duelen prendas en desairar —haciendo gala de su buen talante y modos aseados— a los adversarios, salvo que éstos, claro está, le reporten réditos ante posibles acuerdos puntuales: así lo ha hecho hasta ahora Rodríguez Zapatero con los nacionalistas, con los que ha desestabilizado, más de lo que ya estaba, el proyecto constitucional de soberanía nacional. Poco queda ya de la España constitucional de 1978. Los tres poderes del Estado han sido reducidos al imaginario de la historia. El Poder Ejecutivo se ha transformado en omnímodo tras haber canibalizado el Poder Legislativo y el Poder Judicial; además de controlar la estructura del partido, los servicios estatales de demoscopia y de comunicación de masas, así como los censos y la ley electoral.
Ante este sombrío panorama, ningún contrapoder. La supuesta alternativa de gobierno, es decir, la oposición liberal-conservadora, sobrevive empantanada en su propia inoperancia, restregándose reproches entre unos y otros, y con un líder cuestionado, tanto desde dentro del propio partido como desde los medios de comunicación, afines y contrarios. El resultado no puede ser más desesperanzador: acción de seguimiento y control al gobierno socialista inoperante, a la vez que lastrado por el efecto anestésico de complejos democráticos y de mala conciencia histórica. Y por si todo esto fuera poco, ahora asistimos al patético y malintencionado espectáculo de una campaña de descrédito ante la presunta —e indemostrada— operación de espionaje de los servicios de seguridad de la Comunidad de Madrid a altos cargos del gobierno de dicha Comunidad y a otros del Ayuntamiento de la capital de España. Una ocasión excelente para que la prensa se ponga las botas con el escándalo, los opinadores profesionales llenen sus bolsillos, y la progresía rampante y zafia se dé una atracón de repartir moralina y dispensar consejos de pureza democrática (los mismos que se negaban a aceptar de nadie en los tiempos de los vendavales de corrupción y crímenes de Estado del felipismo).
Uno no termina de encontrar explicación a la contumaz inquina entre españoles. ¿Por qué no son suficientes los abundantes buenos ejemplos que se prodigan en otras naciones de nuestro entorno? ¿Por qué alabamos tanto a Barack Obama y no al pueblo norteamericano que es el que ha hecho posible el fenómeno Obama? No se trata de que todos los españoles seamos igual de buenos sino de superar viejos y traumáticos odios y rencores. Es preciso que se despierte en la ciudadanía la conciencia crítica y dejar de actuar como hinchas fanáticos de unos colores, aunque nuestro equipo juegue que dé pena. Mantener vivo el espíritu del “Viva el Betis manque pierda” es una prueba lacerante de raquitismo cívico y de incultura política. Algo muy preocupante ocurre en un país que presume de ser la octava potencia económica del mundo, pero cuya vida política discurre por los cauces de exaltación, radicalidad e intransigencia de los años treinta del pasado siglo. Tenía razón aquel que señaló que el problema de nuestra democracia es que hay pocos demócratas.
Martes, 14 de febrero
Miguel Torres Galera
Raúl González Zorrilla
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Francisco Rubiales
Antonio Javier Vicente Gil
Miguel Barrachina
José Pómez
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Rufino Soriano Tena