Cada día estoy más convencido de que las sociedades desarrolladas se despeñan, lenta pero inexorablemente, hacia su desnaturalización. Es decir, que cuanto mayor es el grado de bienestar, mayor es la alteración que sufren las propiedades humanas de esas colectividades. El proceso de deterioro de las señas de identidad, acrecentadas a lo largo de siglos, no sólo es notorio sino irreversible. La sociedad contemporánea experimenta —en muchos casos sin conciencia de ello— una profunda transformación, más allá de que su modelo político sea totalitario, democrático o teocrático.
Que España es un país de cainitas no me cabe la menor duda. Nada hemos aprendido de la historia ni falta que nos hace, en todo caso para despotricar de unos y de otros. Y lo peor es que los españoles que hoy permanecemos en pie sobre esta bendita tierra continuamos alardeando de nuestras míseras obcecaciones como si de inquebrantables verdades se tratara. El empecinamiento y la ofuscación en nuestros yerros nos han convertido en irreductibles fantoches, en famélicos orates siempre dispuestos a la riña soez y al escarnio despiadado con aquellos que, en nuestro imaginario fantasmagórico, encarnan idearios y actitudes vitales diferentes de las propias.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel