Como es bien sabido, hasta finales del siglo XIX o principios del XX los ciudadanos del reino de España se sentían orgullosos de ser españoles sin que ello supusiera menoscabo alguno hacia su amor a la «patria chica» o patria natal. Pero por aquel entonces se había descubierto que todo individuo tenía que pertenecer a una nación o a una raza determinadas si realmente pretendía ser reconocido como ciudadano burgués. Eran los tiempos en los que, en Europa, las nuevas ideas del mercantilismo furibundo y el socialismo revolucionario socavaban la existencia misma del imperio austro-húngaro. Nacía, así, el concepto nacionalista, una expresión reafirmadora de las identidades de aquellos pueblos que, desde antiguo, habían estado gobernados —sin mayores problemas y con el beneplácito general— por dinastías ajenas a su linaje y prosapia. Y no sólo se cuestionó el concepto mismo de aquel poder secular, sino que además reivindicaba reformas radicales de las relaciones institucionales y sociales.
Pasan los años, los siglos y los milenios y el ser humano, como especie, continúa estancado, en sus actitudes y comportamientos, como en tiempos de los asirios, los babilonios o los nabateos, por poner sólo tres ejemplos. Es verdad que la humanidad ha avanzado una barbaridad en el campo de la tecnología y las ciencias, sobre todo desde que las últimas generaciones de humanos han sido capaces de liberarse de los prejuicios derivados de gran parte del acervo cultural del pasado.
Los políticos se niegan a debatir y reformar las leyes que amparan las remuneraciones salariales de los altos cargos de la Administración del Estado y de los cargos electos cuando éstos cesan. Sin duda esta reforma a la baja tendría la bondad de la ejemplaridad, sobre todo por el agravio comparativo que supone el desafuero actual para la mayoría de ciudadanos cuando pierden el trabajo, además del recorte implícito de gasto público que beneficiaría a la comunidad en tiempo de vacas flacas.
Con la Olimpiada de Pekín 2008 ha ocurrido, y está ocurriendo, lo que todo el mundo suponía: que el personal ha quedado epatado ante el derroche de grandiosidad que han exhibido los chinos. ¿Qué se puede esperar de una gran nación que a lo largo de su dilatada historia de varios milenios no ha conocido otra cosa que sistemas de organización política y social tiránicos y absolutistas?; y que —por si era poco— en pleno siglo XX ha transitado sin remisión (amén del breve periodo de dominio japonés) a un Estado totalitario marxista. Pues ha pasado lo que tenía que pasar, que el gobierno de China continental ha utilizado la oportunidad que le ha brindado Occidente para abrumarle con un panegírico sobre las bondades de su modelo político y social revolucionario. Los dirigentes comunistas chinos han hecho y están haciendo lo que mejor saben hacer los déspotas cuando tratan de alagar a los visitantes foráneos: deslumbrarles con lo mejor de cada casa, agasajarles con toda clase de fruslerías y esconderles las miserias que inundan las habitaciones interiores donde se hospedan el servicio y los parientes pobres.
Una sociedad está enferma cuando una mayoría de ciudadanos carece de referencias colectivas y apenas reconoce algunas de sus señas de identidad históricas. Una sociedad está enferma cuando hace dejación de valores éticos y morales esenciales, como el honor, el respeto o la dignidad; cuando desconoce el valor del compromiso social, de la palabra dada o de la autoridad moral de los ancianos u otras personas de reconocido entendimiento. Una sociedad está enferma cuando se instala en el relativismo moral, en el todo vale, y es incapaz de movilizarse para denunciar los abusos y excesos de sus administradores y gobernantes. Una sociedad está enferma cuando se deja arrastrar por los prejuicios y el rencor, que a su vez ahogan el entendimiento y anulan la capacidad de autocrítica; cuando se muestra incapacitada para corregir su conducta y mantiene el error con tal de no aceptar que otros puedan tener razón. Una sociedad está enferma cuando sus ciudadanos se esconden en la defensa de su intimidad con tal de no enfrentarse a los que amenazan a la colectividad; y cuando porfía la solución de sus problemas individuales a las administraciones públicas y, en cambio, no compromete un ápice de sus recursos personales para contribuir al bien común.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel