En la Grecia arcaica parece ser que fue Homero quien dio a la palabra ethos el significado de «morada o lugar donde habitan los hombres y los animales». Siglos más tarde, Aristóteles otorgó al vocablo una segunda acepción, más sutil e intelectual, entendiéndolo como «Hábito, carácter o modo de ser» que va incorporando en el hombre a lo largo de su existencia. Ethos, por tanto, significa «carácter», pero no en el sentido de talante sino en el sentido «del modo adquirido por hábito», y no por naturaleza. Dichos hábitos nacen «por repetición de actos iguales», en otras palabras, los hábitos son el principio intrínseco de los actos.
Ya en el siglo XX, Heidegger confirió al ethos un nuevo estatus: «es el pensar que afirma la morada del hombre», es decir, su referencia original construida en íntima complicidad con el alma; o, lo que es lo mismo, ya no se trata de un lugar exterior sino de lugar que el hombre porta a sí mismo. El ethos es el suelo firme, el fundamento de la praxis, la raíz de la que brotan todos los actos humanos.
Como quiera que —según la filosofía aristotélica— el ethos (carácter), el pathos (sentimiento) el logos (palabra) constituyen los tres modos de persuasión en la retórica, el uso —o el abuso— de dichos elementos son determinantes en la configuración de la opinión pública y, en su defecto, en la manipulación de los sentimientos ciudadanos.
Esta reflexión viene a cuento ante la contumaz retórica utilizada por Rodríguez Zapatero desde que alcanzó la Presidencia del Gobierno. Su discurso político está dirigido única y exclusivamente a «mover y agitar el ánimo», que es lo que significa la palabra «patético», vocablo que tiene su origen en el griego pathos. Es, en definitiva, un discurso repleto de eufemismos, en la mayoría de los casos hilarantes. Y lo peor es que Zapatero ha impuesto su dialéctica a todos los dirigentes socialistas, tanto los que están en el gobierno como los que están en el PSOE.
La dialéctica del zapaterismo no es que sea relativista, es que de pura insustancialidad resulta perfectamente reversible: lo que hasta hoy ha negado, desde hoy es dogma de fe. El liderazgo carismático del gran timonel funciona a golpe de consignas: de negar la crisis hasta la exasperación, el zapaterismo ha pasado en horas veinticuatro a hablar de recesión con toda naturalidad; hasta el sesudo Solbes ha confesado que estamos «ante la crisis más compleja de la Historia». En otro tiempo Zapatero negaba el concepto de nación, porque éste es un asunto discutido y discutible, una entelequia del pensamiento rancio, un mito de la derecha; pero cuando las encuestas alarmaron el presidente se cuadró ante la bandera roja y gualda como el primer patriota.
Por esto, cuando escucho a Rodríguez Zapatero frases como «El pesimismo no ha creado ni un solo puesto de trabajo» o «Sólo navegaría en un barco en el que el capitán diga que tiene plena confianza», no puedo evitar identificarle con uno de aquellos oradores grandilocuentes y de discurso huero (estilo José Solís), que enfatizan ante los micrófonos las bondades del régimen y las dificultades las adjudican a los zafios enemigos o a la pérfida Albión, en este caso a la subida del precio del petróleo. Más le valiera a nuestro patético presidente olvidarse de las encuestas y ponerse a trabajar de una vez. Resultaría irónico que su buenismo, su talante de diálogo, su conciencia hacia las minorías sociales, su laicidad y su redentorismo histórico terminasen sucumbiendo ante el rechazo de una inmensa mayoría de clases medias que ve como se arruina su expectativa de bienestar.
Cada día se percibe con mayor claridad que el carácter (ethos) de Zapatero se ha forjado con una frágil e insustancial arcilla ideológica, y que su sesgado sentimiento (pathos) deriva en un sufrimiento existencial por el recurso excesivo a una dialéctica (logos) repleta de falsos tópicos, rencorosos prejuicios y ensoñaciones estériles.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel