Se supone que los partidos políticos son organizaciones ideológicas cuya finalidad esencial es encauzar las aspiraciones e inquietudes de los ciudadanos. Es decir, los partidos han de ser un instrumento al servicio de los sectores sociales con afinidad ideológica, que promuevan la consecución del poder para tratar de aplicar sus propuestas. En definitiva, los partidos políticos deberían estar al servicio de los ciudadanos, ya que son éstos los únicos y verdaderos titulares de la soberanía nacional.
En cambio, la realidad en la que nos movemos, no sólo en España sino en prácticamente la mayoría de las democracias parlamentarias, pone de manifiesto cómo los partidos políticos se han convertido, única y exclusivamente, en máquinas de poder. Dichas organizaciones se han convertido en instituciones voraces y depredadoras, y todas sus actuaciones redundan en su fortalecimiento y en su incuestionabilidad. No digo que los individuos que sienten la vocación de servicio a la cosa pública sean unos desaprensivos egoístas, lo que digo es que la actividad política dentro de los partidos termina degenerando y corrompiendo la esencia de la política. La maquinaria voraz de los partidos —en especial las grandes organizaciones que son alternativa de gobierno— se han impuesto a los individuos. No importa quiénes sean los titulares de los cargos en las propias organizaciones o en las administraciones públicas, ni si lo hacen mejor o peor —otros vendrán a ocupar el sitio del cesado—, lo que de verdad importa es que el militante sirva en cuerpo y alma a los intereses del partido.
El ejemplo de que en España vivimos una auténtica partitocracia lo tenemos estos días delante de nuestros ojos. Por un lado, el PSOE gobernante de la Nación se muestra ausente y medio sonámbulo ante los graves acontecimientos que tienen casi colapsado al país. En presidente Rodríguez continúa negando la existencia de una crisis económica. A estas alturas se puede ser más ignorante, pero no más insensato, y todo por no enmendar el buenísmo en el que vive instalado y que tan buenos resultados electorales le ha reportado. Veremos en qué acaba todo esto.
Y por otro lado, tenemos al PP, el principal partido de la oposición —y casi el único—, perdido y ensimismado en su propia soberbia porque no es capaz de digerir que Rodríguez Zapatero les ha vuelto a ganar las elecciones. Pues o se ponen las pilas rápidamente o se las van a dar hasta en el carné de conducir, que diría un castizo.
Los dos grandes partidos tienen en común que en ninguno se promueve la autocrítica seria y transparente. Ninguno toma de la ciudadanía el pulso de sus preocupaciones e inquietudes. Y ambos se enrocan en la afirmación de sus bondades, a la vez que se empecinan en trasladárselas a los ciudadanos como una letanía desesperante. Ya se cansarán.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel