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Un pueblo en armas

26.04.08 | 08:00. Archivado en Historia
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El 2 de mayo de 1808: el nacimiento de una Nación (III)

Sin ánimo de exagerar podemos decir que los sucesos madrileños del 2 de Mayo de 1808 actuaron como la chispa que inflamó, a gran escala, la conciencia nacional. No obstante, queda patente —como he descrito en el artículo anterior— que los españoles se movilizaron por una doble causa, que, en realidad, convirtieron en el subconsciente colectivo, en una sola: por un lado, responden como un resorte al grito «La patria está en peligro»; y, por otro, como destacan las primeras líneas del bando de los alcaldes de Móstoles, se sienten impelidos por una creencia atávica a responder al llamamiento de la proclama: «... como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria...».

Resulta paradójico que mientras los españoles se enardecen ante la gravedad de la amenaza francesa, el 6 de mayo, en Bayona, Carlos IV —ciego y sordo ante lo que no quiere ver ni escuchar— consigue que su hijo Fernando VII renuncie y le devuelva la Corona, para acto seguido ponerla en manos de Napoleón, quien a su vez se la entrega a su hermano José. Así quedó también satisfecha la demanda, que desde el interior, había solicitado la Junta de gobierno monárquica para que Napoleón nombrara a José I rey de España; el 4 de junio esa misma Junta suscribe un manifiesto invitando a las juntas provinciales de defensa (la oposición al nuevo régimen) a someterse al emperador francés. El odio y el desprecio se hacen patentes a partir de entonces sobre todos los colaboradores españoles (afrancesados) del nuevo monarca francés.

En todo caso, conviene recordar que si bien es cierto que la conciencia que los españoles de entonces tenían de Nación (España) era un hecho en los inicios del siglo XIX, también es verdad que ésta conciencia estaba diluida en el sentimiento que pervivía aún acerca de la profunda tradición de singularidad histórica. En los viejos reinos de la Corona de Aragón y del Reino de Valencia aún palpitaba —todo lo disminuido que se quiera— el alma y el fuero de la tradición. Es ahora, en esta nueva prueba que representa la Guerra de la Independencia, donde los españoles de todos los rincones peninsulares e insulares se vieron comprometidos en una causa común. Se jugaban, nada más y nada menos, su ser o no ser como naciónía.

Es obvio que las cosas habían cambiado en la Europa de entonces, y también en América. En 1776 se había producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Trece años más tarde la monarquía absolutista francesa era borrada de un plumazo por las nuevas ideas revolucionarias. La Ilustración se abría paso —unas veces a zancadas y otras a trompicones—, pero no cabe duda de que el tradicional concepto del poder estaba herido de muerte. En España, imperio en decadencia, las ideas ilustradas ya estaban presentes (Campomanes, Mayans, Cabarrús, Feijoo, Torres y Villarroel, Meléndez Valdés, Cadalso, Samaniego, Iriarte, Fernández de Moratín, Jovellanos,...) desde buena parte del siglo XVIII. Incluso en el seno de la Iglesia se experimentó, a cuenta de las regalías, la llegada de aires renovadores de la mano de figuras como Félix Torres Amat, Felipe Bertrán (obispo de Salamanca e Inquisidor general), José Climent o Antonio Tavira Almazán, todos ellos enfrentados a la Iglesia más conservadora y partidaria de la preeminencia del Papa.

Pero era indudable que España padecía una analfabetización enorme (la población rural era superior al 70 por ciento), por lo que el llamado «siglo de las luces» apenas penetró en el entramado social, tan solo en el ámbito de la universidad y de los círculos ilustrados. A esta situación hay que añadir el hecho de que el trabajo desarrollado a lo largo del siglo XVIII con la modernización del país, empezó a quebrarse con la llegada de Carlos IV al poder. La aparición de la Revolución francesa llenó España de dudas y temores. Las primeras medidas tras la revolución fueron el control de las publicaciones que entraban en España, la censura de prensa y el control de las actividades de las Sociedades Económicas de Amigos del País. Todo aquello que el despotismo ilustrado había creado en otras naciones, se convirtió de la noche a la mañana en sospechoso de tramar contra la corona.

No obstante, la lucha contra las tropas francesas obligó a los españoles a la introspección y a la revisión de la conciencia nacional; también a elevar la mirada más allá de nuestras fronteras. Cuando todo estaba perdido, el vacío de poder inapelable y la escasez recursos de guerra evidentes, Inglaterra se erigió en la única tabla de salvación. Y, efectivamente, los gobiernos de Jorge III y su hijo Jorge IV asumieron la responsabilidad de expulsar al ejército napoleónico de la península Ibérica. Sin embargo, los británicos no se dieron prisa en el empeño, pues les interesaba mantener dividas las fuerzas del emperador francés en diferentes frentes europeos.

Y mientras se alargaba la guerra en suelo español, en la ciudad de Cádiz —único bastión inexpugnable para los franceses— se fraguó el proyecto de una Constitución que recogiera el nuevo espíritu emancipador que la Ilustración había destilado durante las últimas décadas. El liberalismo echó sus raíces entre los esteros gaditanos y el interior de las defensas amuralladas de la milenaria urbe fenicia.


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    • Miguel Torres Galera Miguel Torres Galera
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