Hace poco más de un siglo amenazadores presagios asolaban Europa. El nacionalismo emergía implacable de entre los agrietados cimientos de imperios y naciones. De todos éstos el más vulnerable era, sin duda, el Imperio austro-húngaro: hasta sus más inquebrantables defensores intuían su final como inevitable. Años antes, cuando el solar europeo se empapaba de sangre al grito de «libertad y justicia», el dramaturgo austriaco Franz Grillparzer (1791-1872) clamaba desolado: «De la humanidad a la bestialidad por el camino de la nacionalidad.»
La violencia continua siendo la amenaza más abyecta y desmoralizante de cuantas padece el ser humano. En este comienzo de 2008 la violencia está extendida y asentada en todos los rincones del planeta, y se manifiesta bajo la apariencia de un sin fin de formas, razones y pretextos. Cada uno de los más de 6.300 millones de hombres y mujeres que habitamos la Tierra vive con el estigma de ser —a la vez— víctimas y verdugos; en cambio son muy pocos los que se reconocen en la segunda condición por el simple hecho de sentirse incapaces —como si eso fuera una excusa— de apretar un gatillo o empuñar un hacha.
Viernes, 25 de mayo
Miguel Torres Galera
José Pómez
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Raúl González Zorrilla
Juan Ramón Moscad Fumadó
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Cabrera
Inmaculada Sánchez Ramos
Carlos Ruiz Miguel