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Origen del conflicto judeo-palestino (y II)

22.07.06 | 19:06. Archivado en Historia

Desde inicios del siglo XX, toda la política de los dirigentes sionistas -y, muy en particular, la de Haim Weizmann- estuvo orientada a negociar con las potencias colonialistas la obtención de una autonomía para la importante población judía en proceso de asentamiento en Palestina, fragmento territorial del Imperio Otomano bajo protectorado británico.

La “Declaración Balfour” del 2 de noviembre de 1917 es la primera expresión de esas negociaciones. Simultáneamente, Weizmann negoció acuerdos con el rey Feysal de Arabia, más tarde prolongados en las conversaciones con Abdallah de Jordania. El objetivo fue la obtención de una mínima nación judía soberana coexistente con su contexto árabe.

A partir de 1920, las relaciones entre los dirigentes sionistas y la Administración británica en Palestina se deterioró por la prohibición británica de nuevas emigraciones judías, y los judíos palestinos -tras los importantes pogromos promovidos por la población árabe y tolerados por los británicos en 1929 y 1936- pasaron a estructurarse en organizaciones de autodefensa.

La Segunda Guerra Mundial y la explícita alineación del "muftí" de Jerusalén en favor de Adolf Hitler lanzaron a la población judía hacia la transformación de esas organizaciones de autodefensa en grupos armados que dibujarían el núcleo del futuro ejército israelí: “Irgún”, “Stern” y, sobre todo, “Palmach” (Ejército popular) y “Haganah” (Ejército de defensa). Tras el fin de la Guerra Mundial y bajo el trauma del holocausto nazi, fue inevitable la lucha armada contra la Administración británica: son las tesis del llamamiento del año 1946 de la Conferencia Sionista Mundial para la resistencia contra el “Libro Blanco” británico de 1939. Fue el comienzo de la guerra en Palestina.

Bajo ese doble eje (deuda histórica hacia una población exterminada en los campos de concentración y riesgo permanente de guerra civil en Palestina), la ONU buscó desesperadamente una salida razonable para la “cuestión judía”. Eran ya casi seiscientos mil los judíos instalados en “tierra santa” y la tendencia migratoria continuaba.

Un primer plan de partición sería esbozado en 1946, y luego modificado en 1947. La formación de dos Estados, uno árabe y otro judío, sobre la antigua Palestina otomana fue aprobada por la Asamblea General de la ONU el 14 de mayo de 1948.

En su redacción final, la resolución de la ONU fue poco favorable para los intereses judíos. Aunque concedió la existencia de un Estado israelí, no es menos cierto que los territorios eran escasos y pobres y las fronteras indefendibles. Basta echar una ojeada al mapa trazado por el plan en 1947 para captar las pocas posibilidades de sobrevivir que tenía un Estado israelí, dividido en dos fragmentos entrecruzados de adversarios.

Ben Gurión aceptó, sin embargo, de inmediato los términos de la resolución y proclamó la independencia de Israel. La Liga Árabe los rechazó de plano y llamó a la guerra santa. La primera guerra árabe-israelí había comenzado. Y, con ella, la tragedia del pueblo palestino.

Noventa mil soldados egipcios, iraquíes, sirios y jordanos atacaron a los setenta mil guerrilleros de la “Haganah”. El resultado no pudo ser más funesto para los intereses de la población árabe palestina. Contra todas los pronósticos, los paramilitares de la “Haganah” barrieron a los ejércitos regulares árabes. Y para mayor desgracia, los palestinos vieron, a consecuencia de la guerra, como del territorio inicialmente fijado por la ONU para la formación de su Estado, una parte era anexionada por Israel y otras por los países árabes limítrofes. El Estado hebreo incorporó así 6.700 kilómetros cuadrados sobre lo previsto y estableció una línea de frontera menos inverosímil aunque aún militarmente muy vulnerable: en su parte más estrecha, el Estado hebreo no era, en 1948, sino una franja de 14 kilómetros entre Cisjordania y el mar; Egipto se apoderó de Gaza; Jordania, de la Samaria bíblica o Cisjordania, que componía la fracción esencial del territorio previsto por la ONU como Estado palestino.

El armisticio que dio fin a la guerra en 1949 consagraría un mapa político esencialmente distinto del previsto por la comunidad internacional. Palestina había muerto antes de haber comenzado a existir: 850.000 de sus habitantes iniciaron su largo exilio; el mundo árabe, entre proclamas retóricas más o menos lacrimógenas, se desentendió materialmente de ellos. Aún en 1956, Ahmed Chuqueiri, futuro presidente de la OLP, proclamaría en medio del consenso general árabe como era “público y notorio que Palestina no es más que Siria del sur”.


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    • Miguel Torres Galera Miguel Torres Galera

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