Existen palabras que hace mucho tiempo han perdido en la mayoría de la opinión pública su verdadero significado. Es más, el equívoco normalizado con el que sin el menor rubor se utilizan esos vocablos suelen tener un doble valor: el de designar (incorrectamente) el concepto al que nos referimos, y el utilizarlo como arma letal para descalificar al sujeto al que va dirigido. Sin duda se trata de una patología lingüística resultado de la retórica pasional con la que a menudo nos enfrentamos a los acontecimientos de nuestro mundo.
Una de estas palabras malditas es “sionismo” (aspiración de los judíos a recobrar Palestina como patria; movimiento internacional de los judíos para lograr esta aspiración), pero hay docenas. Se trata de una palabra de la que no se admite medias tintas, o mejor dicho, término medio. Para muchos ciudadanos europeos el término “sionismo” está indefectiblemente vinculado a “imperialismo” y, por ende, a “ultranacionalismo”. En definitiva, “sionismo” para muchos es lo mismo que “fundamentalismo” y/o “fascismo”. Por tanto, esta palabra y su antinómico (sionismo-antisionismo) determinan en nuestra sociedad la dualidad conceptual del conflicto judeo-palestino.
Ha sido la izquierda intelectual, política y sociológica la que desde hace décadas se ha alineado con el “antisionismo”, construyendo un sutil paralelismo con el “antisemitismo” en la segunda mitad del siglo XX. No obstante, conviene aclarar que el “sionismo” es una ideología política nacida en el medio judío laico -especialmente socialista- europeo a finales del siglo XIX bajo el impacto de la oleada antisemita cristalizada en el “caso Dreyfuss” (Francia, 1894); ideología que culmina su enunciación en la propuesta de construcción de un Estado judío en Palestina. Después del hecho fundacional, el uso del término “sionismo” es exclusivamente metafórico y no designa ningún movimiento social ni político diferenciable.
Una característica ideológica del movimiento sionista -formalmente constituido en Basilea en el año 1897- es la de que jamás tuvo relación alguna con el integrismo religioso. Este tópico no sólo es falso sino que nunca ha tenido la menor posibilidad de ser cierto. No hay más que examinar el rechazo histórico y teológico que la tradición rabínica ha dispensado a las reivindicaciones territoriales. En el judaísmo “ortodoxo” el proselitismo es una perversión teológica infundada. La elección divina del pueblo no es, ni metafísica ni teológicamente, compatible con la conversión como práctica de masa. En cambio, entre las tradiciones religiosas que practican el proselitismo -que, a su vez reposa sobre una hipótesis de salvación universalista- es norma ética primordial la identificación entre integrismo religioso y expansionismo territorial. Fue el caso de la tradición cristiana en tiempos no lejanos, cuando los creyentes se tomaban en serio su dogmática, y el del Islam en sus orígenes y en nuestros días.
Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Y conservar un mínimo de memoria histórica. El sionismo no nació en medios rabínicos ni “ortodoxos”. Fue esencialmente un fruto del judaísmo laico; es más, lo fue, en buena parte, de sus tendencias más radicales, más entreveradas con el naciente socialismo -los casos de Moses Hess o de Israel Zangwill son suficientemente significativos-, desde finales del siglo XIX. Su objetivo político, definido por su gran configurador doctrinario, Theodor Herzl, en El Estado judío (1896) como proyecto de construcción de un Estado judío en la Palestina otomana, chocó frontalmente con las posiciones mayoritarias del rabinato de la diáspora, que vieron en él una sustitución laica del ideal religioso.
Hasta el día de hoy en Israel, los sectores más ortodoxos del judaísmo de tradición mesiánica rigurosa siguen rechazando la legitimidad de un Estado constituido sin participación trascendente alguna. Porque, para un creyente, el Libro (Torá), es transparente: “No habrá Reino mientras no haya Mesías.” Todo intento de acelerar su llegada es suplantación blasfema de la obra divina. Y eso es precisamente lo que el sionista, al consolidar un Estado israelí laico, lleva haciendo desde hace décadas.
Las importantes concesiones otorgadas por David Ben Gurion, primer presidente de Israel, a ese rabinato ortodoxo no lograron nunca borrar del todo un conflicto básico e insuperable. El fracaso de la “Haskala”, el movimiento asimilacionista que intentó, primero en Alemania y luego en Rusia, una integración plena del judaísmo en Europa, y los pogromos de 1819 y 1881, son los presupuestos inmediatos del ascenso del movimiento de Herzl en favor del retorno a Sión que el Primer Congreso Sionista proclamaría en 1897 en Basilea.
En rigor es preciso hablar de tres grandes oleadas migratorias, de tres grandes “aliya” o “ascensos” hacia Jerusalén anteriores a la proclamación del Estado en 1948. Desde el principio, fueron los sectores económicamente más desvalidos de la comunidad judía mundial los que iniciaron su instalación en Palestina. Muy ligados al movimiento socialista y a tradiciones sindicalistas combativas, configuraron muy temprano -desde 1905- organizaciones obreras que cristalizarán en la formación del partido socialdemócrata “Poale-Zion de Eretz-Israel” y del más radical “Hapoel-Hatzair”, del que surgiría el movimiento juvenil marxista “Hachomer”. Sobre todo, se forjó la “Histraduth Haovdim be Eretz Israel”, Confederación Sindical de los Trabajadores de Israel, que sería uno de los ejes mayores del cooperativismo y el socialismo israelí.
Jueves, 16 de febrero
Miguel Torres Galera
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