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La desvergüenza profesional

17.09.05 | 23:31. Archivado en Medios de Comunicación, Televisión
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Uno de los axiomas más desvergonzados y perversos de la profesión periodística es el que dice: "Que la verdad no te estropeé un buen reportaje". A mí me lo quiso aplicar en cierta ocasión, hace ya algunos años, un prestigioso periodista cuando dirigía "Economía en la 2", un programa de Televisión Española. Naturalmente, no le hice el mínimo caso, y el reportaje que había investigado, no se hizo. Desgraciadamente, no siempre los periodistas cumplen con su código deontológico, y hambrientos de notoriedad sucumben ante el artificio y la mentira para lograr con sus trabajos laureles y fama inmerecida.

Ya sabemos que en todas las profesiones existen personas deleznables e inmorales. A veces ocurre que estos comportamientos censurables sólo se aplican circunstancialmente, pero de no mediar públicas disculpas y rectificaciones a tiempo, los nombres de sus ejecutores quedarán manchados para siempre.

Por ello, este cuento lo voy a aplicar en esta ocasión a la profesión periodística, donde lamentablemente están sucediendo en los últimos tiempos demasiados desafueros y barbaridades, y que por la notoriedad de tales escándalos se está haciendo del periodismo un lugar irrespirable.

Habría que comenzar señalando que de todas las especialidades el periodismo del corazón es el menos riguroso y decente de todos. Y aunque la crónica social es una de las más antiguas y prestigiosas, junto con la de sucesos y la política, en la actualidad poco queda de esta digna y meritoria parcela informativa.

Es más, en la medida en que la "prensa rosa" o "prensa del corazón" invade y domina mayores espacios mediáticos (prensa escrita, radio y televisión), su permanente deterioro produce en la mayoría de la profesión periodística un sentimiento de desprecio insondable hacia esa caterva de insolventes chillones que se mueven a diario inquiriendo y despotricando a través del papel cuché, de los estudios de radio y de los platós de algunas televisiones.

Es cierto que la “prensa rosa” despierta un elevado interés en las audiencias. Pero, en general, tanto sus contenidos como el modo en que se tratan, constituyen un atentado contra la esencia y la naturaleza misma del periodismo y su deontología profesional.

Varias son las razones por las que la “prensa del corazón” ha llegado adonde está. Desde luego, buena parte de la responsabilidad la tienen los directivos de las cadenas de televisión y de las revistas gráficas, los cuales anteponen en muchos casos el beneficio económico al deber moral de producir una oferta informativa y de entretenimiento solvente en dignidad, respeto, buen gusto e imaginación.

En cambio, qué tenemos: unos programas hilarantes, repletos de personajes despreciables, sin ningún valor social y encumbrados a una fama artificial por la voluntad decidida de convertir los espacios de máxima audiencia en un zoológico de descerebrados sin otras cualidades que las de polemizar y sorprender con sus insignificantes vidas.

Y a todo este juego de ramplones intereses se ha unido un elenco de periodistas y “friquis” que, de la noche a la mañana, han encontrado un modo sustancioso de ganarse la vida y de adquirir notoriedad pública. Eso sí, llenándoseles la boca de profesionalidad, a la vez que argumentan que ellos informan sobre lo que la gente demanda. Es la desvergüenza elevada a la enésima potencia.

Uno de los acontecimientos más ilustrativos del panorama en que se mueve la “prensa del corazón” lo hemos vivido hace escasos meses. Se trata de un escándalo informativo (desinformativo) más, y fue protagonizado en Telecinco por la periodista Lidia Lozano en relación con el caso Ylenia Carrisi. En este caso, como en tantos otros, se incumplieron varios de los preceptos fundamentales de la profesión.

El primero, no tener en cuenta que el periodista es un simple notario de los hechos, y su persona debe mantenerse siempre en un plano de discreción y anonimato. En segundo lugar, el periodista nunca se hace eco de un rumor, si acaso lo investiga para comprobar si puede adquirir rango de certeza, en cuyo caso se convertiría en noticia. Por supuesto, siempre se deben contrastar las fuentes de información y recabar la versión de los sujetos a los que se imputa el protagonismo de la noticia.

El periodista sólo debe buscar la verdad, con la mayor objetividad y siempre con la máxima honestidad y profesionalidad. Por ello, es fácil comprobar que en el caso referido y protagonizado por Lidia Lozano, se incumplieron todos los preceptos, ante lo cual no cabe más que aceptar de buen grado la humillación y la aceptación de la responsabilidad de una mala práctica del periodismo.

Lo demás son pamplinas. Aquello no fue una metedura de pata, como ella misma afirmó. Fue una falta muy grave contra la deontología profesional, merecedora de una fuerte sanción. En cambio, ahí está, trabajando para la cadena que fomentó el escándalo y se lucró con su difusión. Así están las cosas en nuestro país. Todo vale, según qué cosas y de quién vengan.

Periodista no es quien ha estudiado en una Facultad de Ciencias de la Información, sino quien teniendo una formación adecuada se hace merecedor de tal distinción después de adquirir el oficio y la experiencia necesaria trabajando en medios de comunicación. Además, el periodista nunca puede ser cómplice de los protagonistas de las noticias, ni debe tener amistades con los personajes susceptibles de ser motivo de información.

Tampoco debe aceptar favores, privilegios ni regalos como agradecimiento por las informaciones realizadas o por las que vaya a realizar. Y, por último, el profesional de la información deber guardar con escrúpulo la incompatibilidad existente entre informar y hacer publicidad. Pues bien, estos preceptos son incumplidos sistemáticamente por muchos de los que se envanecen de ser unos profesionales de raza.

Nada más alejado de la realidad. Están a años luz de ser merecedores de tal cualificación. Pero como vivimos en una sociedad donde vale casi todo, donde se grita y se descalifica con entusiasmo y prodigalidad, donde se hace un periodismo de espectáculo y no de información, donde las audiencias priman sobre la credibilidad y donde los aventureros y temerarios son reconocidos por buena parte del público como héroes mediáticos, finalmente lo que se ha conseguido es que nadie sepa dónde tiene la mano derecha, la vergüenza ni el decoro.

Es verdad, en todas partes cuecen habas, pero esto no puede se justificación para eludir responsabilidades allá donde las haya. Y hoy, de lo que estamos hablando, es de que en España tenemos la “prensa del corazón” más cutre y detestable de su historia. Todo ello gracias a la degradación en la que ha caído nuestra sociedad, desde los empresarios y directivos, pasando por los periodistas del famoseo y el famoseo propiamente dicho, hasta importantes sectores del público.

La libertad de opinión y de imprenta tienen estas cosas, que en aras de la libertad se apuntan al carro del vocerío legiones de botarates, indocumentados intelectuales y enajenados morales. Son los nuevos histriones que entretienen a las masas, sin caer en la cuenta de que éstas terminarán dándoles la espalda y despreciándoles cuando sus embustes y patrañas terminen aburriéndolas y hartándolas.


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