Amistad Europea Universitaria

Durante el viaje de Nazaret a Belén

30.12.08 | 10:45. Archivado en Sociogenética, Religiones
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Jesús no nació ni en Nazaret ni en Belén, sino entre ambas localidades, durante el viaje que hicieron sus padres, para obedecer la orden imperial de inscribirse en el censo en su lugar de origen, es decir: en Belén.

El relato de Lucas, el "querido médico" de Col. 4,14 y confidente de la madre de Jesús, hace pensar que María dio a luz en un establo, en las afueras de Belén, donde había permanecido mientras José intentaba sin éxito, probablemente sin ella, encontrar albergue en la posada del pueblo:

"Todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la estirpe y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa, María, que estaba encinta. Estando allí le llegó el tiempo del parto y dió a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada".

Lc. 2,7. Traducción de Juan Mateos, con la colaboración de L. Alonso Schökel.

El carácter obligatorio del viaje, en las circunstancias de embarazo en que se encontraba María; el pesebre, que presupone la extrema modestia de un establo, compartido con animales domésticos; y la falta de sitio en la posada, a pesar del estado de urgencia de María, hacen pensar en el mensaje evangélico inequívoco que aporta el texto sobre la condición francamente humilde de los protagonistas de la acción: no se trataba de una familia acomodada, sino de una familia modesta, que vivía sin ningún privilegio social, tanto en Nazaret como en Belén, a pesar de su origen davídico. Este mensaje evangélico, y no el detallismo anecdótico del lugar preciso del parto de María, es el objetivo diegético del evangelista. Lo que a él le interesa es explicar a los creyentes la historia del nacimiento del hijo de Dios encarnado, más bien que la topografía del escenario.

El año pasado la ambientación topográfica nazarena del “nacimiento” en la plaza de San Pedro de la Ciudad del Vaticano suscitó viva polémica entre los cristianos, al dar a entender que Jesús había nacido en la casa de sus padres, donde se encontraba la carpintería de su padre putativo, y no en las afueras de Belén, en un establo de libre acceso, como lo relata la tradición icónica, popularizada por los "belenes" franciscanos de todo el mundo. Este año se ha vuelto resueltamente a Belén, aunque suprimiendo algunos detalles de la tradición iconográfica.

Sin embargo la doble localización, que está más bien presupuesta que afirmada en los mismos evangelios canónicos, ha suscitado este año una reflexión particularmente pertinente de nuestro Amigo teólogo José María Castillo sobre el mensaje evangélico común que hay detrás de los dos relatos del nacimiento de Jesús: el Nazareno y el Belenita:

La clave de todo este asunto está en que la “encarnación” de Dios, en el desconocido y humilde ciudadano Jesús de Nazaret, nos viene a decir, a quienes nos consideramos cristianos, que este mundo tiene solución y salvación, no desde arriba, sino desde abajo; no desde los primeros, sino desde los últimos. Porque los últimos no tienen –ni pueden tener– nada más que su humanidad.

Foto: BELÉN VIVIENTE: http://www.educa.madrid.org/: Los alumnos y alumnas de 3º de Primaria representaron una obra de teatro muy navideña sobre el nacimiento de Jesús en el Portal de Belén.

¿Belén o Nazaret?
por José Mª Castillo
24-Diciembre-2008

La opinión popular generalizada es que Jesús nació en Belén. Esto se dice en el capítulo 2 de los evangelios de Mateo y Lucas. Pero no se dice en ningún otro sitio del Nuevo Testamento. Mientras que de Jesús se afirma que era “Nazareno”, oriundo de Nazaret (“nazarênos”) seis veces (Mc 1, 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6; Lc 4, 34; 24, 19). Y otras once veces se le llama “nazôraios” (Mt 2, 23; Lc 18, 37; Jn 18, 5. 7; 19, 19; Hech 2, 22; 3, 6; 4, 10; 6, 14; 22, 8; 26, 9), que corresponde, tanto en el aspecto sintáctico como semántico, al término anterior que indica de dónde era Jesús (H. Kuhli). La equivalencia de ambos términos aparece en el uso que se hace de ellos en Mc 14, 67 y Mt 26, 71. También en Mt 2, 23. Prescindo de otras precisiones técnicas que discuten los especialistas. En todo caso, está claro que, según una gran mayoría de textos del Nuevo Testamento, Jesús no era de Belén, sino de Nazaret.

Entonces, ¿por que los evangelios de la infancia dicen que Jesús nació en Belén? Porque Belén era la ciudad donde el rey David recibió la unción real (1 Sam 16, 4. 18; Rut 1, 2. 19; 4, 11). De ahí que Belén era la “ciudad de David” (Lc 2, 4. 11. 15). Y los judíos tenían la convicción de que el Mesías nacería en Belén, no en Galilea (Jn 7, 42). La relación del Mesías con el rey David ya se encuentra en Rom 1, 3-4 y en 2 Tim 2, 8. La estima que el pueblo de Israel sentía por su gran rey David se debía cumplir plenamente en el Mesías.

Lo que pretendo aclarar, al explicar todo esto, no es meramente una cuestión histórica. ¿A qué viene discutir un asunto de tan poca importancia como es saber si Jesús nació en Judea o en Galilea? ¿No da igual lo uno que lo otro?

Por supuesto, no es lo mismo. ¿Por qué? El nacimiento de Jesús en Belén no es un dato histórico, sino un “teologúmeno” (una idea teológica narrada como un dato histórico) (J. P. Meier) con el que se pretende exaltar al Mesías, al presentarlo como un ilustre descendiente de la familia del rey David. Por el contrario, si Jesús nació en la aldea de Nazaret, entonces era un “donnadie”. De Nazaret no podía salir nada bueno, se pensaba en aquel tiempo (Jn 1, 46). La ridícula vanidad de presumir de un origen ilustre, de una buena familia o de un sitio importante ya funcionaba entonces. Y es que se sabe que Galilea y los galileos tenían mala fama en tiempo de Jesús. Galilea era la región de los pobres y sus gentes eran vistas como ignorantes, poco religiosos y, a veces, como disidentes subversivos contra los romanos. En Hech 5, 27 se menciona a “Judas el Galileo” y se sabe que Pilatos ordenó una matanza de galileos (Lc 13, 1-2). Es más, a los galileos se les llegaba a considerar como ignorantes, impuros, con los que no había que relacionarse (TB Pesahim 49b). Es famosa la exclamación de Yojanán ben Zakkai: “Galilea, Galilea, tú odias la Torá” (Ley divina) (M. Pérez Fernández).

Ya se ve, pues, que si he planteado la cuestión del pueblo donde nació Jesús, no es por una simple curiosidad histórica. Y menos aún por afán de decir cosas novedosas. Se trata de un asunto muy serio. Jesús no vino a este mundo para presumir de orígenes ilustres o antepasados famosos, por más que eso se considere importante para prestigiar a un mensajero divino. Si algo hay claro en los evangelios, es precisamente lo contrario. Jesús vino a quitarnos los humos de ridículas grandezas. Porque sabía muy bien que nuestros ingenuos orgullos son una de las muchas manifestaciones de nuestros inconfesables sentimientos de omnipotencia, anhelos turbios que nos dividen, nos distancian y nos enfrentan. Con semejantes pamplinas, la convivencia se nos hace más difícil y los rechazos de unos a otros son constantes. Y lo peor de todo es cuando todo eso se reviste con argumentos religiosos que sólo sirven para hacer cada día más odiosa y detestable la dichosa religión.

A ver si de una vez nos metemos en la cabeza que el nacimiento de Jesús, en una aldea perdida, desconocida y despreciada, en una familia a la que nadie daba importancia alguna (Mc 6, 1-6), es el indicador más claro de que, cuando Dios entra en la historia, lo hace de forma que se despoja de todo su poder y su gloria, se identifica, no con las familias ilustres y los títulos famosos, sino con los últimos, los desconocidos, los “nadies”.

¿Es que era masoquista? No se trata de eso. La clave de todo este asunto está en que la “encarnación” de Dios, en el desconocido y humilde ciudadano Jesús de Nazaret, nos viene a decir, a quienes nos consideramos cristianos, que este mundo tiene solución y salvación, no desde arriba, sino desde abajo; no desde los primeros, sino desde los últimos. Porque los últimos no tienen –ni pueden tener– nada más que su humanidad. No tienen títulos, ni poderes, ni influencias. Sólo tienen su condición humana, la debilidad y las muchas carencias de los humanos. En lo poco que tienen los últimos, todos coincidimos. En eso, y sólo en eso, es donde lo que llamamos Dios se puede hacer presente. Porque Dios no viene a dividirnos. Y menos aún a enfrentarnos. Dios sólo puede estar en lo que nos une, en lo que no tenemos más remedio que coincidir todos. Dicho sin remilgos: cada día veo más claro que los “dioses” que nos dividen, nos separan, nos humillan o nos enfrentan, son “dioses de mentira”. En Jesús podemos decir que se hace presente Dios porque en Jesús Dios se despoja de las grandezas de lo divino y se funde con lo humano, con lo mínimamente humano, en lo que todos somos iguales.


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