Amistad Europea Universitaria

Meronimia y holonimia (reedición)

15.03.08 | 23:58. Archivado en Semántica, Sociogenética, Epistemología
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Antiguos alumnos mìos de Semántica lingüística me piden con insistencia que reproduzca aquí, para mis amigos blogueros, el artículo que publiqué en diferentes medios virtuales el 19.02.06 sobre las operaciones semánticas de meronimia vs. holonimia. Lo hago con sumo placer, dada la importancia de estas dos operaciones tanto en Semántica lingüística como en Epistemología general.

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Las operaciones de meronimia y de holonimia son tan importantes en el sistema de la lengua como las operaciones de hiponimia y de hiperonimia. Si estas dos últimas operaciones nos permiten clasificar, las dos primeras nos permiten describir; ahora bien, sin descripción no hay clasificación posible, puesto que toda clasificación se hace sobre datos descriptivos.

Me cabe el honor de haber demostrado, al introducir los neologismos helénicos meronimia y holonimia, al comienzo de los años setenta, que mis colegas fílósofos del lenguaje y matemáticos no sólo ignoraban la diferencia entre merónimos e hipónimos y entre holónimos e hiperónimos, sino que tampoco veían la pertinencia de los merónimos y holónimos, cuya denominación más común entonces en el lenguaje gramatical, aunque desgraciadamente limitada a los numerales, era la de partitivos y multiplicativos.

Confundían estas cuatro operaciones, en detrimento de la teoría de los conjuntos, cuya validez, cuestionada además por sus propias paradojas, se limitaba al estudio de las relaciones entre conjuntos (los hiperónimos de los lingüistas) y subconjuntos (los hipónimos de los lingüistas), sin preguntarse qué datos descriptivos permitían fundar las clasificaciones de su propia teoría.

Los textos que siguen provienen de mi Lexicología española: semántica sincrónica, Capítulo VII, Operaciones sistemáticas verticales, Relaciones inclusivas o de jerarquía de niveles léxicos, § 1. La integración ontológica: meronimia y holonimia, Diffusion Universitaire Ciaco, LLN, 1990.

Habiendo sido el introductor de estos neologismos, deploro que algunos colegas lingüistas sigan todavía confundiendo los merónimos con los hipónimos y los holónimos con los hiperónimos.

La confusión consiste en no ver la diferencia entre los trozos entitativamente fraccionarios de una entidad, descubiertos por su descripción anatómica (los trozos de una mandarina (2) de la segunda foto, o los trozos de dos naranjas (1) de la primera) y los elementos entitativamente completos de un conjunto homogéneo de entidades (las seis naranjas completas visibles en la primera foto, o las cinco mandarinas de la segunda). Creo que los textos que siguen ayudarán a ver la diferencia.

1. La integración ontológica: meronimia y holonimia

La parte llamada rueda en una bicicleta no es una especie de “bicicleta”, sino una parte integrante de la totalidad ontológica llamada “bicicleta”; la “bicicleta" no es un conjunto de "ruedas”, sino que comporta “ruedas” como partes integrantes. Al emplear la “meronimia”, del griego méros -onymía 'denominación partitiva', insistimos sobre el carácter partitivo de algo con respecto al todo en que se integra. Al emplear la “holonimia”, del griego holo- -onymía 'denominación totalizadora', insistimos sobre el carácter total de algo con respecto a las partes que este todo integra. Cuando se considera la jerarquía de las partes y de las totalidades ontológicas, esto se hace desde el punto de vista estrictamente relativo de su estatuto asociativo. Los griegos se plantearon ya el problema de saber si entre las diferentes partes integrantes de una totalidad ontológica no había que darle una importancia particular a la parte o a las partes esenciales de la dicha totalidad. Este problema, que no es despreciable, está en relación con la distinción entre la substancia y los accidentes. En teoría de la asociación, se considera que la mayor totalidad que pueden formar las partes del mundo es el mundo mismo. Ya los griegos se interesaron por las partes más pequeñas de este mismo mundo, lo cual hizo que la palabra átomo formara parte de su vocabulario.

1.1. Nombres merónimos y holónimos

Llamamos “merónimo”, del griego: méros -ónymos: “nombre de la parte”, al nombre substantivo que designa una parte integrante de una unidad ontológica, unidad que es designada con respecto a las partes que la integran mediante un nombre substantivo “holónimo”, del griego holo- -ónymos: “nombre del todo”. El lexema dedo es merónimo del lexema mano; el lexema mano es merónimo del lexema brazo; el lexema brazo es merónimo del lexema cuerpo (humano). Inversamente, el lexema cuerpo (humano) es holónimo del lexema brazo; el lexema brazo es holónimo del lexema mano ; el lexema mano es holónimo del lexema dedo.

Las operaciones de meronimia y de holonimia son correlativas, en el sentido de que la operación de meronimia, del griego méros -onymía: “nombramiento de la parte”, es la conversa de la operación de holonimia, del griego holo- -onymía: “nombramiento del todo”. Ambas operaciones son tan importantes en el sistema de la lengua como las operaciones de hiponimia y de hiperonimia. Si estas dos últimas operaciones nos permiten clasificar, las dos primeras nos permiten describir; ahora bien, sin descripción no hay clasificación posible, puesto que toda clasificación se hace sobre datos descriptivos.

Esta prioridad epistemológica de las operaciones de meronimia y holonimia sobre las operaciones de hiponimia e hiperonimia aparece claramente en la práctica lingüística de las ciencias de la naturaleza. En efecto, ninguna de estas ciencias se permite elaborar sistemas sin presentar previamente la descripción minuciosa de las substancias de su estudio. Sabemos que esta actitud ha llevado a la física hasta los últimos confines de la división de la materia con las descripciones inframoleculares e infraatómicas de la materia y a la medicina y a la biología hasta los últimos confines de la división de la materia orgánica, con las descripciones anatómicas de más en más finas y con las descripciones intramoleculares e intracelulares. Un tratado de cualquiera de estas disciplinas descriptivas es desde el punto de vista lingüístico un estudio meronímico y holonímico que, por estar al servicio de un mejor conocimiento de la naturaleza por el hombre, el lexicógrafo considera como una instancia esencial de la neología de su lengua.

* * *

(1) naranja.
(Del ár. hisp. naranǧa, este del ár. nāranǧ, este del persa nārang, y este del sánscr. nāraṅga).
1. f. Fruto del naranjo, de forma globosa, de seis a ocho centímetros de diámetro, corteza rugosa, de color entre rojo y amarillo, como el de la pulpa, que está dividida en gajos, y es comestible, jugosa y de sabor agridulce. DRAE

(2) naranja mandarina, o naranja tangerina.
1. f. Variedad que se distingue en ser pequeña, aplastada, de cáscara muy fácil de separar y pulpa muy dulce. DRAE

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Comentarios
  • Comentario por margarita diaz 10.10.10 | 23:12

    Con el premio Nobel de medicina, la iglesia católica ha decidido que ese premio está mal asignado. El inventor de la técnica in vitro para la fecundación humana ha conseguido que nazcan en el mundo más de 4 millones de niños sanos. Pero la iglesia se preocupa más de los niños vivos que de los embriones que pueden morir. ¿Qué habría que hacer con esos niños que han nacido sin en beneplácito de la iglesia? ¿Ignorarlos? ¿excomulgarlos? ¿olvidarlos?
    Y también ¿qué habría que hacer con los doctores de la iglesia que han decidido que ese premio Nobel está mal asignado? ¿Cómo entenderlo sin indignarse?

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