Amistad Europea Universitaria

Gabriel y Mario, dos amigos

27.03.07 | 16:45. Archivado en Las Américas, Poética, Novela

Con ocasión del homenaje a Gabriel García Márquez, por su ochenta cumpleaños y por el cuarenta aniversario de Cien años de soledad, Antonio Muñoz Molina presentó la literatura como motor de la unidad hispanoamericana, en contraste con la economía como seña de fraternidad europea. Tanto el paralelismo como el contraste dan mucho que pensar, porque en los dos extremos de la explosiva comparación nos encontramos nosotros, los españoles:

«nos sobran palabras y nos faltan hechos. Celebramos con euforia estadística los millones de hablantes, pero el porvenir del español no puede estar en la demografía sino en el progreso, en la justicia social y en la educación, que mejorarán la vida y por lo tanto las capacidades expresivas de quienes lo hablan. El enemigo del español no es el inglés, sino la pobreza; lo que amenaza la literatura y los libros es la ignorancia y el abandono de la educación, no internet. Necesitamos bibliotecas, pero también tejidos editoriales para establecer un mercado común de los libros. Y que ni la tiranía ni la violencia amenacen la libertad de expresión».

Me ha parecido que la mejor manera de participar en el homenaje que se rinde a Gabo García Márquez, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, que arrancó ayer en el Centro de Convenciones Getsemaní de Cartagena de Indias, es recordar un fragmento de su biografía, escrita por el periodista colombiano Dasso Saldívar El viaje a la semilla , Alfaguara, Madrid, 1997, págs. 460-64. He elegido el pasaje que explica su amistad con Mario Vargas Llosa, porque a mi modo de ver la fidelidad en amistad, siendo una gran virtud humana, es al mismo tiempo una de las claves que explican la vida de Gabo. Ya lo hice notar cuando hace algún tiempo me ocupé de su relación con Fidel Castro, en una serie de artículos que publiqué bajo el título: Gabo, amigo fiel de Fidel.

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Gabriel y Mario, dos amigos

Imagen: En parranda setentera. En Barcelona, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabriel García Márquez con sus respectivas esposas (de izq. a der.): Patricia Vargas Llosa, Mercedes García Márquez y María Pilar Donoso. FOTO: Archivo Max Silva Tuesta.

Mientras Mercedes viajaba con Rodrigo y Gonzalo [esposa e hijos de García Márquez] a Barranquilla y Cartagena a finales de julio, García Márquez apuraba los últimos días de este primer periodo mexicano en un apartamento de la Plaza Washington, propiedad de Luis Vicens (pues la casa de San Ángel Inn la habían entregado a mediados de mes), para partir el 1 de agosto hacia Caracas, donde asistió al XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana y a la entrega del Premio Rómulo Gallegos. Pero, antes que esta doble fiesta de las letras, lo que le interesaba era reencontrarse con sus viejos amigos y conocer personalmente a Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que acababa de ser galardonado con la primera entrega del Rómulo Gallegos por su novela La Casa Verde.

Como recordaría éste, los dos se conocieron en el aeropuerto de Maiquetía la misma noche de su llegada, ya que los aviones de Londres y México aterrizaron casi al mismo tiempo, y estuvieron junstos los primeros quince días de agosto entre Caracas (que acababa de padecer un trágico terremoto), Mérida y Bogotá, volviéndose a encontrar en Lima los primeros días de septiembre.

Aunque ésta era la primera vez que se veían las caras, previamente habían mantenido una larga y bien cultivada amistad epistolar, que los había llevado incluso a contemplar el proyecto de escribir algún día una novela a cuatro manos sobre la guerra tragicómica que habían padecido sus países en los años treinta. Por supuesro, los dos se habían leído con esmero, y la admiracidn mutua era el acento que presidía sus largas epístolas entre París, Londres y México. Viejos adictos de la novela de caballerías, para el colombiano, Vargas llosa era "el último caballero andante de la literatura", mientras que para el peruano, García Márquez era «el Amadís de América». Éste había trasvasado el carácter de algún personaje de La Casa Verde a otro de Cien años de soledad (como lo había hecho con otros personajes de Fuentes, Cortázar y Carpentier), y Vargas Llosa acababa de escribir un artículo de exaltación y rendido homenaje a las excelencias de esta novela «un libro admirable» que le hubiera gustado escribir a él, como lo confesaría después, porque es una novela donde su autor "manda a paseo cuatro siglos de pudor narrativo", compite "con la realidad de igual a igual" y hace de «la narración un objeto verbal que refleja el mundo tal como es: múltiple y oceánico».

Esta admiración mutua tenía su origen no sólo en el hecho evidente de ser ambos dos grandes de la novela latinoamericana, sino tal vez en el hecho mágico del soterrado paralelismo de sus vidas, un paralelismo que parece sacado de las páginas del divino Plutarco. Ambos habían sido criados por sus abuelos maternos con todas las complacencias y habían sido dos niños mimados y caprichosos que perdieron el paraíso de su infancia a los diez años; ambos conocieron tarde a sus padres y su relación con ellos sería una relación de desencuentro, entre otras razones, porque éstos expresaron su reserva o su oposición a la vocación de sus hijos; ambos estudiaron en colegios religiosos y cursaron el bachillerato como internos en centros de régimen monacal o castrense, abrazando la literatura como refugio y como afirmación de su identidad frente a un ambiente que les es hostil o repugnante; ambos encontraron en el teatro y la poesía los pilares iniciales de su formación literaria y escribieron versos en su adolescencia y publicaron su primer cuento casi a la misma edad; ambos leyeron con fervor a Alejandro Dumas y a Tolstoi, a Rubén Darío y a Faulkner, a Borges y a Neruda; ambos empezaron a ganarse la vida en periódicos de provincia en condiciones muy precarias y llegaron muy jóvenes a Europa atraídos por el mito literario de París, donde siguieron viviendo del periodismo, padeciendo en la Ciudad Luz los días tal vez más oscuros de sus vidas; ambos pudieron seguir escribiendo sus libros gracias a las buhardillas que los mismos esposos M. y Mme. Lacroix les fiaron durante meses en dos hoteles del Barrio Latino y ambos vieron rechazadas sus primeras novelas por editoriales de la misma ciudad de Buenos Aires; de orientación marxista, los dos eludieron siempre la militancia política en partidos de izquierda y eran defensores confesos de la revolución cubana; ambos serían amigos y delfines del gran poeta de las Américas, Pablo Neruda, y terminarían siendo los «hijos» predilectos de la misma Mamá Grande, Carmen Balcells; y, como punto de convergencia, los dos llegarían a ser las estrellas más rutilantes del firmamento de la nueva novela latinoamericana, del impropia y tópicamente llamado Boom.

Pero eran dos hombres y dos escritores muy distintos y hasta opuestos en muchas cosas, desde el talante personal al carácter de sus obras, exceptuando el fervor por la amistad, la disciplina del trabajo y el compromiso irreductible y excluyente con la literatura. Sin embargo, hasta que las contingencias de la vida, la amistad y la política los separó, colocándolos en caminos diferentes e incluso opuestos, los dos harían honor al soterrado paralelismo de sus vidas cultivando una amistad intensa y extensa como pocas veces se había visto en la historia de las letras latinoamericanas. Así que no parece meramente fortuito que las dos primeras entregas del Premio Rómulo Gallegos, el más prestigioso entonces de la lengua castellana, recayera en las mejores novelas de estos autores: La Casa Verde y Cien años de soledad, y que los discursos y las actitudes politicas asumidos por ambos durante la entrega de aquéllos constituyeran dos de los mayores escándalos político-literarios de América Latina de los años sesenta y setenta.

En su discurso del 4 de agosto, Vargas Llosa dio una lección magistral sobre las verdaderas razones que mueven y alimentan al escritor y sobre la condición artística y los cometidos éticos de la novela. Advirtió que "la literatura es fuego" porque significa "inconformismo y rebelión", que "la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica". Pero cuando pasó del fuego literario al fuego real, al revolucionario que habría de acabar con el oprobio, la tiranía y la injusticia en América Latina, como, según él, había ocurrido en Cuba hacía ocho años, aquello fue Troya en plena Caracas, en "la infeliz Caracas". Es posible que hasta su flamante amigo y colega colombiano se revolviera en su asiento mientras lo escuchaba, no porque no fuera de la misma convicción, que, por supuesto, lo era y lo seguiría siendo cuando Vargas Llosa defeccionara del campo socialista, sino porque García Márquez llevaba guardando un prudente silencio público sobre la revolución cubana desde que él y sus amigos habían sido defenestrados (o autodefenestrados) de Prensa Latina en 1961. Sin embargo, y a pesar de que la llevaría siempre atragantada como una mala espina, ésta no era la razón mayor de su silencio, sino el hecho de que el escritor veía entonces con profundo desagrado el creciente proceso de enajenación soviética de la revolución cubana. Como vimos, él había viajado durante varios meses a la URSS y sus países satélites del Este Europeo, había conocido in situ el desastre macondiano que se cernía sobre estos países y había escrito unos excelentes reportajes visionarios que la historia terminaría por corroborar treinta años después. También había militado dos años en Prensa Latina: en Bogotá, La Habana y Nueva York, llegando a conocer las palpitaciones más íntimas de la revolución cubana y sus dirigentes. De modo que su silencio no sólo era el del reposo del guerrero, sino el de un hombre que conocía de primera mano el rumbo desviacionista de una revolución a la que, como Masetti, Rodolfo Walsh y tantos intelectuales latinoamericanos, se había entregado sin reservas. Vargas Llosa, igualmente entregado, pero más joven, fogoso y con menos información directa sobre la entelequia del "socialismo real", se daba el lujo, en cambio, de lanzar soflamas revolucionarias que les pusieron los pelos de punta a las mismas burguesías y oligarquías que ahora, en presencia del propio Rómulo Gallegos, lo adulaban y premiaban en el Salón Abierto del Museo de Bellas Artes de Caracas. El colombiano y el peruano eran, pues, dos escritores, dos intelectuales, tan distintos, que incluso eran diferentes en la afinidad (luego, como se sabe, Vargas Llosa haría de Fidel Castro la gran bestia negra a combatir, mientras García Márquez se convertía en un adolescente revolucionario de una lealtad sin término hacia el dirigente cubano), y esta identidad de lo antitético, junto al paradójico paralelismo de sus vidas, es lo que, entre otras cosas, le iba a conferir una intensidad insospechada a su amistad.

Sonriente, cordial y solícito, Vargas Llosa tenía entre confundido y seducido al público caraqueño con su estampa y su manera de vestir a lo Hollywood y sus intervenciones brillantes y sesudas. Huraño, tímido y fastidiado por el escándalo de su popularidad reciente, García Márquez, con sus pelos hirsutos y sus camisas policromadas de caribe, se negaba a dar la imagen "seria", académica, que todos esperaban del creador de Macondo. Era una estrella emergente, muy feliz con su suerte literaria, pero empezaba a sentirse incómodo con los reflectores de la fama: en una fiesta que le hicieron sus viejos amigos de Caracas había hecho colocar un letrero que decía: "Prohibido hablar de Cien años de soledad". Por eso cuando hablaba lo hacía casi siempre para divertirse a sus anchas "mamando gallo", pues, como recordaría Vargas Llosa, "a los periodistas les confesaba, con la cara de palo de su tía Petra, que sus novelas las escribía su mujer pero que él las firmaba porque eran muy malas y Mercedes no quería cargar con la responsabilidad; interrogado en la televisión sobre si Rómulo Gallegos era un gran novelista, medita y responde: "En Canaima hay una descripción de un gallo que está muy bien"..."

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