Aeterna Christi Munera

Habla la boca del justo

12.07.18 | 07:15. Archivado en Romanticismo

¡Feliz jueves! A veces conocemos a un compositor por alguna faceta o estilo de componer que lo clasifica tanto que casi no se le conoce por otra. Si digo Samuel Barber seguro que te viene a la mente el famoso adagio, como a Albinoni (quien por cierto no compuso lo que de forma más habitual se le atribuye). Johann Pachelbel parece que solo escribió su famoso canon, y así otros muchos. Pues el maestro de hoy destaca por sus imponentes sinfonías que son tan grandes que lo eclipsan todo.

No es la primera vez que me refiero así a Anton Bruckner (1824-1896), compositor austríaco nacido en Ansfelden. Estudió en el monasterio benedictino de san Florián y allí se convirtió en su organista en 1851. Tenía cuarenta años y seguía estudiando. En 1861 pudo conocer a Liszt y este le mostró su entusiasmo por la innovación armónica. En 1868 era profesor del conservatorio de Viena y por entonces estaba concentrado componiendo sus grandes sinfonías, que no fueron muy bien recibidas. Tuvo importantes valedores como Artur Nikisch y Franz Schalk, que continuamente llevaban las obras de Bruckner al gran público. Su producción no se redujo a las sinfonías ya que también escribió misas, motetes y otras obras sacras en las que Bruckner muestra un lenguaje más conservador que en esas grandes catedrales que son sus obras sinfónicas. Como organista tenía una gran reputación y llegó incluso a dar recitales en Inglaterra pero no compuso obras importantes para el instrumento. Tenía una morbosa afición por los cuerpos muertos, hasta el punto que incluso acunó la cabeza de Beethoven cuando los restos de este fueron exhumados. En este sentido, dejó claras instrucciones de cómo debía ser embalsamado.

Te ofrezco uno de sus pequeños motetes, titulado Os justi, WAB 30, compuesto para coro a ocho voces y con texto de los versículos 30 y 31 del salmo 36. Bruckner la compuso en 1879, justo cuando estaba componiendo su sexta sinfonía. Estaba dedicado al organista de la abadía de san Florián, Ignaz Traumihler y el compositor la escribió: «Me complacería que le gustase esta pieza. Está completamente escrita sin sostenidos o bemoles y sin acorde de séptima, y sin ningún acorde 6-4, así como sin ninguna combinación de cuatro o cinco voces simultáneas». Parece muy restrictivo pero aun así el compositor consigue componer una obra llena de emoción y efecto, insuflando un bello espíritu romántico en una escritura arcaica que termina de forma iluminadora con un aleluya paradisíaco.

La partitura de la composición puede conseguirla aquí.

La interpretación es del Monteverdi Choir dirigido por John Eliot Gardiner.


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