Aeterna Christi Munera

Bach, laberinto BWV 591

22.04.18 | 06:13. Archivado en Barroco

¡Feliz domingo! Curioso título ¿verdad? Seguro que nunca has escuchado esta obra. Nos solemos quedar maravillados con las grandes composiciones organísticas del maestro que muchas veces no reparamos en otras. Pues las hay, y muy buenas. La de hoy puede que no pase por algo testimonial e incluso anecdótica pero demuestra una vez más la capacidad de Bach para componer grandes arquitecturas y pequeñas obritas en las que también está concentrado su arte.

Vamos a pasar un domingo más en compañía de Johann Sebastian Bach (1685-1750), compositor alemán nacido en Eisenach. La humildad y modestia de Bach eran algo casi mítico. Nunca persiguió fama ni fortuna, a pesar de que a menudo protestaba porque se le pagaba poco por su trabajo. Cuando sus alumnos se admiraban por su forma de tocar y por lo inimitable que era les decía: «Solo tienes que practicar con diligencia y todo irá bien. Tienes cinco dedos en cada mano, que son tan saludables como los míos». Y su famosa cita cuando alguien alabó su forma de tocar el órgano: «No hay nada maravilloso. Solo tienes que pulsar las notas apropiadas en el momento adecuado y el instrumento hará el resto». Quizá no sea esta una enseñanza para los organista o los intérpretes que quieran hacer carrera, no... Es una enseñanza para todas nuestras vidas. En este mundo tan competitivo, de tantos trepas y falsos esfuerzos, Bach nos da la lección de que tenemos que afrontar la vida con humildad, con constancia y con esfuerzo de verdad.

Una obra curiosa «suya» es Kleines harmonisches Labyrinth, en Do Mayor, BWV 591. He puesto comillas porque parece ser que cada vez hay más dudas de su autoría, pero ahí sigue en el catálogo. Suele afirmarse que fue compuesta por Johann David Heinichen (1683-1729), contemporáneo de Bach y poco a poco recuperado. Al final de la pieza aparece el nombre BACH en notación alemana, lo cual pudo causar su atribución. La pieza está dividida en tres secciones: Introitus, Centrum y Exitus, y se abre de una forma espectacular e íntima, llena de trinos. Poco a poco, ese ambiente casi mágico evoluciona hacia otro más alegre, casi en forma de himno solemne. El «centrum» es más vivo y lleno de un contrapunto más claro. La sección final tiene la extensión de la mitad de la obra y nos recuerda al inicio por su ambiente. En final, sin embargo, es triunfante y tiene una sonoridad plena y potente. Una delicia, sea o no de Bach.

La partitura de la composición puedes conseguirla aquí.

La interpretación es de Ton Koopman al órgano.


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