Aeterna Christi Munera

Mi amado habló

20.02.18 | 05:54. Archivado en Barroco

¡Feliz martes! Hoy vamos a disfrutar de una música impresionante que salió de la mano de un maestro no menos soberbio por su calidad. Cuando dirigimos nuestra menta a la música de la época barroca nos viene siempre tres nombres a la mente: Bach, Handel y Vivaldi. Pero en las Islas Británicas también trabajó otro cuya música es imprescindible y de una profundidad fuera de lo normal. Cuando veas a quién me refiero seguro que comprobarás que entre tu lista de los grandes ocupa un lugar destacado.

Se trata de Henry Purcell (1659-1695), compositor británico nacido en Londres. Era conocido como el «Orpheus Britannicus» debido a su asombrosa capacidad para combinar el contrapunto con el dramatismo más expresivo. Su producción musical es importante pero más la vocal, tanto religiosa como profana. Su padre, también Henry, era maestro de coro de la Abadía de Westminster por lo que la música estaba presente en su día a día. En 1668 entró a formar parte de la Capilla Real donde estudió con Henry Cooke y Christopher Gibbons; probablemente también lo hizo con John Blow y Matthew Locke. En 1677 ya trabajaba para la corte británica en algunos años más tarde obtuvo el prestigioso puesto de organista real. Su vida como compositor siempre fue muy ocupada y, en los pocos años que vivió, compuso una maravillosa cantidad de obras. En su producción solo encontraremos una ópera, «Dido y Eneas», que, sin embargo, lo eleva al olimpo musical. Compuso mucha música para la escena, como la del «Rey Arturo» de John Dryden.

Hoy te traigo su anthem My beloved spake, Z. 28, obra muy original con texto del Cantar de los Cantares. Casi con toda seguridad fue escrito antes de 1678 por lo que es una de sus composiciones más antiguas que se conservan; el casi adolescente Purcell hace gala de una madurez impresionante ya que la obra es fresca, con una escritura gloriosa y una armonía no menos luminosa. Comienza con una sinfonía de lo más original para pasar a un cuarteto vocal con un lirismo delicioso. El invierno, con sus acordes disonantes, da paso a la primavera y sus flores llena de color. La armonía y el conjunto general es una obra casi perfecta de forma que Purcell consigue con ella una composición memorable, de las grandes de su época. Una aleluya final, glorioso final, conduce a un coro que nos llena el espíritu de una música maravillosa.

La interpretación es de Julian Podger y Charles Daniels (tenores), Charles Pott y Peter Harvey (bajos) junto con el Gabrieli Consort dirigidos por Paul McMreesh.


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