Aeterna Christi Munera

Misa española para un día español

12.10.17 | 05:49. Archivado en Renacimiento

¡Feliz jueves! Y feliz día del Pilar, fiesta nacional. Antes de nada, me gustaría felicitarse si te llamas Pilar; espero que pases un bonito día de tu santo. Hoy es día nacional y mariano a la vez, por eso voy a traerte música de un gran compositor español para aunar un poco ambas ideas. De vez en cuando me gusta recurrir a su siempre magistral obra para pasar un rato verdaderamente delicioso en su compañía. Hoy, además, te traigo una obra más amplia para que la disfrutes con más tranquilidad.

Ese viejo acompañante es Tomás Luis de Victoria (1548-1611), compositor español nacido en Ávila. No solamente nos legó mucha menos cantidad de música que Palestrina o Lassus sino que se limitó a componer en latín. Solía reimprimir sus propias obras varias veces, de ahí que aparezcan en diversas colecciones. Es más, también al contrario que Palestrina, Victoria tuvo bastante éxito a la hora de publicar. Su fama una vez fallecido se debía a algunos motetes y a su famoso «Officium defunctorum», compuesto para la emperatriz María. En algunas composiciones del maestro hallamos cimas que casi no se encuentran en otros compositores coetáneos. La música de Victoria era conocida por toda Europa y también en América. Él y sus agentes enviaron las composiciones a Graz, Urbino y Bogotá y solicitaban dinero para sufragar los costes de impresión.

Hoy vamos a dedicar nuestra atención a la Misa Salve Regina. Está compuesta para ocho voces distribuidas en dos coros de cuatro y fue publicada en 1592. Basó esta misa en la antífona del mismo nombre compuesta por él (de 1576). Esto era habitual en el abulense ya que, además de un extraordinario parodista, gustaba de hacerlo con sus propias composiciones. Escuchamos aquí una obras especialmente grandiosa y luminosa, con frecuentes cambios de ritmo. Una de las características de esta pieza es que Victoria incluyó una parte para órgano. En la pieza predominan los momentos homofónicos así como aquellos en los que los coros cantan de forma antifonal (digamos que respondiéndose uno a otro). En algunos momentos, Victoria hace cantar a solo uno de los coros, pero en otros elige voces de ambos para crear efectos tímbricos que pueden calificarse de grandiosos. Destaca, en este sentido, el «Crucifixus», a cuatro voces, las dos más agudas de cada coro.

La partitura de esta magistral obra puedes descargarla aquí.

La interpretación es del conjunto The Sixteen dirigido por Harry Christophers.


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