
Si algo define a los tertulianos de radio y televisión de hoy día es su pretensión –acaso obsesión– por aparentar seguridad en todo lo que dicen. Es como si existiera un código no escrito, el de prohibido dudar, que estos profesionales de los medios de comunicación deben hacer suyo si quieren mantener el tipo (y el puesto). El axioma podría ser: convéncete a ti mismo para luego poder convencer a los demás. El asunto tendría su lógica si estas personas se dedicaran a disertar únicamente sobre su especialidad. Ahora bien, ¿cuál sería esa especialidad? La respuesta es: todas. Castigados por el código antes citado, pobre de aquel tertuliano que no tenga siempre a mano respuestas adecuadas a temas como el conflicto entre israelíes y palestinos, la crisis económica, el cambio climático, el fracaso escolar, los bajos índices de lectura, la violencia doméstica o el hambre en países subdesarrollados. Afortunadamente ninguno desfallece: todos tienen respuesta para todo, faltaría más. Y si no vivimos en un paraíso, ay, es precisamente porque no prestamos la suficiente atención a estos sabios de la palabra. (Con los columnistas de prensa ocurre exactamente lo mismo).
Supongo que mi escepticismo es producto de mis complejos intelectuales. Y es que, al revés que estos ilustrados, cuanto más tiempo y esfuerzo dedico a informarme sobre el mundo que me ha tocado en suerte, menos respuestas tengo que ofrecer. Habrá de perdonar el lector que en la mayoría de las ocasiones mis escritos no vengan espoleados por la certeza sino por la duda, y que prefiera hacerme preguntas en voz alta a regalar respuestas magistrales.
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Yo diría que hay dos tipos de libros bien diferenciados. En un grupo están aquellos que guían al lector hacia territorios desconocidos, y en el otro, los que, al contrario, vienen a profundizar en temas que a este le resultan recurrentes porque han estado dando vueltas en su cabeza durante mucho tiempo. En mi caso, ejemplo de este segundo grupo sería El miedo a la libertad, de Erich Fromm, quizá el libro más imprescindible de cuantos he leído.
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Me llama la atención una de las fotografías que el diario El Mundo, en su edición en papel (página 12), publica hoy para ilustrar la visita de los Reyes a la ciudad de Ceuta. A decir verdad, lo que me llama la atención no es la fotografía en sí sino el pie elegido por el redactor (¿y no podría ser una redactora?) del periódico: "Dos mujeres observan la llegada de los Reyes". Para este redactor, en la fotografía, al parecer, solo hay dos personas, dos mujeres concretamente, y eso que cualquiera puede apreciar que también se ven: dos hombres, otra persona rubia que bien podría ser una mujer, y -aquí no hay duda- una mujer más mayor a la izquierda, junto a las dos guapas con gafas de sol.
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Hay que estar bien despierto para poder combatir los fantasmas, y yo tengo demasiados, de ahí que cada cierto tiempo me toque pasar la noche en vela luchando contra mi propia sombra. Hace un par de domingos reviví una de esas batallas. A punto estuve, como suelo hacer en estos casos, de encender el ordenador y escuchar por Internet desde la Web de Onda Cero (no hay otra forma de escuchar esta emisora en Cáceres) mi programa radiofónico de cabecera: La Rosa de los Vientos. No lo hice. Al final decidí enfrascarme en la lectura de una novela de Albert Cohen, que tampoco era mala opción. En cualquier caso, no hubiera podido escuchar el programa: su director, Juan Antonio Cebrián, había muerto el día anterior de un infarto al corazón. Tenía 41 años.
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Siguiendo el ruido de los tambores de la crítica especializada he pasado estos días por la taquilla del cine para ver las cinco candidatas al Oscar a la Mejor Película. Haya sido lo mío un acto de reconciliación con la industria cinematográfica de Hollywood o sólo una cuestión de fe, confieso que el resultado ha sido muy positivo. Este año podemos hablar de algo más interesante que los atuendos de los famosos mientras levitan sonrientes sobre la alfombra roja en su camino hacia el Olimpo; este año, parece mentira, podemos hablar de un cine que, parafraseando a Raymond Carver, transmite un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del espectador.
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El ser humano viene haciéndose preguntas inquietantes desde los tiempos de Atapuerca. Nuestra felicidad proviene en gran medida de resolver esas preguntas y de plantear otras nuevas que nos mantengan ocupados de por vida.
El escritor judío Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986, superviviente de los campos de concentración nazis, se preguntaba una y otra vez por qué el ejército aliado no tuvo la sana ocurrencia de bombardear las vías de tren que conducían a Auschwitz.
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Desde que publico mis textamentos en la prensa, más de uno me ha tachado de periodista. Nada más lejos de la realidad. En esta noble e intrépida profesión es necesario tratar la información con objetividad y veracidad, virtudes que me suenan a arameo. Lo mío es la ficción, donde puedo recurrir a la subjetividad y a la farsa –aunque a veces, a mi pesar, acabe compartiendo con el lector verdades como puños.
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