
A la hora de transmitir las virtudes del microrrelato es una constante inevitable mencionar su brevedad (y por ende lo poco que se tarda en leer estas piezas de literatura concentrada). Abundando en esa línea, los amigos del género suelen defenderlo apelando a que, gracias a esa brevedad, podemos leer microrrelatos en la prensa o en la revista cultural de turno mientras desayunamos, durante el viaje en metro de camino al trabajo, en la pantalla de ordenador –tan incómoda cuando los textos son largos– o incluso en la del teléfono móvil.
Para contrastar mis opiniones con las de otros amantes de estas minificciones, he buscado información en Internet y he encontrado en Youtube vídeos, digámoslo así, promocionales donde escritores, editores, y agentes culturales se esfuerzan en dinamizar este triste gato hambriento de la literatura que es el microrrelato. En uno de esos vídeos, la presentadora de un programa de televisión sobre literatura arranca su intervención explicando que le gustan los microrrelatos porque se “pueden picar aquí y allá”. Un editor, conocido precisamente por su apuesta empresarial por el microrrelato, dice en otro vídeo que es un género que está muy bien para leer seis o siete piezas seguidas, aunque a partir de esa cifra pueden llegar a aburrir.

Hemos escuchado muchas veces la teoría de que el microrrelato es un género muy socorrido porque permite leer textos autónomos con los que matar los ratos muertos (algo que, cabe suponer, no ocurre con una novela o un ensayo). La imagen viene a ser algo así como una enciclopedia de creación narrativa que está disponible para ser consultada en cualquier momento.
Todo esto y mucho más se ha dicho, se dice al respecto.
Es de agradecer el esfuerzo de estas personas por divulgar este género. Pero que me perdonen por dedicar las próximas líneas para quejarme de lo mal que lo hacen.
Si aceptamos que un microrrelato es mucho más de lo que puede leerse en él (invocamos la famosa teoría del iceberg de Hemingway, aplicada al cuento, de que nueve de diez partes del texto permanecen ocultas), habremos de aceptar que algo similar ocurre con la publicidad –negativa a mi juicio– que se está haciendo: es más lo que no se dice que lo que se dice. Y es que cuando alguien afirma que es un género estimable porque permite picar aquí y allá o porque permite una lectura mientras mojamos los churros en el café, lo que está haciendo es –sin pretenderlo– comparar su lectura, tan permisiva, tan poco comprometida, tan fugaz, con la no-lectura.
Cuando un editor piensa en voz alta que leer más de seis microrrelatos puede llegar a aburrir, lo que está haciendo es enviar el mensaje subliminal de que se trata de un género que, como el vino, más allá de pequeñas dosis resulta desaconsejable. ¿Cuánto tardaríamos en leer esos seis textos? ¿Diez, quince, veinte minutos? ¿Merece la pena entregarse con cierta exigencia –a nivel autor o lector– a un género que aburre a partir del cuarto de hora? ¿Es que no ocurre con estos escritos como con las novelas, que, al decir de sus incondicionales, “enganchan”?
Pido perdón nuevamente, pero para mí estas personas lo que hacen es desprestigiar el género: invitan a pensar que la brevedad antes citada es uno de sus valores no porque contenga altas dosis de literatura concentrada que pueden alegrarnos el día, sino porque después de breves momentos el cuentecillo (entiéndanse las cursivas) ya ha sido leído y podemos dedicarnos a “picar” en otros menesteres. El mensaje a la larga podría ser: “lean ustedes microrrelatos. Dura tan poco su lectura que es lo más parecido a no leer nada”.
¿Cómo se concilia esta invitación para lectores vagos con el aserto, tan difundido hoy día, de que el microrrelato, por sus características, requiere por lo general un lector inteligente y culto que opere en complicidad con el autor? ¿Qué pasa con ese lector inteligente después de esos seis, siete microrrelatos?, ¿se aburre de tanta literatura inteligente?

Como me interesa dejar clara mi postura, lo diré ya: el microrrelato debería convertirse en un género literario pujante en el siglo XXI no porque permita picar aquí y allá, sino a pesar de ello. Si de veras queremos promocionarlo como lo que es, un género tan digno como otro cualquiera –yo lo considero el hermano en prosa de la poesía–, habrá que desterrar esa mala publicidad que, lejos promocionarlo, lo está minando. Leer microrrelatos sueltos está bien para –como se ha dicho antes– matar los ratos muertos, para aprovechar las largas esperas en el ambulatorio o para picar (si no tenemos patatas fritas a mano), pero si queremos sintonizar con el género, empaparnos de su espíritu, recoger el testigo de sus enseñanzas, es necesario prestarle atención y tiempo en vez de tratarlo como si fuera un simple entremés literario. No solo por una cuestión de cortesía, sino también de rendimiento. Diré por qué. Aunque es cierto que un microrrelato ha de tener autonomía, es decir, encerrar un sentido ético y estético por sí solo, como si de una isla de palabras se tratara, no es menos cierto que la lectura de una pieza normalmente viene respaldada por las que las acompañan, antes y después. Valga el ejemplo: las minificciones intituladas de Max Aub recogidas en Crímenes ejemplares no podrían entenderse si las descontextualizamos. ¿Resulta gratificante leer “Lo maté porque era de Vinaroz”? Pues no. Ahora bien, si leemos el libro de Aub como se merece, es decir, de principio a fin, de la A a la Z, iremos captando el sentido de esa frase lapidaria y de otras sentencias como: “¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber que hacer? Es divertido”, o “Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite”.
En Crímenes ejemplares, Aub reúne las voces de personas innominadas que han cometido crímenes gratuitos. La explicación –injustificable– de esos crímenes por parte de sus autores ante un presunto juez constituye el armazón del libro, su razón de ser, su estilo. Como muy bien explica Fernando Valls en su ensayo Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, “Max Aub no sólo se interesa por el significado de la historia que relata y por la peculiar psicología de sus protagonistas. También desempeña un papel preponderante en su obra el estilo, el lenguaje, aun cuando ciertos crímenes estén escritos con la desgana propia de las confesiones de los asesinos. Así, en la obra que nos ocupa, se vale del énfasis, los dobles sentidos, las aliteraciones, las paradojas, los juegos de palabras, la analogía, el contraste, etc.”.
Este análisis de Valls es de lo más certero. Pero ¿puede apreciar algo de todo esto el lector que pica aquí y allá y lee, valga este otro ejemplo: “La hendí de abajo a arriba como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor”?
No, ese lector no entenderá nada y se marchará posiblemente a otras latitudes literarias donde encuentre mayor sentido a lo que lee. Precisamente por esto el famoso cuento de Augusto Monterroso, “El dinosaurio”, no me agrada demasiado. Siempre he tenido la sensación de que es una grúa levantada en el vacío, en medio de la nada, sin apoyos que le den cierto sentido, un apoyo que sí tienen los crímenes ejemplares antes citados.
(Ruego un poco más de tiempo al lector de este artículo, si acaso no está en el metro, en pleno desayuno o frente a la pantalla del ordenador. Ya estoy acabando).

No me resta más que invitar a una lectura consciente (para variar) no de microrrelatos sino de libros de microrrelatos, y si me dan a elegir, no recopilaciones de varios autores –demasiado eclecticismo– sino de un mismo autor. (Aunque, todo hay que decirlo, las recientes publicaciones La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico, con selección e introducción de David Lagmanovich, o Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka, en edición de Eduardo Berti, son indispensables para los amantes del género). Volviendo al libro de microrrelatos de un solo autor: en la mayoría de las ocasiones este concibe sus creaciones como islas, sí, pero islas dentro de un océano. Deléitese el lector con la disposición de los textos (decidir su orden da más de un quebradero de cabeza), la intencionalidad de los títulos, las –en ocasiones– referencias internas entre varios microrrelatos, las cadencias, el contraste entre prosas brevísimas y otras que no lo son tanto, la diversidad temática que parte de la misma pluma. Empápese el lector de un libro de microrrelatos como si fuera eso, un libro, y no un folleto publicitario con algo de ingenio añadido que recogemos del buzón de correos. Los microrrelatos se apoyan unos en otros, se autocompletan, respiran con los bronquios del que está al lado. Muchos de ellos, leídos aisladamente, pudieran parecernos huérfanos.
Conclusión: leer es siempre mejor que no-leer.
Lean libros de microrrelatos, insisto: no queman, no matan, tampoco aburren. Yo he terminado de leer hace unos días El juego del diábolo, de Juan Pedro Aparicio. Lo he leído entero de dos sentadas, sin serle infiel con otras obras literarias. Y antes leí Falsificaciones, de Marco Denevi. Y antes: El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Y antes: Cuentos de un minuto, de István Örkény. Y antes...
Los he leído con la predisposición de quien tiene en las manos una obra literaria y no una escueta multa de tráfico.
Y ya ven: aquí sigo, sano y salvo para contarlo.
Bibliografía citada
Max Aub, Crímenes ejemplares, Calambur, Madrid, 1996
Fernando Valls, Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, Páginas de Espuma, Madrid, 2008
David Lagmanovich, La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2005
Juan Pedro Aparicio, El juego del diábolo, Páginas de Espuma, Madrid, 2008
Marco Denevi, Falsificaciones, Thule, Barcelona, 2006
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Siglo XXI, Madrid, 2006
István Örkény, Cuentos de un minuto, Thule, Barcelona, 2006
Eduardo Berti (ed.), Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kaka, Páginas de Espuma, Madrid, 2008
Francisco Rodríguez Criado es escritor y profesor de talleres de escritura creativa.
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Resulta paradójico que en ocasiones las voces más críticas ante las nuevas expresiones artísticas procedan de quienes dicen defender la cultura.
Entraré en materia: el diario El País publicó el 25 de mayo de 2007 un artículo de Javier Marías titulado, en homenaje a Antonio Machado, “O que yo pueda asesinar un día en mi alma”, en el que el famoso escritor se quejaba de la sobreexplotación en diarios, revistas, canales de televisión, etcétera, de citas literarias, piezas musicales, fragmentos de diálogos de películas –aquí iría otro etcétera– harto populares con que el ciudadano es bombardeado una y otra vez en detrimento de guiños culturales menos manidos. Y para redondear su letanía de quejas dejaba una perla sobre el microrrelato en el primer párrafo de su texto, que reproduzco literalmente:
No digamos ya con los textos inanes que sin embargo hacen fortuna, como el ya insoportable cuentecillo del dinosaurio de Monterroso, que encima ha dado lugar a toda una corriente imitativa aún más insoportable, la de los llamados "microrrelatos" o algo así, con los que muchos escritores chistosos se sienten ufanos y cómodos.
Me consta que esta referencia despectiva hacia el género del microrrelato no ha calado bien en los escritores que lo cultivan, ya sean profesionales o aficionados, y tampoco en los críticos que dedican su tiempo y esfuerzo a reformular las coordenadas de esta joven modalidad de narrativa breve. Lo entiendo perfectamente: la colleja “escritores chistosos” unido al capón “se sienten ufanos y cómodos” escuece demasiado a estos cultores del microrrelato, que por motivos innecesarios de explicar aspiran a ser tenidos en mejor consideración.
Va siendo hora de confesar, yo mismo autor de microrrelatos, que el artículo de marras no ha conseguido molestarme, y si me apuran hasta percibo como positivo que un escritor de éxito como Marías se digne citar en un medio de gran difusión a ese pariente pobre de la literatura moderna que es el microrrelato, aunque sea para derrochar mala tinta contra él. (Qué remedio: al perro flaco todo se le vuelven pulgas). Y diré más en sintonía con Marías: soy de la opinión de que el microrrelato se está convirtiendo con demasiada frecuencia en una herramienta dañina en mano de “escritores chistosos” (yo incluso eliminaría la palabra “escritores”) sin más armas narrativas que el elemento humorístico y que, peor aún, escriben en contra de la tradición cuentística precisamente porque no han tenido a bien estudiarla.
¿Alguna otra confesión? Sí. He sido uno de esos –como muchos otros– que en alguna ocasión ha rescatado al todoterreno dinosaurio de Augusto Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) para rematar una corrida narrativa. En mi caso, lo hice más como homenaje a Monterroso, maestro indiscutible en las distancias cortas, que al citado cuento, en mi opinión sobrevalorado. Además, creo que adentrarse en el género del microrrelato por la puerta del dinosaurio es desaconsejable, porque incita a la confusión y puede defraudar a potenciales lectores.
Y hasta aquí mi empatía con el artículo de Javier Marías.
Llega pues la hora de las discrepancias. Y es que, aun coincidiendo en parte con lo que el escritor madrileño ha escrito sobre el microrrelato, me siento en la obligación de afearle lo que no ha escrito sobre él. Mucho me temo que tampoco estaba en disposición de hacerlo. Hablamos de un género casi de nuevo cuño (al menos en España) que, intuyo, es más o menos desconocido para Marías, quien además se atreve a despreciarlo desde el momento en que lo cita. Recordemos sus palabras: “el micorrelato, o algo así”. Es como si dijéramos que lo que escribe Marías son “novelas, o algo así”.
En fin, el articulista de El País podría haber escrito muchas cosas sobre el microrrelato. Por ejemplo: que, más allá del trillado dinosaurio, Monterroso es autor de numerosas piezas magistrales, brevísimas, merecedoras de un hueco de honor en los anales de la literatura del siglo XX. Podría haber escrito que hay microrrelatos donde la gracia no aparece (leer los de István Örkény sobre los campos de concentración: “In memoriam doctor K.H.G” y “Hogar”, por ejemplo); piezas de Eduardo Galeano sobre la pobreza y la soledad (“Nochebuena”); efusiones mito-eróticas de Marco Denevi (El jardín de las delicias); reescrituras históricas (Falsificaciones, también de Denevi); lecciones espirituales del rabino Nachman de Bratislava o de Khalil Gibran; prosas filosóficas de Eugenio D´Ors (Cuentos filosóficos); juegos surrealistas de Slavomir Mrozek; o los laberintos atigrados y meditativos de Borges. Y, sin salir de nuestro país, algo podría decirse sobre los sarcásticos crímenes ejemplares de Max Aub, la mirada desenfocada a la realidad de Quim Monzó, la indagación metaliteraria de José María Merino o los articuentos de Juan José Millás en los que el también columnista de El País funde periodismo (artículo) y narración (cuento) con objeto de desacralizar los fantasmas del día a día. Por no hablar de los microrrelatos de gran calidad y temática diversa que ahora mismo, mientras garabateo estas líneas, estarán escribiendo artistas de la pluma que trabajan desde el anonimato. Posiblemente alguno de ellos viva incluso en el mismo barrio que Marías.
(¿Habré de seguir despejando el terreno?).
En el microrrelato hay vida, mucha vida, más allá de su carácter risógeno, que lo tiene (por suerte). Los que asocian el microrrelato como subsidiario del humor –cuando no de su hermano bastardo el chiste–, tomando así el todo por la parte, son precisamente aquellos que desconocen las variantes de este género breve, sus matices, sus tonalidades, sus diversos objetivos, su razón de ser. En resumen: desconocen la grandeza de su pequeñez. Estos lectores, por desconocimiento, vienen a ser como esos turistas apasionados de lo cultural pero apáticos ante la verdadera cultura, esos que asocian al español con los toros y las sevillanas y nunca han leído a Galdós ni han analizado un cuadro de Goya, y ni ganas que tienen de hacerlo.
Si algo debemos echarle en cara a Javier Marías no es que arremetiera contra el género del microrrelato (el crecimiento de los géneros literarios, como el del ser humano, no se entendería sin ciertos reproches), sino que lo hiciera como uno de estos turistas, frívolos cazadores de souvenirs, que disparan sus cámaras fotográficas sin bajarse del autobús.
Pero no hagamos drama. Ningún género resulta herido –ni siquiera levemente– cuando quien trata de hacerlo, por muy ilustre que sea –o crea serlo–, dispara con balas de fogueo.
Francisco Rodríguez Criado es escritor y profesor de talleres de escritura creativa
Es columnista de El Periódico Extremadura, cada miércoles en la contraportada, y tiene alojado un blog en la versión digital de dicho diario: Blog Ciconia
Web: www.rodriguezcriado.com
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06.05.08 @ 20:00:53. Archivado en Cultura

Hubo una etapa de mi vida, la adolescencia, en la que me propuse ver cuantas películas de neorrealismo italiano cayeran en mis manos. Estoy hablando de unos años en los que la televisión de este sufrido país aún tenía el atrevimiento de emitir películas de calidad, de entre las cuales se colaba de vez en cuando alguna de este grupo de directores que habían centrado su interés en retratar las penurias de la sociedad italiana de la Segunda Guerra Mundial y de su posguerra. (Una segunda opción, más cara pero a la vez más efectiva, era alquilar esas películas en los videoclubs, hoy día en vías de extinción). Así fue como me aficioné al cine de Vittorio de Sica.
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24.04.08 @ 00:27:03. Archivado en Cultura
Tengo pendientes de hacer varias lecturas, todas ellas en Extremadura. Iré avisando con tiempo por si alguien quiere acudir a alguna de ellas.
La primera será el próximo viernes 25 de abril en el salón del Palacio de la Isla (Cáceres), a las 20:00 horas. En ella repasaré algunos textos de mis libros Sopa de pescado, Siete minutos, Textamentos, Un elefante en Harrods e Historias de Ciconia (novela que será publicada próximamente por De la Luna Libros).
Los asistentes que lo deseen podrán hacerse con un cuadernillo gratuito editado para la ocasión (20 páginas) con fragmentos de estos libros y algunas de mis columnas de EL PERIÓDICO de Extremadura, publicadas cada miércoles en la contraportada.
La presentación la hará Carmen Barrantes Vinagre, que es además la persona a quien hay que agradecerle la organización del acto.
http://www.telefonica.net/web2/rodriguezcriado/
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18.04.08 @ 11:45:54. Archivado en Cultura

El pasado miércoles hubiera agradecido la asistencia a un espectáculo jovial que me levantara el ánimo. Pero en vez de hacer lo recomendable, viajé hasta Madrid para llegar con la hora justa de ver en el teatro Fernán Gómez La señorita Julia, obra densa y desasosegante como pocas. No me arrepiento. La representación no me edulcoró la noche –más bien todo lo contrario–, pero me sirvió para contrastar una vez más la trágica grandeza de August Strindberg, a quien yo citaba semanas atrás como notorio exponente de escritor que combate la inestabilidad interior con el dardo de la palabra.
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Yo diría que hay dos tipos de libros bien diferenciados. En un grupo están aquellos que guían al lector hacia territorios desconocidos, y en el otro, los que, al contrario, vienen a profundizar en temas que a este le resultan recurrentes porque han estado dando vueltas en su cabeza durante mucho tiempo. En mi caso, ejemplo de este segundo grupo sería El miedo a la libertad, de Erich Fromm, quizá el libro más imprescindible de cuantos he leído.
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05.11.07 @ 23:06:16. Archivado en Artículos, Cultura

Nada nuevo bajo el sol si afirmo que hablar y escribir no son la misma cosa. Cierto que ambas actividades comparten cromosomas, pero aun así son manifiestas sus diferencias. Es por esto que sea tan difícil encontrar personas que destaquen como grandes escritores a la vez que grandes oradores. Recordemos, por ejemplo, que Sócrates no escribió una sola línea.
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Hay que estar bien despierto para poder combatir los fantasmas, y yo tengo demasiados, de ahí que cada cierto tiempo me toque pasar la noche en vela luchando contra mi propia sombra. Hace un par de domingos reviví una de esas batallas. A punto estuve, como suelo hacer en estos casos, de encender el ordenador y escuchar por Internet desde la Web de Onda Cero (no hay otra forma de escuchar esta emisora en Cáceres) mi programa radiofónico de cabecera: La Rosa de los Vientos. No lo hice. Al final decidí enfrascarme en la lectura de una novela de Albert Cohen, que tampoco era mala opción. En cualquier caso, no hubiera podido escuchar el programa: su director, Juan Antonio Cebrián, había muerto el día anterior de un infarto al corazón. Tenía 41 años.
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12.10.07 @ 11:12:42. Archivado en Cultura, Literatura

Rara es la ciudad que no conserva al menos una –la definición es mía– librería subterránea. Me refiero a aquellas en las que los libros se venden… si no hay más remedio. Pequeños locales marginales pobremente iluminados donde miles de libros nuevos y de segunda mano, desordenados en baldas desfondadas, respiran a duras penas bajo toneladas de polvo.
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02.09.07 @ 18:56:24. Archivado en Artículos, Cultura

La corrección política se ha instalado de tal manera en el mundo de las Letras que raro es el acto literario en que no se lancen afligidas críticas contra el mayor best-seller de los últimos tiempos: El código da Vinci. En sospechosa coincidencia con la Iglesia Católica, nuestros sesudos –y no tan sesudos– escritores siguen desaconsejando vivamente su lectura, pese a que la mayoría de ellos confiesa no haberlo leído. Fueron precisamente estos excesivos e inquisitoriales tambores de guerra los que me incitaron a leer el libro de marras hace un par de años. Y diré más: pasé un rato muy ameno con él. Sobre su calidad literaria, qué decir. Cierto que no es la joya de la corona, pero vaya en su favor que tampoco lo pretende.
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28.04.07 @ 16:14:52. Archivado en Artículos, Cultura

La literatura tiene estas cosas: un día siembras una semilla y otro día –a veces al cabo de los años– recoges una flor, previamente polinizada por las circunstancias. La penúltima de estas flores me llega de manos de la editorial Eclipsados, que a finales de 2006 publicó Tripulantes, proyecto literario pilotado por Vicente Muñoz Álvarez y David González. Fue este quien, en el marco de nuestra esporádica pero fiel correspondencia electrónica, me propuso –creo recordar que a principios de 2004– colaborar con un relato, algo a lo que, agradecido, me presté de buen agrado. Pasó el tiempo y no volví a tener ninguna noticia al respecto. Cuando ya pensaba que el asunto había naufragado, el propio David me avisó de que las galeradas estaban en imprenta.
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04.10.06 @ 13:52:34. Archivado en Artículos, Cultura

Unas amigas me han puesto al corriente de las malandanzas de un conocido que se marchó hace un año a Berlín a hacer las Américas pensando que vivir de la fotografía en aquellos parajes le iba a resultar un asunto sencillo. Pero sea porque Berlín no es América o porque conseguir vivir del arte es, al margen de geografías, una proeza (la oferta supera ampliamente a la demanda), este joven no ha hecho hasta la fecha otra cosa que reeditar la tarea que con tanta eficacia hacía en nuestro país: morirse de hambre.
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