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Cuando leer microrrelatos es lo más parecido a no leer

Permalink 06.02.09 @ 07:33:51. Archivado en Artículos, Cultura, Microrrelatos

A la hora de transmitir las virtudes del microrrelato es una constante inevitable mencionar su brevedad (y por ende lo poco que se tarda en leer estas piezas de literatura concentrada). Abundando en esa línea, los amigos del género suelen defenderlo apelando a que, gracias a esa brevedad, podemos leer microrrelatos en la prensa o en la revista cultural de turno mientras desayunamos, durante el viaje en metro de camino al trabajo, en la pantalla de ordenador –tan incómoda cuando los textos son largos– o incluso en la del teléfono móvil.
Para contrastar mis opiniones con las de otros amantes de estas minificciones, he buscado información en Internet y he encontrado en Youtube vídeos, digámoslo así, promocionales donde escritores, editores, y agentes culturales se esfuerzan en dinamizar este triste gato hambriento de la literatura que es el microrrelato. En uno de esos vídeos, la presentadora de un programa de televisión sobre literatura arranca su intervención explicando que le gustan los microrrelatos porque se “pueden picar aquí y allá”. Un editor, conocido precisamente por su apuesta empresarial por el microrrelato, dice en otro vídeo que es un género que está muy bien para leer seis o siete piezas seguidas, aunque a partir de esa cifra pueden llegar a aburrir.

falsificaciones

Hemos escuchado muchas veces la teoría de que el microrrelato es un género muy socorrido porque permite leer textos autónomos con los que matar los ratos muertos (algo que, cabe suponer, no ocurre con una novela o un ensayo). La imagen viene a ser algo así como una enciclopedia de creación narrativa que está disponible para ser consultada en cualquier momento.
Todo esto y mucho más se ha dicho, se dice al respecto.
Es de agradecer el esfuerzo de estas personas por divulgar este género. Pero que me perdonen por dedicar las próximas líneas para quejarme de lo mal que lo hacen.
Si aceptamos que un microrrelato es mucho más de lo que puede leerse en él (invocamos la famosa teoría del iceberg de Hemingway, aplicada al cuento, de que nueve de diez partes del texto permanecen ocultas), habremos de aceptar que algo similar ocurre con la publicidad –negativa a mi juicio– que se está haciendo: es más lo que no se dice que lo que se dice. Y es que cuando alguien afirma que es un género estimable porque permite picar aquí y allá o porque permite una lectura mientras mojamos los churros en el café, lo que está haciendo es –sin pretenderlo– comparar su lectura, tan permisiva, tan poco comprometida, tan fugaz, con la no-lectura.
Cuando un editor piensa en voz alta que leer más de seis microrrelatos puede llegar a aburrir, lo que está haciendo es enviar el mensaje subliminal de que se trata de un género que, como el vino, más allá de pequeñas dosis resulta desaconsejable. ¿Cuánto tardaríamos en leer esos seis textos? ¿Diez, quince, veinte minutos? ¿Merece la pena entregarse con cierta exigencia –a nivel autor o lector– a un género que aburre a partir del cuarto de hora? ¿Es que no ocurre con estos escritos como con las novelas, que, al decir de sus incondicionales, “enganchan”?
Pido perdón nuevamente, pero para mí estas personas lo que hacen es desprestigiar el género: invitan a pensar que la brevedad antes citada es uno de sus valores no porque contenga altas dosis de literatura concentrada que pueden alegrarnos el día, sino porque después de breves momentos el cuentecillo (entiéndanse las cursivas) ya ha sido leído y podemos dedicarnos a “picar” en otros menesteres. El mensaje a la larga podría ser: “lean ustedes microrrelatos. Dura tan poco su lectura que es lo más parecido a no leer nada”.
¿Cómo se concilia esta invitación para lectores vagos con el aserto, tan difundido hoy día, de que el microrrelato, por sus características, requiere por lo general un lector inteligente y culto que opere en complicidad con el autor? ¿Qué pasa con ese lector inteligente después de esos seis, siete microrrelatos?, ¿se aburre de tanta literatura inteligente?

juego-diabolo

Como me interesa dejar clara mi postura, lo diré ya: el microrrelato debería convertirse en un género literario pujante en el siglo XXI no porque permita picar aquí y allá, sino a pesar de ello. Si de veras queremos promocionarlo como lo que es, un género tan digno como otro cualquiera –yo lo considero el hermano en prosa de la poesía–, habrá que desterrar esa mala publicidad que, lejos promocionarlo, lo está minando. Leer microrrelatos sueltos está bien para –como se ha dicho antes– matar los ratos muertos, para aprovechar las largas esperas en el ambulatorio o para picar (si no tenemos patatas fritas a mano), pero si queremos sintonizar con el género, empaparnos de su espíritu, recoger el testigo de sus enseñanzas, es necesario prestarle atención y tiempo en vez de tratarlo como si fuera un simple entremés literario. No solo por una cuestión de cortesía, sino también de rendimiento. Diré por qué. Aunque es cierto que un microrrelato ha de tener autonomía, es decir, encerrar un sentido ético y estético por sí solo, como si de una isla de palabras se tratara, no es menos cierto que la lectura de una pieza normalmente viene respaldada por las que las acompañan, antes y después. Valga el ejemplo: las minificciones intituladas de Max Aub recogidas en Crímenes ejemplares no podrían entenderse si las descontextualizamos. ¿Resulta gratificante leer “Lo maté porque era de Vinaroz”? Pues no. Ahora bien, si leemos el libro de Aub como se merece, es decir, de principio a fin, de la A a la Z, iremos captando el sentido de esa frase lapidaria y de otras sentencias como: “¿Usted no ha matado nunca a nadie por aburrimiento, por no saber que hacer? Es divertido”, o “Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite”.
En Crímenes ejemplares, Aub reúne las voces de personas innominadas que han cometido crímenes gratuitos. La explicación –injustificable– de esos crímenes por parte de sus autores ante un presunto juez constituye el armazón del libro, su razón de ser, su estilo. Como muy bien explica Fernando Valls en su ensayo Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, “Max Aub no sólo se interesa por el significado de la historia que relata y por la peculiar psicología de sus protagonistas. También desempeña un papel preponderante en su obra el estilo, el lenguaje, aun cuando ciertos crímenes estén escritos con la desgana propia de las confesiones de los asesinos. Así, en la obra que nos ocupa, se vale del énfasis, los dobles sentidos, las aliteraciones, las paradojas, los juegos de palabras, la analogía, el contraste, etc.”.
Este análisis de Valls es de lo más certero. Pero ¿puede apreciar algo de todo esto el lector que pica aquí y allá y lee, valga este otro ejemplo: “La hendí de abajo a arriba como si fuese una res, porque miraba indiferente al techo mientras hacía el amor”?
No, ese lector no entenderá nada y se marchará posiblemente a otras latitudes literarias donde encuentre mayor sentido a lo que lee. Precisamente por esto el famoso cuento de Augusto Monterroso, “El dinosaurio”, no me agrada demasiado. Siempre he tenido la sensación de que es una grúa levantada en el vacío, en medio de la nada, sin apoyos que le den cierto sentido, un apoyo que sí tienen los crímenes ejemplares antes citados.
(Ruego un poco más de tiempo al lector de este artículo, si acaso no está en el metro, en pleno desayuno o frente a la pantalla del ordenador. Ya estoy acabando).

cuentos-minuto

No me resta más que invitar a una lectura consciente (para variar) no de microrrelatos sino de libros de microrrelatos, y si me dan a elegir, no recopilaciones de varios autores –demasiado eclecticismo– sino de un mismo autor. (Aunque, todo hay que decirlo, las recientes publicaciones La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico, con selección e introducción de David Lagmanovich, o Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka, en edición de Eduardo Berti, son indispensables para los amantes del género). Volviendo al libro de microrrelatos de un solo autor: en la mayoría de las ocasiones este concibe sus creaciones como islas, sí, pero islas dentro de un océano. Deléitese el lector con la disposición de los textos (decidir su orden da más de un quebradero de cabeza), la intencionalidad de los títulos, las –en ocasiones– referencias internas entre varios microrrelatos, las cadencias, el contraste entre prosas brevísimas y otras que no lo son tanto, la diversidad temática que parte de la misma pluma. Empápese el lector de un libro de microrrelatos como si fuera eso, un libro, y no un folleto publicitario con algo de ingenio añadido que recogemos del buzón de correos. Los microrrelatos se apoyan unos en otros, se autocompletan, respiran con los bronquios del que está al lado. Muchos de ellos, leídos aisladamente, pudieran parecernos huérfanos.
Conclusión: leer es siempre mejor que no-leer.
Lean libros de microrrelatos, insisto: no queman, no matan, tampoco aburren. Yo he terminado de leer hace unos días El juego del diábolo, de Juan Pedro Aparicio. Lo he leído entero de dos sentadas, sin serle infiel con otras obras literarias. Y antes leí Falsificaciones, de Marco Denevi. Y antes: El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Y antes: Cuentos de un minuto, de István Örkény. Y antes...
Los he leído con la predisposición de quien tiene en las manos una obra literaria y no una escueta multa de tráfico.
Y ya ven: aquí sigo, sano y salvo para contarlo.

Bibliografía citada

Max Aub, Crímenes ejemplares, Calambur, Madrid, 1996

Fernando Valls, Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, Páginas de Espuma, Madrid, 2008

David Lagmanovich, La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2005

Juan Pedro Aparicio, El juego del diábolo, Páginas de Espuma, Madrid, 2008

Marco Denevi, Falsificaciones, Thule, Barcelona, 2006

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, Siglo XXI, Madrid, 2006

István Örkény, Cuentos de un minuto, Thule, Barcelona, 2006

Eduardo Berti (ed.), Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kaka, Páginas de Espuma, Madrid, 2008

Francisco Rodríguez Criado es escritor y profesor de talleres de escritura creativa.

Visita su blog "Ciconia":
Visita su web de literatura:

Prohibido dudar

Permalink 05.02.09 @ 08:35:45. Archivado en Artículos, Periodismo

Si algo define a los tertulianos de radio y televisión de hoy día es su pretensión –acaso obsesión– por aparentar seguridad en todo lo que dicen. Es como si existiera un código no escrito, el de prohibido dudar, que estos profesionales de los medios de comunicación deben hacer suyo si quieren mantener el tipo (y el puesto). El axioma podría ser: convéncete a ti mismo para luego poder convencer a los demás. El asunto tendría su lógica si estas personas se dedicaran a disertar únicamente sobre su especialidad. Ahora bien, ¿cuál sería esa especialidad? La respuesta es: todas. Castigados por el código antes citado, pobre de aquel tertuliano que no tenga siempre a mano respuestas adecuadas a temas como el conflicto entre israelíes y palestinos, la crisis económica, el cambio climático, el fracaso escolar, los bajos índices de lectura, la violencia doméstica o el hambre en países subdesarrollados. Afortunadamente ninguno desfallece: todos tienen respuesta para todo, faltaría más. Y si no vivimos en un paraíso, ay, es precisamente porque no prestamos la suficiente atención a estos sabios de la palabra. (Con los columnistas de prensa ocurre exactamente lo mismo).
Supongo que mi escepticismo es producto de mis complejos intelectuales. Y es que, al revés que estos ilustrados, cuanto más tiempo y esfuerzo dedico a informarme sobre el mundo que me ha tocado en suerte, menos respuestas tengo que ofrecer. Habrá de perdonar el lector que en la mayoría de las ocasiones mis escritos no vengan espoleados por la certeza sino por la duda, y que prefiera hacerme preguntas en voz alta a regalar respuestas magistrales.

Teleoperadoras: Perros de presa

Permalink 09.04.08 @ 07:27:16. Archivado en Artículos, Textamentos

perrosdepresa

Desde hace años vengo sufriendo día a día las llamadas telefónicas de tozudos empleados de compañías de telecomunicaciones (en especial ya.com) que con objeto de venderme alguna de sus promociones acaban por perturbarme el ánimo. Confieso que esta invasión de mi hogar ha terminado con la escasa paz de espíritu que me quedaba. Antes me decía que serían inevitables gajes del oficio (del oficio del consumidor, quiero decir), pero ahora me pregunto si habrá alguna solución (que no pase por el suicidio) para librarme de estos perros de presa.

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El miedo a la libertad

Permalink 04.12.07 @ 06:59:09. Archivado en Artículos, Cultura, La condición humana

El miedo a la libertad

Yo diría que hay dos tipos de libros bien diferenciados. En un grupo están aquellos que guían al lector hacia territorios desconocidos, y en el otro, los que, al contrario, vienen a profundizar en temas que a este le resultan recurrentes porque han estado dando vueltas en su cabeza durante mucho tiempo. En mi caso, ejemplo de este segundo grupo sería El miedo a la libertad, de Erich Fromm, quizá el libro más imprescindible de cuantos he leído.

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Dos mujeres (según El Mundo)

Permalink 06.11.07 @ 23:29:07. Archivado en Periodismo, Actualidad

Dos mujeres (según El Mundo)

Me llama la atención una de las fotografías que el diario El Mundo, en su edición en papel (página 12), publica hoy para ilustrar la visita de los Reyes a la ciudad de Ceuta. A decir verdad, lo que me llama la atención no es la fotografía en sí sino el pie elegido por el redactor (¿y no podría ser una redactora?) del periódico: "Dos mujeres observan la llegada de los Reyes". Para este redactor, en la fotografía, al parecer, solo hay dos personas, dos mujeres concretamente, y eso que cualquiera puede apreciar que también se ven: dos hombres, otra persona rubia que bien podría ser una mujer, y -aquí no hay duda- una mujer más mayor a la izquierda, junto a las dos guapas con gafas de sol.

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La oratoria de Carlos Blanco

Permalink 05.11.07 @ 23:06:16. Archivado en Artículos, Cultura

blanco

Nada nuevo bajo el sol si afirmo que hablar y escribir no son la misma cosa. Cierto que ambas actividades comparten cromosomas, pero aun así son manifiestas sus diferencias. Es por esto que sea tan difícil encontrar personas que destaquen como grandes escritores a la vez que grandes oradores. Recordemos, por ejemplo, que Sócrates no escribió una sola línea.

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La rosa de los vientos

Permalink 31.10.07 @ 07:49:00. Archivado en Artículos, Cultura, Periodismo

Juan Antonio Cebrián

Hay que estar bien despierto para poder combatir los fantasmas, y yo tengo demasiados, de ahí que cada cierto tiempo me toque pasar la noche en vela luchando contra mi propia sombra. Hace un par de domingos reviví una de esas batallas. A punto estuve, como suelo hacer en estos casos, de encender el ordenador y escuchar por Internet desde la Web de Onda Cero (no hay otra forma de escuchar esta emisora en Cáceres) mi programa radiofónico de cabecera: La Rosa de los Vientos. No lo hice. Al final decidí enfrascarme en la lectura de una novela de Albert Cohen, que tampoco era mala opción. En cualquier caso, no hubiera podido escuchar el programa: su director, Juan Antonio Cebrián, había muerto el día anterior de un infarto al corazón. Tenía 41 años.

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Pecados literarios

Permalink 02.09.07 @ 18:56:24. Archivado en Artículos, Cultura

renan
La corrección política se ha instalado de tal manera en el mundo de las Letras que raro es el acto literario en que no se lancen afligidas críticas contra el mayor best-seller de los últimos tiempos: El código da Vinci. En sospechosa coincidencia con la Iglesia Católica, nuestros sesudos –y no tan sesudos– escritores siguen desaconsejando vivamente su lectura, pese a que la mayoría de ellos confiesa no haberlo leído. Fueron precisamente estos excesivos e inquisitoriales tambores de guerra los que me incitaron a leer el libro de marras hace un par de años. Y diré más: pasé un rato muy ameno con él. Sobre su calidad literaria, qué decir. Cierto que no es la joya de la corona, pero vaya en su favor que tampoco lo pretende.

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José Tomás

Permalink 21.06.07 @ 18:33:49. Archivado en Artículos, Actualidad

josetomas
Cinco años atrás José Tomás dejaba al toro. O el toro le dejaba a él, vaya uno a saber. Escuché por entonces en un programa de radio los reproches que un compungido empresario taurino dedicaba al diestro madrileño. Decía este buen hombre que un torero ha de ser un personaje público. El problema, creo, era que José Tomás no quería ser un personaje (público) sino que aspiraba a ser una persona (privada). Pero la fiesta nacional –que ya no es una sino muchas y por eso la escribo en minúsculas– no acepta la privacidad porque quizá no acepta a la persona. En cualquier caso, un hombre serio (por naturaleza) y un toro serio (por destino) se dijeron adiós ante un público incrédulo que no entendía la heterodoxa negativa del primero.

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Misas rebeldes

Permalink 13.06.07 @ 19:05:29. Archivado en Artículos, Actualidad

Nietzsche

Puedo entender que existan las misas y los rebeldes, pero me cuesta comprender que existan las misas rebeldes. Resulta conmovedor que un ateo como Pedro Zerolo y un católico de media jornada como José Bono acudan en santa comunión a la parroquia de San Carlos Borromeo para meterle un dedo en el ojo al cardenal Rouco Varela. Ahora que el incombustible Gallardón ha hecho de Chueca su feudo arco iris, Zerolo ha tenido que mudarse al barrio de Entrevías, donde, al parecer, tres curas rojos mantenían línea directa con Dios celebrando misas en las que leer el Corán, fumar, comer o saltarse los oficios de la Semana Santa estaban a la orden del día. O sea que no tenía razón Nietzsche cuando decía que Dios ha muerto. Nada de eso, tan solo estaba dormido en San Carlos Borromeo esperando que el rojerío lo despertara con sus heterodoxas plegarias.

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Subasta humanitaria de un boleto de concierto de Silvio Rodríguez

Permalink 04.05.07 @ 13:06:28. Archivado en Actualidad

silvio Resulta que el poeta David González, de regreso de Santo Domingo, ha apadrinado -con esa manera que tienen de apadrinar los poetas- no un niño pero sí un amigo que estudia odontología. Como por aquel lugar -al igual que en otros muchos de este planeta- vivir es morir de asco y hambre, David subasta en su blog Algo que declarar un boleto intacto de la actuación de Silvio Rodríguez en Santo Domingo con motivo del Día del Trabajador.
Para pujar y demás: http://davidgonzalezpoeta.blogspot.com/
Aplaudo lo iniciativa, por humanitaria y novedosa, y copio el texto de David González:

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Tripulantes

Permalink 28.04.07 @ 16:14:52. Archivado en Artículos, Cultura

tripulantes
La literatura tiene estas cosas: un día siembras una semilla y otro día –a veces al cabo de los años– recoges una flor, previamente polinizada por las circunstancias. La penúltima de estas flores me llega de manos de la editorial Eclipsados, que a finales de 2006 publicó Tripulantes, proyecto literario pilotado por Vicente Muñoz Álvarez y David González. Fue este quien, en el marco de nuestra esporádica pero fiel correspondencia electrónica, me propuso –creo recordar que a principios de 2004– colaborar con un relato, algo a lo que, agradecido, me presté de buen agrado. Pasó el tiempo y no volví a tener ninguna noticia al respecto. Cuando ya pensaba que el asunto había naufragado, el propio David me avisó de que las galeradas estaban en imprenta.

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