Bukowski, la senda de un perdedor
04.04.06 @ 21:33:50. Archivado en Artículos, Literatura
Es notable la fuerza que emana la obra literaria de uno de los padres del realismo sucio norteamericano: Charles Bukowski. Tristeza, melancolía, humor y emotividad deambulan por las venas de este escritor singular.

La editorial Anagrama, en un acto valiente (y rentable, dicho sea de paso) puso a disposición de lectores sin prejuicios la obra del autor, nacido en la ciudad alemana de Andernach y afincado en EEUU desde los cuatro años de edad, donde vivió hasta su muerte en 1992.
Digo «valiente» porque es Bukowski el paradigma de escritor maldito que tantas y tantas editoriales repudian (¿repudiaban?), bien por perjuicios morales o bien porque ni siquiera lo consideran un escritor. Para deleite de sus admiradores, son ya más de una docena de libros los que la editorial de Herralde ha publicado en España. Relatos, novelas, poemas, diarios. Todos cortados por el mismo patrón: el del desencanto. Así dibuja una y mil veces sus andanzas personales por una senda abocada al fracaso. Bukowski: el escritor alcohólico. El escritor solitario. El escritor de los bajos fondos, de los marginados. El escritor provocador que trazó mediante una prosa descarnada su visión del mundo, a buen seguro en los antípodas de todo aquel que aspire a una existencia ordenada. Por ello no me parece la literatura de Bukowski un dechado de realismo, sino de hiperrealismo. No ha de dejarse engañar el lector: hay que pujar por el peligro con una pasión tan desaforada como la suya para alcanzar situaciones tan extremas.

No hay doctrina moral en su obra, porque es consciente de que no es la persona más adecuada para impartir clases de ética. No hay una intencionalidad por crear hermosos juegos de palabras, porque no lo necesita: éstas fluyen de su interior de forma volcánica. No aspira a premios, beneplácitos de la crítica, trajes o corbatas, porque son precisamente esos disfraces de los que ha huido siempre. No persigue argumentos presuntuosos, porque no precisa los patrones de la gran creación para llegar a ella. Bukowski es un escritor de interiores, crudo, enemigo de sentimentalismos (aunque el vértice de su obra, siempre bajo esa capa de tipo duro, acabe acariciando la emotividad). Su gran logro radica en llegar hasta las profundidades del alma con un lenguaje sencillo, coloquial, obsceno a veces.
El método es efectivo: parte de lo más bajo para alcanzar la cota más alta. Habrá quienes se queden en la superficie de sus narraciones; quienes no sobrepasen el barniz frívolo con que cubre sus experiencias con el sexo, el alcohol (omnipresente en toda su obra), las carreras de caballos...; quienes no alcancen a descubrir ese alegato a la soledad del artista; quienes no se arrellanen egoístamente en una visión cómoda de las vicisitudes de un hombre solitario y alcohólico que no quiere dejar de serlo. Habrá, en definitiva, quienes no deseen traspasar la barrera de sus vocablos soeces, de sus imágenes tenebrosas, de sus sonidos malsonantes. Aquéllos no llegarán saborear las mieles de este genio. Cómo, no obstante su manifiesta ausencia de ideología social o ética, consigue poner en marcha el mecanismo de los sentimientos del lector, es un dilema. Ser o no ser.
Bukowski, contrariamente a la ciclotimia del tono de sus narraciones, creó un estilo lineal en cuando a forma y fondo (de eso se alimentan sus detractores). Las pautas se las marcó el estadounidense John Fante –a quien reconoció una y otra vez como su maestro–, otro autor excelente que el mundo literario parece haber dejado de lado (al menos en España, donde todos sus libros han estado fuera de catálogo hasta no hace demasiado). Ambos narran historias sencillas de seres anónimos, estigmatizados por una inevitable propensión al fracaso. Para ello, sabedores de quiénes son los receptores de sus textos, emplean un lenguaje directo, prosaico, lúcido, económico en cuanto a palabras pero rico en transmisión de experiencias. Bukowski es una versión vanguardista, malsonante, barriobajera (valga la expresión) de Fante, más atildado en su lenguaje aunque igual de mordaz que el primero.
Cartero, La senda del perdedor o Pulp son novelas que la literatura convencional, quizá por su heterodoxia, no quiere o no puede admitir. Y es que esos escritores/críticos/editores/directores de periódicos/artistas de despacho, amantes de la burocracia, de las buenas maneras, de una vida burguesa y acomodada, no ven en obras de este autor más que un atentado a lo que ellos llaman Gran Literatura. Las novelas de Fante publicadas en España (La cofradía del vino, Pregúntaselo al polvo y Espera a la primavera, Bandini, Sueños de Bunker Hill), pese a su gran calidad literaria, no han gozado de demasiada popularidad. Ninguno de los dos autores han nacido para escribir best sellers. Ni falta que hace.
Bukowski amaba la vida a su manera. Amaba el alcohol. Las calles. Las mujeres fáciles. Amaba el día y la noche. Amaba aquello que él denominaba la mala literatura. Y todo, bajo el prisma de un hombre que no tenía dueño, tan sólo comprometido con la bebida y con su vieja máquina de escribir. Odiaba el trabajo. La vida ordenada. Limpiar los platos. Cortarse las uñas. A los críticos literarios. A los escritores. A la gente que nunca le invitaba a un trago.
Le cundió su trabajo. Un trabajo a salto de mata. Lecturas en la biblioteca cuando no tenía otro sitio adonde ir. Escritura nocturna, música clásica, la compañía de una botella de vino. Hoy aquí mañana allí. Casi nunca con dinero en el bolsillo. Literatura y vida, siempre juntas: ése es el camino.
Repudiado por su país, el mismo que ofrecía un sueño americano que no existía, encontró cierto éxito en Europa, donde sí era reconocida su labor. En Shakespare nunca lo haría narra su viaje junto a su compañera Linda Lee por Alemania. El libro compagina los textos con fotografías de la gira alemana.
Lo primero que pensé al leer a Bukowski, al que encontré por casualidad entre los libros de bolsillo de una tienda del aeropuerto, fue que su estilo encajaba más en los patrones de la cultura musical pop (que paradójicamente no le agradaba) que en los de la literatura. De ahí, supongo, el fervor que levanta en un determinado público juvenil -a veces no tan juvenil.
Literatura pulp (nombre que arranca de su novela Pulp, una parodia del género de detectives), literatura vanguardista, autor maldito… Cuántos términos gratuitos que ensombrecen el buen nombre de este artista.
Rozando el ostracismo en tiempos pasados, ahora de moda, mañana quién sabe, seguirá desplegando sus cualidades narrativas y poéticas con la mayor sencillez imaginable. A los que nos encandila, no necesitaremos defenderle –aunque, una vez repasado lo leído y sin que fuera mi intención, parece ser el objetivo de este artículo. Pero al menos lo leeremos. Porque a Bukowski se le lee. De eso no me cabe duda.
Ahora me asalta la duda de si no llegará el día en que los editores de este país piensen que ha llegado el momento de que Bukowski englose la lista de autores fuera de catálogo.
Aunque habrá que esperar para eso. Su viuda, como buena viuda de autor célebre que se precie de serlo, no deja de sacar textos inéditos bukowskianos. El último de ellos: Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta (Visor, 2005). Un libro muy recomendable pese a la (pésima, en mi juicio) elección de tan prolijo título.
Francisco Rodríguez Criado
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