Goodbye, Cáceres
03.04.06 @ 00:17:40. Archivado en Articuentos, La muerte

“Amigos de Vía Lata,
siento no haber asistido a la fiesta-presentación de la revista. Una ausencia ajena a mi voluntad: me estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Es una forma de hablar, claro. (Aparte de una obviedad: el ser humano siempre está a medio camino entre la vida y la muerte.) Lo que decía o intentaba decir es que el mismo día que lanzabais oficialmente la revista a la calle yo ingresaba en el quirófano para que me extirparan un “insignificante pólipo” junto a las cuerdas vocales. Ahora desde la distancia –una distancia muy cercana, pues sigo afónico–, incluso la temida anestesia me resulta un suceso intrascendente. Sin embargo, los días previos a la operación habían llegado hasta mis oídos tantos ecos de errores clínicos que ya me veía amputado de un brazo o de una pierna (miembros que, reconozcámoslo, de perfil podían ser confundidos fácilmente con un pólipo en la garganta). Fue todo un trajín: hacer testamento, encargar el ataúd, despedirme de mis seres queridos... Pero al comprender que la cosa no podría ser tan grave, decidí rellenar un formulario de demanda de empleo en las oficinas de la ONCE, por si acaso. Una pregunta me inquietaba en mi lecho rodante mientras un jocoso celador me conducía al matadero: “¿Qué ocurriría si no recobro el sentido hasta dentro de –digamos– quince o dieciséis años?” ¿Un drama? Depende. Para un abnegado padre de familia puede ser desconcertante ver a su pequeño de doce meses trastabillándose por el salón y que “al día siguiente” éste le pida las llaves del coche para ir a la Universidad o llevar a su novia al cine. Mi caso es diferente: no tengo hijos y mi coche está en el taller desde hace siglos. Además, he mirado en mi agenda y no hay nada previsto en ella para los próximos quince años que no pueda posponerse. Pero luego me estremecí al recordar Good Bye, Lenin, esa película en la que una mujer entra en coma en 1989 y despierta ocho meses después, cuando ya ha sido derrumbado El Muro de Berlín. Cáceres no es Berlín, pero la muerte y sus sucedáneos se consumen de igual manera en todas partes. Así que en mi agonía yo me había despedido con un Good Bye, Cáceres e imaginaba cómo sería despertar ocho meses (o quince años) después y ver que, por exigencias del guión, las autoridades cacereñas habían hecho demoler el emblemático Puente de San Francisco, ese monumento que ha pasado de ser un puente para convertirse en un muro: el de la discordia.
Al final la sangre no ha llegado al río. He regresado al mundo como quien regresa al hogar-dulce-hogar tras una inocente y ardorosa excursión en el campo: cansado del ajetreo pero con el espíritu aseado. Ahora es el momento de superar las secuelas de la operación y fatigar mi polvorienta agenda con proyectos edificantes que me hagan olvidar mis patologías crónicas.
Feliz de saber que vuestro retoño –que es también el de toda la ciudad– ha nacido con una salud inmejorable, os envío un cordial saludo.
F.R.C”
Francisco Rodríguez Criado
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