Cocinar la muerte
09.02.06 @ 14:04:14. Archivado en Artículos, La muerte
Hay gente que cocina su propia muerte como si se tratara de un plato exquisito destinado a un gran banquete. El último de ellos, Peter Halasz, escritor y cineasta húngaro, ha suscitado estos días el interés de los medios de comunicación porque durante una semana va a estar expuesto (en vida) en un féretro. Para solaz de parientes y amigos, se supone. El hombre padece un cáncer terminal –al parecer, lo único que ha guisado el destino en este asunto. Así que, de perdidos al río, Halasz ha pensado que sería una buena idea estar presente en el momento en que sus seres queridos lloran su muerte.

Su idea puede ser ingeniosa, incluso atrevida, pero crea un precedente peligroso, porque si este modelo se extendiera el asistente a un entierro tendría que afinar mucho la escenificación del gimoteo. Además, uno corre el peligro de que el finado se alce de su tumba para reprocharte defectos de forma: falta de espontaneidad o de sinceridad, una corbata mal anudada, un pantalón sin planchar, qué sé yo...
¿Y qué hará Halasz ante quienes visiten su féretro con una flor en una mano y el corazón partido en la otra? ¿Les pedirá más emotividad, quizá menos dramatismo? ¿Tendrán que leerse previamente un guión? Me temo que aquéllos que quieran hacer un buen papel ante el ataúd vivo de este hombre de teatro –versado, por tanto, en todos los trucos de una buena puesta en escena– se verán en la obligación de estudiarse previamente el método Stanislavski. Y todo porque el muerto, o como queramos llamarle, ha elegido postrarse públicamente en un incómodo ataúd de madera en vez de hacerlo sobre un placentero colchón de látex en la discreción de su hogar.
En fin. No quisiera yo negarle a nadie el legítimo derecho de morir a lo grande, pero me sigue pareciendo más respetable la manera en que Mozart se despidió del mundo. Recordemos: sólo fueron cuatro asistentes a su sepelio, y los cuatro abandonaron el cortejo antes de llegar al Cementerio de San Marcos (en Viena) porque… estaba lloviendo. Allí fue enterrado en una fosa común, hace ahora dos siglos y medio, sin ningún tipo de juegos artificiales. No disponía de fuerzas ni dinero para nada más.
El genio de Salzburgo sólo tenía treinta y cinco años aquel día en que la soledad y una lluvia de paraguas rotos firmaron una de las despedidas más tristes, solitarias y hermosas que pueda uno imaginar.
Francisco Rodríguez Criado
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