Acción-formación social y ética

Eco-teología y economía frente al capital extractivista

22.04.18 | 07:42. Archivado en Iglesia, Doctrina social de la Iglesia

Este 22 de abril celebramos el día de la tierra. La fe e iglesia con su enseñanza moral y doctrina social (DSI) lleva tratando, hace ya mucho tiempo, de promover otro tipo de desarrollo en el mundo, más humano, solidario e integral. Tal como nos muestran los Papas como Juan XXIII y Pablo VI con el Concilio Vaticano II, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco con su magisterio y encíclicas sociales. Por ejemplo, “Laudato si” (LS) de este último Papa, dedicada íntegramente a una ecología integral. Y la significativa carta pastoral “Discípulos misioneros custodios de la casa común, Discernimiento a la luz de la Laudato si”, de los Obispos latinoamericanos (CELAM) que recomendamos vivamente leer.

En la presentación de este documento, se afirma que “a través de la presente carta pastoral los obispos latinoamericanos, en comunión con el Papa Francisco, queremos “entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común. Y, especialmente, sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Lo cual implica buscar juntos caminos de liberación, que conduzcan a la verdadera sabiduría y al planteamiento de respuestas integrales”. Efectivamente, con toda esta enseñanza ética y social sobre la cuestión ecológica, la fe con la iglesia nos transmite un desarrollo y ecología liberadora e integral. En oposición al actual modelo económico anti-ecológico e insostenible, que está destruyendo el planeta. Nuestra tierra ya no soporta más tanto productivismo, consumismo y extractivismo que esta economía del capital y del poder imponen. Lo cual lleva a la dominación, contaminación y depredación de nuestros bosques, selvas, mares, ríos, aires, cielos y todo tipo de especies de vida que nos conducen directamente al caos y exterminio de la existencia humana, ambiental y planetaria.

Los Obispos latinoamericanos, en dicha carta, nos comunican que “dicha capacidad de asombro, el don de maravillarse ante la magnificencia de Dios que se revela, se comunica, se dona a través de sus creaturas, es un aspecto muy necesario para cultivar en la espiritualidad cristiana. Reverenciar a Dios. Darle gloria haciendo que el ser humano viva (San Ireneo de Lyon). Darle gloria a Dios promoviendo al pobre para que viva plenamente (Beato Oscar Arnulfo Romero). Reconociendo que “entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que gime y sufre dolores de parto (Rm 8,22). Estos gemidos de la creación nos interpelan, despiertan una santa indignación, nos llevan también a rebelarnos contra la injusticia, a trabajar por la transformación social. Pues la contemplación de la realidad nos conmueve y nos lleva a reconocer la voz de Dios en el clamor de los excluidos de América y el mundo. Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio, afirmó el Papa en Bolivia ante los Movimientos Populares” (n. 4).

En la línea de Francisco y de la eco-teología, hay que asumir compasivamente el grito de los pobres y de la tierra en este mundo cada vez más desigual, injusto e insostenible con una conversión personal, misionera, pastoral y ecológica. Esto es, la comunión de amor fraterno con Dios, con los otros y con toda la creación en la promoción de la ética del cuidado. Viviendo en la responsabilidad por la justicia socio-ambiental con los pueblos, con los pobres del mundo y con esa casa común que es nuestro planeta tierra. Tal como nos muestran las diversas ciencias y la filosofía o la misma teología, y nos está enseñando el Papa Francisco con su magisterio, todo está relacionado (cooperativa y solidariamente) con todo (LS 92). Las diversas e inherentes dimensiones de la realidad como son la personal, social, moral y ecológica se encuentran en respectividad e inter-accionando, de forma colaborativa, a nivel global y cósmico. Cuando no se respeta y asegura toda esta ecología integral, como nos transmite Francisco, nos sumimos en la actual economía que mata, que destroza la vida de los pueblos, de los pobres y del planeta. Esta economía de la exclusión que, con sus ídolos del mercado/capital y del dinero (riqueza-ser rico), termina produciendo la cultura del descarte, que desecha todo o a todos los que no son rentables, y la globalización de la indiferencia ante tanto sufrimiento e injusticia.

Los obispos latinoamericanos visibilizan el conflicto, daño e injusticia “por causa de proyectos que explotan los bienes del subsuelo, con las actividades mineras, petroleras, hidroeléctricas, agropecuarias, obras viales, infraestructuras turísticas, entre otras… Es el extractivismo, esa desaforada tendencia del sistema económico por convertir en capital los bienes de la naturaleza. La acción de extraer la mayor cantidad de materiales en el menor tiempo posible, para convertirlos en materias primas e insumos que la industria utilizará, se transformarán en productos o servicios que otros comercializarán y la sociedad consumirá. Luego, la misma naturaleza los recibirá en forma de desechos contaminantes. Es el circuito consumista que se está generando cada vez con mayor celeridad y riesgo. Lo grave de esta lógica de relacionamiento con la naturaleza es que los bienes se están agotando y nos acercamos vertiginosamente a los límites físicos de la Tierra. No es sostenible la pretensión de un crecimiento infinito en un mundo que es finito, se viene diciendo desde los años setenta del siglo XX. Tampoco lo es el hecho que en el afán de generar riquezas materiales se sacrifiquen las condiciones de vida de pueblos enteros y se deterioren valiosos ecosistemas, como lo reitera el Papa en Laudato sí. El interés codicioso de explotar la madre tierra hasta la última gota lleva a transformar drásticamente los paisajes, talando bosques, desviando ríos, trazando carreteras, destruyendo la capa vegetal. Y, en fin, generando una serie de impactos que merecen ser sometidos a evaluación desde el punto de vista ético y moral en diálogo con las ciencias” (nn. 10-11).

La alternativa ante esta economía extractivista y anti-ecológica es la iglesia (comunidad) pobre con los pobres. La pobreza evángelica y fraterna con la opción por los pobres en la solidaridad de vida, bienes y luchas por la justicia con los empobrecidos del mundo como sujetos de su desarrollo liberador e integral. Frente al mal, injusticia y pecado personal, social, ecológico y estructural, en contra de esas relaciones inhumanas, insostenibles y estructuras sociales e históricas de pecado. En oposición a las idolatrías del consumismo, poseer y tener que esclavizan al ser persona, espiritual y ciudadano responsable con el compromiso por un mundo más justo, pacífico y ecológico. En este sentido, se trata de contraponer toda esta espiritualidad de la civilización del amor, de la pobreza solidaria y del trabajo a la ideología anti-civilizatoria de la riqueza-ser rico y del capital. Con una política y economía orientada al bien común, a la justicia con los pobres y a los derechos humanos en el servicio de las necesidades vitales y capacidades de todos los pueblos; con un desarrollo humano, social e integral, con un trabajo decente. Unas condiciones laborales dignas, humanizadoras y el derecho básico de un salario justo para el trabajador con su familia.

Una economía de comunión, solidaria y justa que emplee todas las energías limpias, ecológicas y renovables. Ya que, como hemos visto, el actual modelo extractivista, de fósiles e hidrocarburos está más que agotado, fracasado y solo produce mayor destrucción humana, social y medio-ambiental. En esta línea, hay que ejercer un consumo justo, responsable que con esta vida austera y sobria de la pobreza solidaria: lleva al tener solo lo estrictamente necesario para vivir. No poseyendo así cosas superfluas e innecesarias, que solo alimentan el beneficio de unos pocos y la depredación de la naturaleza. El mercado y la economía, pues, deben ser controlados a nivel ético, social y político para esta justa y sostenible producción, distribución y consumo de los bienes que está por encima de la propiedad. El poseer y la propiedad deben estar en función de todo este reparto, con equidad socio-ecológica, de los recursos. Tal como nos muestra todo ello la teología y DSI de la iglesia con los Papas como Francisco. Nos indican como el Dios Trinidad, Dios Comunión y Solidaridad, es la entraña y modelo (paradigma) para una economía y política co-relacional del bien común, solidaria y ecológica.

Las distintas organizaciones de la iglesia están tratando de promover toda esta ecología integral con diversas propuestas e iniciativas. Tales como la Campaña “Si cuidas el planeta, combates la pobreza”, en torno a los diez puntos de su propuesta de “Decálogo Verde”. Impulsada por Cáritas, CEDIS, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES (Red de Entidades para el Desarrollo Solidario). Y la iglesia en el Salvador que, junto a la Universidad Jesuita de la UCA, presentaron a la Asamblea Legislativa el anteproyecto “Ley de Prohibición de la Minería Metálica en El Salvador”. Está firmada por monseñor José Luis Escobar Alas, arzobispo metropolitano de San Salvador, monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador y presidente de Caritas de El Salvador, Andreu Oliva, rector de la UCA y José María Tojeira, director del Instituto de Derechos Humanos de la UCA (Idhuca). Gracias a Dios voy a tener el regalo y la alegría, justo a partir de este domingo, de viajar al querido pueblo salvadoreño para realizar una serie de conferencias en la UCA sobre estas cuestiones sociales, éticas y educativas.


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