Acción-formación social y ética

La equidad con los pobres y contra la injusticia de la pobreza, caminos para la paz

29.12.17 | 18:40. Archivado en Iglesia, Doctrina social de la Iglesia

Este artículo, forma parte de mi colaboración con la Conferencia Franciscana de México (COFRAMEX) para la formación en la paz, con la elaboración de materiales educativos y formativos para dicho fin. Con la campaña que se inicia este 1 de Enero, “Familia Franciscana, constructores de paz y de bien” y su lema: “hagamos el bien, busquemos la paz”. Los diversos estudios o ciencias sociales y la propia fe e iglesia, con su doctrina moral y social, nos muestran claramente que si no se promueve la solidaridad, justicia, derechos y el desarrollo humano e integral: se generan los conflictos, violencias y guerras. Por ejemplo, el Papa Francisco viene enseñando e insistiendo en esta realidad clave de una paz justa, con equidad que libere del mal, desigualdades e injusticias que padecen los pueblos y pobres; que termine con el actual sistema socio-económico que es injusto en su raíz y que, con sus estructuras sociales perversas, impiden la vida, dignidad y desarrollo (EG 59).

“Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones— cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes” (EG 60)

Como nos enseña en LS, el Papa Francisco denuncia proféticamente la actual política y economía que no se orientan al bien común. Ya que están esclavizadas por los ídolos del rédito económico y por conservar o acrecentar el poder. Lo que provoca guerras o acuerdos espurios, donde lo que menos interesa es preservar el ambiente y cuidar a los más débiles (LS 198). Todo lo anterior, supone ir a las causas de estas desigualdades e injusticias que sufren los pobres de la tierra, por ejemplo las que padecen los hermanos migrantes y refugiados. Tal como nos ha recordado Francisco en su mensaje para la Jornada de la Paz 2018 (n. 2). Los migrantes, refugiados y el resto de los pobres de la tierra se movilizan en la búsqueda de un futuro con más vida, dignidad y derechos, por un mundo con más justicia y paz.

“La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (EG 202).

Para lo cual, es necesario e imprescindible que toda persona y creyente desarrolle su inherente dimensión pública, el amor civil y político, la caridad política, que es una vital virtud ética y espiritual (teologal). “El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Por eso, la Iglesia propuso al mundo el ideal de una «civilización del amor». El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción»” (LS 231).

Asimismo por tanto, unido inseparablemente a esta transformación socio-política y estructural que erradique el sistema injusto que domina, hay que realizar un cambio profundo (conversión) a nivel personal y espiritual. Una renovación del corazón y del alma, una nueva mente y conciencia, que en la fe supone acoger la Gracia de Dios con su Don de la paz y justicia liberadora. Para llevar una vida austera, sobria, ecológica y de pobreza solidaria con los pobres (LS 216-227). Es la existencia de paz, alegría y felicidad desde la comunión de amor y pobreza fraterna en solidaridad de vida, bienes y compromiso por la justicia con los pobres de la tierra. Lo que nos trae la salvación liberadora del mal y pecado del egoísmo con sus idolatrías de la riqueza-ser rico, del poder y de la violencia, del poseer y tener que se imponen sobre este ser persona fraterna, solidaria y pacífica.

“La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo” (EG 231).

El Dios encarnado en Jesús, el niño pobre con su familia obrera y empobrecida, nos entrega esta salvación en el amor fraterno, paz y justicia con los pobres (Lc 2, 8-20) que nos libera de todos estos falsos dioses. Tales como el mercado, el capital o el estado-nación que sacrifican la vida de los inocentes, víctimas y pobres en el altar del beneficio, lucro y poder. El Dios que se encarna en Jesús nos dona todo este auténtico sentido y real felicidad de la vida, nos regala el Don (Gracia) del amor, la paz justa y vida humanizadora, realizada, plena y eterna. Como nos han testimoniado los santos y testigos de la fe, por ejemplo como todo un paradigma de esta paz justa y ecología integral, los queridos San Francisco de Asís o Francisco de Roma


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