Acción-formación social y ética

Navidad y Doctrina Social de la Iglesia

19.12.17 | 20:35. Archivado en Iglesia, Doctrina social de la Iglesia

Este artículo, nace de mi colaboración con la Diócesis de Latacunga (Ecuador), para la formación y difusión de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Y lo que vamos a exponer es como en la Navidad se manifiesta ese constitutivo carácter moral, social y público de la fe tal como nos transmite la DSI. Efectivamente, Dios mismo se ha encarnado en lo humano, más concretamente, en lo más débil y frágil de lo humano. Es el Dios de la vida y liberador del mal e injusticia (cf. Jn 1, 1-14). Dios no es el ser inmutable y pasivo, alejado o aislado de la vida y realidad de los seres humanos, como piensan ciertas filosofías o cosmovisiones. Dios, en el Niño Jesús que va a nacer, es el Emmanuel, el “Dios con nosotros” (cf. Mt 1, 23). Es el Dios que se manifiesta y es alumbrado en el seno de una mujer, doblemente pobre y excluida, María de Nazaret.

El Dios del amor y la misericordia, de los pobres y oprimidos, frente a los ídolos del poder y de la riqueza-ser rico, como canta María su Evangelio del Magníficat (cf. Lc 1, 46-55). Por eso se llamará Jesús (cf. Mt 1, 21), que significa el Dios que salva y libera de todo mal y egoísmo, de toda opresión e injusticia. Es el Dios que promueve la vida, felicidad y desarrollo integral de todos los seres humanos, la realización y plenitud de las personas. Y el anuncio de esta salvación y liberación integral en el amor, la justicia y la paz se hace concreto, social e histórico. El Niño Dios nace en una familia obrera, trabajadora, pobre y excluida, en un lugar de la periferia marginada, en el pesebre (cf. Lc 2, 7).

Esta salvación liberadora se manifiesta, por tanto, desde aquellos que son marginados de este amor, justicia y paz, desde los pobres y excluidos. Como son los extranjeros, representados en los magos de Oriente (cf. Mt 2, 1-2,), y los pastores (cf. Lc 2, 8-18), grupos sociales despreciados, humillados y empobrecidos por los poderosos y ricos, por el sistema socio-cultural, político y económico. Estos poderosos y enriquecidos que, como Herodes, no aceptan esta salvación liberadora de todo egoísmo con sus idolatrías de la codicia, poder y violencia. Ya que pone en peligro su dominación y privilegios. Y que, por tanto, persigue y quiere matar al Niño Dios Jesús, pobre y liberador, con su familia, causando víctimas inocentes por defender y asegurar su beneficio e interés (cf. Mt 2, 16-18). Pero, a pesar de todo, Dios con su misericordia y fidelidad sigue adelante. Para regalarnos el Don (Gracia) de su proyecto de salvación y liberación integral, desde el lugar de los pobres y excluidos, desde Nazaret (cf. Mt 2, 19-23). El regalo de una vida humanizadora, justa, espiritual, plena y eterna.

Todo lo anterior es lo que nos transmite y actualiza la fe con la DSI. Como nos enseña Benedicto XVI, “como reafirmé a los obispos latinoamericanos reunidos en el santuario de Aparecida, «la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9)». Por eso, resulta natural que quien quiera ser de verdad compañero de Jesús comparta realmente su amor a los pobres. Nuestra opción por los pobres no es ideológica, sino que nace del Evangelio. Son innumerables y dramáticas las situaciones de injusticia y pobreza en el mundo actual, y si es necesario esforzarse por comprender y combatir sus causas estructurales, también es preciso bajar al corazón mismo del hombre para luchar en él contra las raíces profundas del mal” (Discurso a la 36 GC SJ, 21-04-2008).

Y es que, como nos muestra San Juan Pablo II, “hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna…De esta conciencia deriva también su opción preferencial por los pobres….El amor de la Iglesia por los pobres, que es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas… El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor. Sólo esta conciencia dará la fuerza para afrontar el riesgo y el cambio implícitos en toda iniciativa auténtica para ayudar a otro hombre. En efecto, no se trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros —que están excluidos o marginados— a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano. Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad” (CA 57-58).

En esta línea, en otro texto memorable, nos sigue enseñando el Papa Santo que "hay que seguir preguntándose sobre el sujeto del trabajo y las condiciones en las que vive. Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos come resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo -es decir por la plaga del desempleo-, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia" (LE 8). La DSI con San Juan Pablo II nos transmite que el capital (el beneficio, los medios productivos y empresariales) deben siempre estar subordinado al trabajo, a la persona y dignidad del trabajador que tiene la prioridad (LE 13). Un principio moral básico, para valorar esta justicia y ética del trabajo, es el salario que recibe el trabajador/a que debe ser justo y suficientemente digno para él, para todo trabajador y sus familias (LE 19).

En este sentido, en contra de la esencia inmoral del sistema e ideología que domina nuestro mundo, el neo-liberalismo con el capitalismo (ya global), el destino universal de los bienes está por encima de la propiedad privada. La propiedad es para todos ya que tiene un carácter social, como nos enseña el Vaticano II (GS 69). El Papa Francisco hace memoria y actualiza toda esta enseñanza de Juan Pablo II. “Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» (LE 14). La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. San Juan Pablo II recordó con mucho énfasis esta doctrina, diciendo que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» (CA 31).

Son palabras densas y fuertes. Remarcó que «no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos» (SRS 33). Con toda claridad explicó que «la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado». Por lo tanto afirmó que «no es conforme con el designio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos». Esto cuestiona seriamente los hábitos injustos de una parte de la humanidad” (LS 93).

Dios en Cristo ha destinado la tierra con sus frutos y bienes para cuidarlos, fecundarlos y que se compartan entre toda la humanidad de forma justa, con equidad y al servicio del bien común más universal. La revelación del Dios encarnado en Jesús nos muestra una auténtica ecología integral, tal como se significa en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. En palabras nuevamente del Papa Francisco, “para la experiencia cristiana, todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva: «el Cristianismo no rechaza la materia, la corporeidad; al contrario, la valoriza plenamente en el acto litúrgico, en el que el cuerpo humano muestra su naturaleza íntima de templo del Espíritu y llega a unirse al Señor Jesús, hecho también él cuerpo para la salvación del mundo»”. En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia, que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él.
En la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico: «¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo». Por eso, la Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado” (LS 235-236)


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