
El contubernio de la prensa con el poder político se ha convertido en proverbial en España. La primera vez que cantó el gallo fue también con Felipe González, con la Alianza Atlántica de fondo. “Otan, de entrada no”.
El socialismo de pana y tortilla hispano era contrario a la decisión adoptada por el efímero Calvo Sotelo, pero el camarada Billy Brandt cogió por las solapas a Felipe y le leyó la cartilla. Había que quedarse en la OTAN. Y Felipe reunió en su despacho de Moncloa a los editores y les pidió apoyo con gesto desgarrado.
Se trataba de convencer a los españoles para que votaran sí en el referéndum, cuando el sentimiento mayoritario era no. En noviembre 1985, un sondeo reveló que el 46% de los ciudadanos era partidario de la salida, por solo un 19% favorable a la permanencia.
De vuelta a Barcelona, Antonio Asensio reunió a los directores de los medios de Zeta en un almuerzo, reservado en la segunda planta del “Reno”, calle Tuset esquina Travesera de Gracia, para contarles lo ocurrido e impartir instrucciones.
Allí estaban Lago, Franco, Sebastián y otros. Solo uno levantó el dedo para decir que por ahí no pasaba. Y el milagro se hizo: el 12 de marzo de 1986, el 52,5% de los españoles dijo sí a la continuidad en la OTAN, frente al 39,8% que apostó por el no.
Es indudable que Rodríguez Zapatero debería poder reunirse con los empresarios de la comunicación en condiciones de normalidad, como lo ha hecho con los banqueros, con la CEOE y con quien estime menester. Lo que sucede es que ZP convierte lo normal en anormal al etiquetar el encuentro de secreto.
La alarma aumenta cuando se constata que la primera reacción de los servicios informativos de Presidencia fue negar el encuentro.
¿Por qué esconde el presidente del Gobierno sus actuaciones? ¿Los ciudadanos son menores de edad a los que hay que engañar, o unos malvados a los que mantener en la ignorancia?
Con todo, más preocupante aún es el hecho de que los dueños de los media no hayan denunciado la intención de Moncloa de interferir en su línea informativa, o al menos no hayan dado cuenta pública de la reunión.
Su decisión de mantener silencio a cal y canto, como les pidió Zapatero, pone de manifiesto su disposición a “colaborar” aun a costa de traicionar la función primigenia de control al Poder que en una sociedad democrática les compete.
Quevedo al revés: “He de callar, solo que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”.
Miércoles, 25 de noviembre
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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