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Política y periodismo, en el límite del pecado

07.09.08 | 10:48. Archivado en prensa

El portavoz del PP Esteban González Pons asume que un político no tiene derecho a la intimidad. Pons está casado en segundas nupcias y en su familia conviven los hijos del primer matrimonio suyo y de su esposa y otro hijo común. "Yo estoy acostumbrado de que mi vida íntima salga a la palestra, porque se supone que no es la tradicional en un político del PP. Y he aceptado vivir con cierto grado de desnudez. ¿Dónde está el límite? Para mi persona, no puede haber ningún límite. Para mi familia, todos. Yo no tengo derecho a la intimidad. Pero mi familia no ha de cargar con mi decisión de dedicarme a la política".

Pons, experto en cuestiones de Internet durante su etapa como portavoz del partido en el Senado, cree que en España el tratamiento de los medios es "impecable". Y el adjetivo sirve para los medios digitales también. "Internet no es ninguna amenaza, es un campo abierto a la libertad. Lo que pasa es que aún no nos hemos acostumbrado a distinguir en los medios digitales entre cabecera con credibilidad o sin credibilidad, como lo hacemos con el resto de los medios".

González Pons considera que en España hay un doble rasero según se informe de hombres o mujeres. "En España la vida íntima de las políticas es más pública que la de los políticos. Nadie sitúa mi modelo familiar en primera línea de mi currículo. Si fuera mujer, sí que lo harían".

Carmen Alborch, ex ministra de Cultura (1993-1996), senadora socialista y concejal en el Ayuntamiento de Valencia, recuerda que a menudo las políticas han tenido que decir al periodista de turno: "¿Esa pregunta que usted me plantea sobre mi imagen se la plantearía a un ministro?". "A pesar de todo", asume Alborch, "en este país, hasta hace muy poco tiempo, ha habido un gran respeto hacia la vida privada de los políticos. Yo me he considerado una persona muy respetada. Y para una persona poco tradicional como yo eso es muy de agradecer".

Un lunes de 1994 el diputado conservador británico Stephen Milligan, de 45 años, fue hallado muerto en la cocina de su domicilio londinense. Vestía medias de mujer y una bolsa de plástico le cubría la cabeza. Tenía un cable eléctrico de espiral ceñido al cuello.

Se le paró el corazón mientras intentaba asfixiarse en una compleja sesión masturbatoria. El caso, en medio de varias dimisiones que sufrió el Gobierno de John Major a causa de escándalos sexuales, sirvió para ilustrar cuánta distancia puede haber entre un político rodeado de apretones de manos, flashes, aplausos y abrazos y su intimidad.

Incluso, la distancia entre la vida íntima de alguien y su vida interior. John Major declaró a su muerte: "Debió de ser un hombre muy infeliz, pero no dejó que lo notáramos".

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