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El Mundo de Pedrojota sugiere que Rajoy está de psiquiatra

01.06.08 | 11:36. Archivado en prensa

(PD).- La campaña es persistente y conociendo a Pedrojota Ramírez, obsesionado por controlar el PP y ser siempre la novia en la boda, proseguirá meses y meses, como ocurrió con las mochilas, la Kangoo y la supuesta conspiración a cuatro bandas del 11-M.

Un ejemplo luminoso aparece este domingo en las páginas editoriales de El Mundo, donde bajo el título "Rajoy, entre el psicoanálisis y Las alabanzas interesadas", le sacuden al presidente popular una tunda de órdago.

Pasen y lean el editorial de El Mundo:

El acto de ayer de Valladolid había sido organizado por el aparato del partido y por los barones para respaldar a Mariano Rajoy.Y eso es precisamente lo que fue: una manifestación de apoyo a un líder que se tambalea y que dedica una gran parte de sus energías a defender el puesto.

Era tan evidente la debilidad del líder del PP que los barones y dirigentes que intervinieron en el mitin intentaron reconfortarle con una catarata desmedida de elogios y alabanzas. Sólo se salvó Juan Vicente Herrera, que tuvo el gesto de reconocer que algunas de las personas que no habían acudido a Valladolid siguen siendo fundamentales en el partido.

El discurso que pronunció Rajoy refleja de forma elocuente la situación interna del PP: más de las tres cuartas partes de la intervención fueron una justificación de su actuación desde que perdió las elecciones y un intento para convencer a sus compañeros de que él sigue siendo la persona más idónea para dirigir el partido.

Rajoy afirmó que nunca hará «conscientemente daño» al PP y que quiere «mucho» a un partido que le ha dado «muchísimo». El acierto de una gestión no se mide por el cariño o la voluntad sino por los resultados. Que Rajoy diga que no quiere hacer un daño consciente al partido no significa que no se lo esté haciendo.

El presidente del PP subrayó que las críticas no van a «minar» su voluntad porque lo importante es lo que hagan los 700.000 afiliados del partido. En primer lugar, sólo una muy pequeña parte de esos afiliados va a estar presente en el Congreso. Y, en segundo lugar, el PP no es un club privado donde sólo cuenta la voluntad de los socios. El PP es una gran partido nacional, sometido al escrutinio de la opinión pública.

Rajoy hizo especial énfasis en que no va a tolerar que se pongan en cuestión sus principios y que él no ha cambiado. Lo dijo en reiteradas veces: «sigo siendo él mismo». La propia insistencia en la afirmación es sospechosa. Nadie se imaginaría a Zapatero subrayando que sigue siendo él mismo.

Pero luego aseguró que «hay que moverse porque estamos en 2008 y este partido no puede estar mirando al pasado», lo cual es difícilmente compatible con esa reiteración de que sus ideas no han cambiado.

El psicoanálisis freudiano se basa en que cuando una persona insiste obsesivamente en la defensa de algo es porque no está segura. Eso es lo que le sucede a Rajoy y se le nota mucho.

Ayer fue aclamado por la gran mayoría de los barones -con las destacadas ausencias de Esperanza Aguirre y María San Gil- y por el aparato del partido. La desmesura de los elogios de algunos dirigentes territoriales resulta congruente con sus propósitos de apuntalar a un líder de cuya debilidad salen beneficiados.

En este contexto, Rajoy apenas tuvo tiempo de referirse a los errores que está cometiendo el Gobierno, eclipsados por la propia crisis del PP que, por lo que vimos ayer, no tiene visos de solución.

EL BAÑO DE MASAS DE VALLADOLID

Después de varias semanas de pasión, Mariano Rajoy tuvo al fin un día de gloria. Y fue una vez más gracias a ese "sonido limpio y claro de las provincias" frente al "ruido de Madrid, rompeolas de las Españas" del que él mismo, parafraseando a Ortega y a Machado, ha hablado alguna vez.

El líder realizó ayer en Valladolid, cuna del PP de Aznar, una demostración de poder al exhibir el respaldo de todos los barones menos dos: la vasca María San Gil y la madrileña Esperanza Aguirre.

No es que no fueran -algo que les pasó a otros por cuestiones personales-, es que ni siquiera mandaron a sus secretarios generales. Las presencias y las ausencias fueron tan significativas que la fotografía de Valladolid deja la batalla interna cada vez más clara.

Y entre los ausentes, hay algunos muy importantes como Juan Costa, posible candidato alternativo; Ángel Acebes, aún secretario general, distanciado de Rajoy -su ausencia es aún más extraña porque el acto era en su comunidad-; Ignacio Astarloa, portavoz de Justicia y hombre de Acebes; Cayetana Álvarez de Toledo, jefa de gabinete del secretario general, pero nombrada recientemente miembro de la dirección del Grupo Parlamentario; y José María Michavila, otro cercano a Acebes. Tampoco estaban Ana Mato ni Gabriel Elorriaga.

Rajoy mostró sus apoyos fuera de Madrid y también en la capital, ya que le acompañó, aunque no habló, Alberto Ruiz-Gallardón, el alcalde de la capital y gran rival de Aguirre.

Al finalizar el acto, el líder del PP invitó a sus fieles a comer. Y entre risas, con Francisco Camps y Gallardón, el centro de las chanzas fue la foto del burladero de Las Ventas que estaba ayer en los periódicos y en la que se veía a Costa, Elorriaga, Ignacio González y Astarloa.

"La alternativa a Rajoy cabe en un burladero", ironizó uno de los comensales en un ambiente de euforia de la candidatura de Rajoy que se considera, después de la exhibición, ya ganadora porque el rival, de existir, será minoritario.

Después de recibir, uno a uno, el apoyo de los barones más importantes -entre ellos algunos clave como Camps, Javier Arenas, Alberto Núñez Feijóo o Juan Vicente Herrera- Rajoy se subió eufórico a la tribuna -"aquí está representada la inmensa mayoría del PP", dijo- y quiso lanzar un guiño a las únicas dos comunidades ausentes.

Sólo citó en su saludo a Gallardón -su apoyo en Madrid- y a los representantes del País Vasco que habían acudido -especialmente los de Álava, distanciados de San Gil-.

En realidad, todo el acto, la principal exhibición de fuerza del líder en los últimos meses, preparada precisamente por su equipo para contrarrestar los varapalos de las últimas semanas, estuvo teñido de un discurso ya conocido en el PP, el de Madrid contra las provincias, que al líder le apasiona.

El propio Rajoy, que siempre se define como "un señor de provincias".


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