
(PD/Agencias).- Esos cuatro chicos que juegan con almohadas en la cama de un hotel podrían ser cualquiera. Pero no lo son. Son Los Beatles, los mismos que bromean con Cassius Clay durante un posado que, por cierto, a John Lennon disgustó sobremanera.
Como explica Joan Cañete Bayle, en una pieza precisosa que publica El Periódico, el fotoperiodista Harry Benson los retrató en situaciones cotidianas, y varias de esas imágenes forman parte de la muestra Harry Benson. Being There, que puede verse en la National Portrait Gallery de Washington y que recoge rostros, gestos y ademanes desconocidos de perfectos conocidos.
Decíamos que esos cuatro chicos podrían ser cualquiera. Por la misma razón, cualquiera podría haberlos fotografiado. Cuenta Benson que no le hizo mucha gracia ese encargo, fotografiar en la intimidad a un grupo de pop. Al fin y al cabo, se autoparodia, lo suyo era el periodismo serio. Pero ni ellos eran unos cualquiera ni lo era Benson. No hay duda del acierto del título de la exposición: estando allí.

Resulta que Benson estaba allí, a unos metros, la noche en que Bobby Kennedy fue asesinado en Los Ángeles. Ese sombrero decorado con fotos del candidato en un charco de sangre marca el fin de un sueño. Y también resulta que Benson estaba en la misma habitación de Nixon cuando este dimitió. No le dijo nada a Benson, pero la expresión de sus ojos lo dice todo.
¿Suerte? Algo más tendrá este soberbio fotógrafo colaborador de Live y Vanity Fair cuando ha retratado a todos los presidentes de EEUU desde Eisenhower, a personalidades tan dispares como el rey Juan Carlos, Jackie Kennedy, Churchill y Martin Luther King.
Su cámara es capaz de encontrar humanidad en la desmedida y arisca figura del tardío Ariel Sharon, de convertir en una pareja de enamorados a Bill y Hillary Clinton y de captar una belleza humana, sutil, nunca vista en una mujer tan vista como Elizabeth Taylor, sentada en la cama del hospital, la cabeza rapada, una gran cicatriz en el cráneo, recién operada de un tumor cerebral.
Allí estaban Benson y su cámara durante el Katrina, y cuando los pozos de Irak ardieron en los 90, y cuando la vil destrucción de las torres gemelas de Nueva York alumbró, en un parto con dolor que aún dura, el siglo XXI. Dicen que la simpatía de Ronald Reagan sólo era comparable al amor que sentía por su esposa Nancy, y mucho de eso se aprecia en el retrato que hizo a la pareja bailando. De la misma manera que un chulesco George Bush hijo no parece, la verdad, un tipo de fiar.
Pero si el blanco y negro, la nostalgia y los rostros conocidos en su esplendor son una mezcla infalible, el objetivo de Harry Benson se eleva aún más en dos retratos paradójicos cuyos modelos son anónimos: un hombre en el aeropuerto de Washington abrazando la bandera de EEUU tras enterrar a su hijo militar y una militante del Ku Klux Klan, capirote alzado, haciendo cariñosas muecas a su bebé.
Benson también estaba allí.
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